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15 12 2012La nueva comunicación (Advertainment y Advergaming)
Desde hace más de diez años vengo oyendo a muchos anunciantes reclamar a las agencias el uso de medios novedosos. “¿Es que no hay nada más allá de la televisión, la radio, la prensa, las revistas o la publicidad exterior?” Y las agencias, siempre reacias a los cambios, se aferraban con fuerza a los GRP`s para justificar su inmovilismo.
Pero en los últimos años, hasta los más recalcitrantes están siendo obligados a reconocer que el statu quo de los medios convencionales ha saltado en pedazos. Ya nadie se puede plantear una estrategia de comunicación seria, sin contemplar el uso no sólo de Internet, o de los teléfonos móviles, sino de otras técnicas menos conocidas por el momento, como el Advertainment o el Advergaming, que son dos ramas del mismo concepto.
Mezclar, o, mejor dicho, fundir la publicidad con el entretenimiento, el mensaje con los contenidos del medio, es el común denominador de estas dos formas nuevas de afrontar la comunicación publicitaria. El sueño de todo anunciante. Conseguir que su publicidad forme parte indisoluble del contenido, sin interrumpir el disfrute del espectador, sino todo lo contrario, contribuyendo a incrementar el realismo de las propuestas de entretenimiento.
Cuando el espectador está viendo a Uma Thurman recorrer las calles de Los Ángeles, al volante de un flamante Lamborghini Gallardo con neumáticos Pirelli, huyendo de unos temibles asesinos, en el corto “Missión Zero”, patrocinado por la marca de neumáticos, y que sólo puede verse en la web de Pirelli, el espectador asume un papel activo en el proceso, se sumerge en el mensaje de una manera premeditada y natural, escogiendo ser impactado y disfrutando con ello.
El Advertainment está aquí para quedarse. Y así lo han entendido creativos tan brillantes como Rodrigo Figueroa Reyes o David Drogba, que hace ya varios años crearon agencias especializadas en esta disciplina.
En cuanto al Advergaming, la práctica de emplear los videojuegos para fundir en ellos el mensaje publicitario, es un fenómeno que no para de crecer. Prácticamente en todos los hogares de Estados Unidos hay ya una videoconsola, y Europa le sigue los pasos muy de cerca. Ese enorme potencial de videojugadores americanos, hace que la cifra de publicidad en los videojuegos se acerque ya a los 1.000 millones de dólares, una cifra que tiende a crecer de manera vertiginosa.
Y un dato muy importante: hasta hace muy poco tiempo eran los productores de los videojuegos los que pagaban importantes royalties a las marcas, para que éstas les permitiesen usar sus logotipos en los juegos, de cara a dotar a éstos de un mayor realismo. Sin embargo, ahora es Pizza Hat quien le paga a Sega para que los Crazy Taxis usen como parada habitual uno de sus establecimientos; o marcas como Nike y Coca Cola pagan a Playstation para incluir vallas de sus productos en las calles de las ciudades virtuales de sus juegos.
Advertainment, Advergaming, Artvertising, Tryvertising… y muchas otras formas nuevas de publicidad, están irrumpiendo con fuerza en el mercado. Rompiendo los viejos esquemas, acabando con las viejas rutinas del sota, caballo, rey de los medios convencionales, y abriendo ante nosotros un nuevo panorama, lleno de sugerentes perspectivas.
La nueva comunicación: Trysumers y Tryvertising
Desde que el comercio existe, los productos se han dado a probar muchas veces a sus futuros consumidores. Pequeñas raciones de un alimento nos salen al paso en los supermercados, y cantidad de muestras de productos cosméticos inundan las páginas de las revistas femeninas. También los concesionarios de coches nos dejan a veces probar el producto antes de comprarlo. Se trata de una práctica conocida y habitual, que hasta tenía su nombre en inglés (trial), como toda actividad publicitaria o de marketing que se precie.
Pero ahora, cuando la comunicación se halla inmersa en una búsqueda desenfrenada de nuevas fórmulas, de nuevos caminos ajenos a los medios convencionales, surge una corriente poderosa de nuevas pruebas de producto. Una corriente arrolladora, que va mucho más allá de los conceptos habituales, y que bautiza con un nombre nuevo, no sólo a la práctica “Tryvertising”, sino también a los propios destinatarios de la misma, los “Trysumers”, una nueva generación de “probadores”, nacida, como casi todo hoy en día, al amparo de Internet.
Parece ser que desde que existe la posibilidad de comprar en subastas de Internet como Ebay, a muy bajo precio, instrumentos musicales de segunda mano, las ventas de guitarras eléctricas, incluso nuevas, se han disparado en todo el mundo. La explicación es sencilla. Muchos jóvenes que se sienten atraídos por la música no se atrevían a comprar una guitarra nueva, por miedo a que después se desilusionaran, abandonaran la afición, y dejasen tirado en un rincón de la casa el instrumento, después de haber pagado por él un montón de dinero.
De esta forma, al tener la oportunidad de experimentar a bajo precio su vocación musical, ya pueden estar seguros de que si compran un instrumento nuevo y de gran valor, no estarán derrochando su dinero.
Empresas como Sony se han lanzado a llevar la prueba de sus productos hasta extremos nunca experimentados, como por ejemplo dejar a todos los visitantes del zoo de Nueva York el último modelo de cámara de video, para que la utilicen durante su visita a las instalaciones, devolviéndola después a la salida, donde reciben el disquete con las imágenes grabadas que se pueden llevar a casa.
Nike deja probar sus zapatillas a los asistentes a diferentes eventos de atletismo, a través de una furgoneta “Nike Trial Vans”, en la que mantienen un stock de 1.000 pares de zapatillas de todas las tallas. También Apple deja probar sus ordenadores en sus 170 tiendas de prueba, montadas a tal efecto.
Todas estas acciones colman las expectativas de un nuevo perfil de consumidor, inmune a otros tipos de publicidad, que prefiere probarlo todo antes de comprar. El efecto es parecido al que experimentamos la mayoría de las personas ante un suculento y variado buffet. Los platos nos entran por los ojos y despiertan nuestro apetito. Y la oportunidad de probarlos todos, nos permite escoger aquellos que, con toda seguridad, van a satisfacernos.
Tres revoluciones que cambian las reglas del juego publicitario
El sector publicitario anda revuelto. Pero no es un tema nuevo, lleva así ya muchos años y, por lo que parece, todavía le quedan algunos más para salir del lío. Demasiados acontecimientos que se vienen sucediendo sin pausa, impiden al sector salir del knock out profundo en que se encuentra. Parece que cuando la cuenta del árbitro va por el ocho, y desde la lona se inicia un proceso de recuperación y puesta en pié, un nuevo puñetazo le sumerge de nuevo en el caos una y otra vez.
Pérdida de influencia ante los anunciantes, reducciones drásticas de la rentabilidad, juniorización del personal, separación entre medios y creatividad, desorientación sobre el futuro… son algunos de los males que vienen aquejando a la publicidad en los últimos años. Pero por encima de todas estas circunstancias hay tres grandes revoluciones que han cambiado drásticamente las reglas del juego.
La primera revolución tiene que ver con la transformación de los productos en marcas. El paso de una sociedad ávida de productos para consumir, consecuencia de la sociedad industrial y el desarrollo económico iniciado a principios del siglo veinte, a una sociedad desarrollada y saturada, en la que los productos dejan de ser artículos de primera necesidad, para convertirse en comodities de escaso valor añadido.
En mis charlas como conferenciante, explico muchas veces que en los años 50 y 60 los productos tenían diferencias entre sí, y la publicidad trataba de poner de manifiesto estas diferencias de manera racional, para que el consumidor, también racionalmente, eligiese entre ellos. Los fabricantes no pensaban en el consumidor, porque el consumidor compraba todo lo que fabricaban. Su obsesión estaba en fabricar con la mayor calidad y al menor coste, seguros de que sus productos tenían asegurada la venta.
Más tarde, en los años 70 y 80, llega la emocionalidad a las propuestas publicitarias. Cada vez hay más productos que ofrecen lo mismo con el mismo nivel de calidad, y se hace preciso añadir emoción al mensaje para diferenciar a unos productos de otros. Aparece el concepto de marketing mix, en el que el consumidor es el principio y fin de todo el proceso. Ya no basta con fabricar un producto, ahora hay que fabricar el producto que demanda el consumidor.
El proceso de comercialización debe empezar en el consumidor y terminar en el consumidor. Ahí comienza a tener fuerza el valor de la marca. Los productos ya no son lo que eran. Sus diferencias tecnológicas son efímeras, porque cualquier competidor puede copiarlas inmediatamente. Se hace necesario contar con una marca fuerte, que esté por encima de los productos. Una marca que permita vender cualquier producto bajo su manto, una marca asociada a determinados valores que encajen como un guante con los valores que demandan sus usuarios.
Esta conversión de productos en marcas da origen a la segunda revolución del sector de la comunicación publicitaria: la revolución de los contenidos. Los contenidos publicitarios pasan en pocos años de informar sobre las ventajas de los productos, a utilizar la seducción como arma para atraer al consumidor, y más tarde la empatía para buscar la relación emocional entre éste y las marcas.
La marca, que siempre se ha ocultado en el interior de las prendas de vestir, por ejemplo, se exhibe ahora sin ningún pudor en todo tipo de prendas. El consumidor hace alarde de sus preferencias y llega hasta el extremo de tatuarse alguna de ellas, como en el caso de Nike, sobre la piel de su propio cuerpo.
Los tiempos han cambiado y la publicidad convencional que conocían muy bien las agencias de servicios plenos ya no sirve para los nuevos consumidores. Para colmo, la tercera revolución, la de las pantallas, vino a complicarlo todo. Primero fue la pantalla de cine, después la pantalla de la televisión, luego la del ordenador, y más tarde llegaron con fuerza las pantallas de los ipads y los teléfonos móviles.
Todo ello produce una saturación de los mensajes publicitarios y un desinterés cada vez mayor por parte de los consumidores. La publicidad que en los años 90 era más interesante que los contenidos de la televisión, es hoy una lata para los sufridos espectadores, que tienen que soportar bloques de anuncios que superan los veinte minutos de duración en todas las cadenas. La publicidad que interrumpe los contenidos ya no está bien vista por nadie, y crece cada día la demanda de una publicidad nueva mucho menos agresiva.
Ante este panorama, las agencias están perdidas, sumergidas en un mar de desorientación, abrumadas por todos estos cambios, e incapaces por el momento de dar una respuesta adecuada a sus clientes. Dejaron morir a la agencia de servicios plenos, un socio estratégico de alto valor para los anunciantes, concentrándose en la televisión y olvidándose de todas las demás disciplinas, y ahora tratan desesperadamente de recuperar bajo su techo todo lo que perdieron.
Hablan de nuevos conceptos como comunicación integral, de agencias 360 grados, compañías de comunicación en vez de agencias de publicidad, pero todavía no han resuelto el modus operandi. Tendrá que llegar una nueva generación de creativos realmente integrados en las nuevas tecnologías, estrategas especializados en desarrollo de marcas y directivos capaces de entender los cambios que se han producido en el sector, para recuperar de verdad su posición perdida.
Y deberán darse prisa, porque hay muchos nuevos agentes, como las grandes compañías de consultoría estratégica, que están tomando posiciones sólidas en el mercado. La creatividad y la estrategia son las armas más poderosas para construir una imagen de marca. Las agencias lo saben, pero a veces los árboles no dejan ver el bosque. Por eso es preciso examinar muy a fondo los cambios que se han producido en estos últimos años, las tres grandes revoluciones que han modificado el sector, y actuar en consecuencia, concentrando todos los esfuerzos en construir un nuevo modelo de agencia, capaz de ofrecer soluciones a los anunciantes y a los consumidores de hoy.
¿Buscas tendencias? Vete a Japón
Confundo a los Gabrieles. No sé si fue Gabriel Celaya o Gabriel Otero el poeta que escribió hace muchos años: “Tenemos que ir a China para orientarnos”. Pero fuese el que fuese resultó ser un prodigio de premonición. El futuro está en oriente y hay que ir hasta allí para orientarse. A China todavía le queda un hervor y, aunque las transformaciones son vertiginosas, harán falta todavía algunos años para poder contemplar el futuro en todo su esplendor. Japón, en cambio, hace ya muchos años que marca la pauta de la modernidad en muchos aspectos.
Estuve en Japón por primera vez en 1991. Fue una rápida visita turística a tres de las ciudades más representativas: Osaka, Kyoto y Tokio, que me deslumbraron cada una en su estilo. Después he vuelto con más calma, visitando las mismas ciudades y unas cuantas más, y viéndolo todo con una mirada más profesional. Buscaba publicidad por mi típica deformación profesional, también buscaba arte por mis clásicas inquietudes en esa área, y buscaba también moda, tiendas de lujo y nuevas tendencias, por mis tareas como asesor estratégico en alguna empresa del sector. Encontré de todo y en abundancia.
Los atascos de tráfico siguen siendo los mismos, especialmente en Tokio, una ciudad sin planificación espacial, donde los edificios se arraciman unos encima de los otros, sin ninguna concesión al orden ni al paisaje. Las autopistas de acceso a la ciudad se superponen las unas a las otras hasta formar avenidas de cuatro pisos abarrotadas de coches sin movimiento. Lo nuestro de las horas punta es un anuncio al lado de esa realidad urbana apabullante. Sin embargo, en medio de ese caos, encuentra uno la armonía de la vida y de la belleza. Eso sí, una armonía distinta a la nuestra, tan especial como el carácter de estos japoneses que nunca te miran de frente, ni sostienen tu mirada.
Nada en la ciudad, ni en las relaciones sociales, está sometido a nuestra geometría unidireccional. Las puertas de los jardines nunca están alineadas con las puertas de las casas. Para acceder al interior de un edificio de arquitectura ultramoderna deberemos dar un rodeo siguiendo los contornos de un estanque. Y para sentarnos a meditar en el jardín zen más antiguo que se conoce, deberemos fijar nuestra mirada en diecisiete piedras asimétricas, que reposan sobre un lecho de arena.
Son raros, sí, estos japoneses. Con esa afición desmesurada por las luces de neón y los karaokes. Las calles comerciales de las grandes ciudades japonesas son una especie de Times Square a lo bestia, donde las gigantescas pantallas de plasma que emiten publicidad sin pausa, compiten con el ruido ensordecedor de los pachinkos, en los que cientos de jugadores celebran la comunión con una máquina infernal que funciona con bolitas de acero. Es como estar dentro de un videojuego donde la música, las imágenes y los decibelios forman parte de un montaje vertiginoso, que aturde nuestros sentidos.
La publicidad lo invade todo. En las calles, en el metro, en los centros comerciales y en el interior de los edificios, cuyos pisos inferiores se entrelazan unos con otros, formando grandes avenidas subterráneas repletas de tiendas, de cafeterías, de restaurantes de comida rápida, y de gente. Miles de personas que caminan deprisa sin mirarse, pero observadas siempre desde los ojos de plasma del Gran Hermano de Orwell, en la versión que Ridley Scott hacía para Apple en el spot de lanzamiento del Macintosh en 1984. O sea, desde las omnipresentes pantallas.
Las pantallas callejeras sirven para todo. Emiten publicidad en spots convencionales, con o sin audio, y muchas veces con banda sonora conectada al bluetooth del teléfono móvil. También sirven para mostrar los videoclips de los cantantes de moda. E incluso ofrecen el espectáculo gratuito de mirarse uno a sí mismo mientras cruza, acompañado de miles de personas, una plaza de Osaka que es las más transitada del mundo, donde confluyen seis pasos de peatones que ponen sus semáforos en verde a la vez, para convertir del acto de cruzar la calle en un ballet multitudinario perfectamente sincronizado.
Al contrario que los españoles, los japoneses son gente previsible, estructurada y muy disciplinada. Y eso se nota en cada rincón de su territorio, donde todo está pensado a su medida, sin concesiones al mundo occidental, a pesar de las apariencias. Por ejemplo, en Japón casi nadie habla inglés, ni por supuesto ninguna otra lengua que no sea japonés. Ni siquiera se molestan en facilitar un poco la vida al visitante escribiendo en caracteres latinos los textos más imprescindibles. Hay muchas estaciones de metro en las que nunca sabrás dónde estás, y muchos restaurantes en los que no podrás comer si no entiendes su alfabeto. Ellos no piensan en el turismo, y la verdad es que se ven muy pocos turistas occidentales por sus calles. Calles en las que está prohibido fumar, de la misma manera que ocurre aquí con los edificios públicos. Sólo se puede fumar en algunos puntos señalizados, donde se apiñan los exhaladores de humo, ante la mirada crítica de sus convecinos, muchos de ellos protegidos por mascarillas.
En todas las aceras de la ciudad una línea amarilla, que emerge en relieve del pavimento, indica a los ciegos por dónde deben caminar, por dónde cruzar los semáforos y por dónde deben entrar al metro o a los edificios, en los que una maqueta sonora les indicará también la situación exacta de los ascensores o de las escaleras mecánicas. En el metro, además de los famosos empujadores con guantes blancos, que en las horas punta empujan al personal hacia el interior de los vagones para que las puertas se cierren sin dañar a nadie, podemos ver también vagones de color rosa, exclusivos para mujeres, donde estarán a salvo del posible sobeteo de los varones. Antes muchos las tocaban el culo y ellas, como son muy sumisas, no se atrevían a protestar.
Los taxistas llevan traje y corbata, y la mayoría de las veces guantes blancos. Sus vehículos son amplios, limpísimos y las puertas se abren y se cierran solas cuando te acercas a ellos. Los taxistas japoneses nunca te engañan y no tienes que darles propina. A ellos ni a nadie más en todo Japón. La propina no es una costumbre y, mucho menos, una obligación, lo que uno agradece extraordinariamente. El servicio siempre es rápido e impecable, también en los hoteles y en los restaurantes, donde es frecuente encontrar un timbre en cada mesa para llamar al camarero sin tener que alzar la voz ni hacer gestos con las manos.
También hay modernidad y vanguardismo en la arquitectura, que brilla en todas partes y deslumbra especialmente en la obra de algunos arquitectos como el genial Tadao Ando. Hay que hacer una mención especial a la arquitectura de las tiendas de lujo, un arma de comunicación poderosa que está de moda entre las grandes marcas. Hoy día ya no es New York el gran escaparate del lujo internacional. Tokio es el lugar donde hay que estar para que todos te vean, y las grandes marcas lo saben. Casi todas ellas: Dior, Hermés, Cloé, Tods o Prada tienen sus templos en el barrio de Ginzha, o en el más fashion aún de Omotesando. Las marcas de lujo saben que esos edificios son el emblema de su personalidad, por eso no tienen nada que ver con una tienda convencional. Se trata de auténticas obras de arte de más de diez plantas, donde lo importante no es lo que está dentro, sino la imagen exterior que proyectan al mundo entero. Una imagen que, como en el caso de Dior, podemos ver reproducida en el diseño de sus cientos de tiendas ubicadas en los centros comerciales de todo el mundo. Sin duda, una inteligente estrategia de marketing elaborada por una de las marcas de lujo que mejor ha sabido comercializar su imagen, a través de prendas, complementos, cosméticos o perfumes, a lo largo de los últimos 50 años.
Japón es el lugar que marca la diferencia. El punto de mira que debe guiar en estos momentos la visión de todo aquel que pretenda entender la nueva comunicación del siglo XXI. Un sitio mágico donde se puede descubrir a la vez el secreto de una cultura ancestral, y vislumbrar los misterios de un futuro cercano que muy pronto estará ante nosotros. Disciplina y modernidad son dos características singulares que se encuentran por todas partes. La modernidad está presente en los lugares más íntimos, como en esa mezcla de water y bidet, tan práctico, con sus chorritos de agua dirigidos a los orificios estratégicos. O en la moda rabiosa que llevan esas mujeres bajitas y feas en general, de piernas arqueadas, sin culo ni caderas, pero que se atreven con todo: minis, botas altas, pantalones a media pierna, minipantalones, o pantalones cortos con vuelta. Un auténtico horror que, sin embargo, marca tendencias en todo el mundo, y que pronto veremos ponerse a nuestras mujeres, que sin duda lo lucirán mucho mejor que las japonesas.
Cena/Conferencia en Madrid el 27 de noviembre
“Los diez pasos imprescindibles para emprender”
Ver toda la información en:
http://quedamus.com/es/q/madrid/cena/emprendedores/los-diez-pasos-imprescindibles-para-emprender
¿Tú también quieres ser creativo?
Por Agustín Medina
Es bastante común entre los estudiantes de Publicidad su interés por dedicarse a la creatividad. Tiene toda la lógica del mundo, porque la creatividad es el eje sobre el que pivota la industria publicitaria y los creativos son las estrellas rutilantes de las agencias.
Sin embargo, aunque yo estoy convencido de que la creatividad es una actitud, una forma distinta de afrontar lo cotidiano y, por tanto, susceptible de ser aprendida mediante entrenamiento, no todo el mundo sirve para ser creativo publicitario. Me explico.
Curiosidad, emoción, apertura, flexibilidad, riesgo e imaginación son las auténticas claves del pensamiento creativo. Y es preciso que una persona que piensa dedicarse a ejercer la profesión de creativo tenga de alguna forma esas claves impresas en su disco duro. Un cerebro abierto a todas las hipótesis y una capacidad de aprendizaje fuera de lo común.
Además, como la publicidad es comunicación comercial dirigida a establecer relaciones profundas y duraderas entre los consumidores y las marcas, es preciso disponer de una formación completa en ese sentido. Y eso es algo que se tiene que aprender previamente en la universidad o en otros centros especializados, antes de incorporarse al ámbito de las agencias.
No basta con ser creativo, hay que aprender también el oficio. Comprender el valor de las estrategias comerciales y el papel que juega la creatividad en los procesos de marketing de las empresas.
Aunque el nacimiento y desarrollo de las ideas se produce siguiendo los mismos esquemas en todos aquellos que las producen, sean músicos, poetas, pintores, científicos o publicitarios, en estos últimos su rol en el desarrollo de las campañas requiere una especialización añadida. Redactores o Directores de Arte son algunos de los puestos concretos de un creativo en una agencia de publicidad y a ellos, además de creatividad se les exige una habilidad en cada una de sus respectivas áreas.
Un Redactor debe conocer bien el idioma y sus estructuras gramaticales. Debe tener soltura para trasladar a palabras concretas los conceptos abstractos. Y de igual manera, un Director de Arte debe tener una formación gráfica, un criterio de diseño, una sensibilidad especial para las tipografías, los colores y los espacios.Si alguien que quiere ser creativo publicitario reúne estas condiciones estará listo para iniciar su carrera profesional.
Todas las agencias del mundo están ávidas de conseguir talento. Ése es el secreto de su negocio, el ingrediente que les dará el éxito. Por eso, cuando descubren en alguien esa cualidad no le dejarán escapar y le abrirán todas sus puertas. Las puertas de una profesión apasionante como ninguna, que puede proporcionar al creativo publicitario las experiencias más gratificantes.
Engagement Marketing
Por Agustín Medina
En ese proceso del Marketing Mix, que consiste en investigar las necesidades de los consumidores, para fabricarle después los productos a su medida, dárselos a conocer a través de la publicidad, y hacérselos llegar a través de las diferentes cadenas de distribución, han surgido multitud de nuevos factores que hacen obligada la revisión de todo el proceso.
Desde que Rosser Reeves, CEO de la agencia americana Ted Bates en la década de los 50, desarrollara su famosa filosofía creativa USP (Unique Selling Proposition), en la que proponía la ventaja diferencial del producto como único argumento de venta, han ocurrido algunas cosas importantes en el mundo de la publicidad. En primer lugar hay que señalar la transformación de los productos en marcas, toda una revolución en la oferta a los consumidores, que está afectando de manera trascendental a las relaciones entre la empresa y sus clientes. Un cambio que tiene mucho que ver con el avance de las tecnologías que ha eliminado prácticamente las diferencias entre los distintos productos competitivos, destruyendo por completo las tesis de Rosser Reeves basadas precisamente en las diferencias competitivas de los productos y servicios.
Hoy día cualquier avance tecnológico, cualquier diferencia física, es barrida en muy poco tiempo por la competencia, haciendo que no sea posible basar la comunicación en la ventaja diferencial que convertía a un producto en único y distinto a todos los demás de su categoría.Los productos han dejado de ser atractivos per se y han debido refugiarse en los valores de las marcas que los amparan. Hoy día los consumidores compran marcas en lugar de productos y eso ha revolucionado los contenidos de la comunicación publicitaria. Desde el famoso Marlboro Friday, que tuvo lugar el 2 de abril de 1993, y que llegó a conocerse como el día que murieron las marcas, la verdad es que las marcas empezaron a estar más vivas que nunca.
Muchas compañías decidieron entonces invertir en promoción en vez de hacerlo en imagen, buscando los beneficios a corto plazo mejor que una imagen de marca potente y duradera. En ese momento, la inversión mundial en comunicación era de un 70% en publicidad convencional y un 30% en promoción pura y dura. Diez años después, esa corriente cortoplazista llegó a invertir la situación, destinando el 70% a promoción y sólo un 30% a la imagen de marca. Sin embargo, otras marcas como Starbucks, Nike, Apple, The Body Shop o Calvin Klein, decidieron apostar fuerte manteniendo sus precios y sus inversiones en imagen. Ellos creían en la marca, y con el tiempo demostraron al mundo que el éxito y el futuro eran suyos. Hoy día, casi nadie discute que una marca es mil veces más importante que los productos que representa. Y que si tienes una buena marca, puedes vender con ella cualquier tipo de productos.
La segunda revolución tuvo que ver con los contenidos. Los productos y sus diferencias requerían de una publicidad informativa que desarrollara ante el consumidor todas las ventajas diferenciales del producto. El producto era el héroe de la comunicación que, generalmente, se basaba en el típico esquema “problema-producto-solución”. Pero en los años 70 y 80, con el auge imparable de la televisión, la demanda de espectáculo publicitario para competir con los contenidos del medio obligó a la publicidad a seducir a sus destinatarios. La información pura y dura dio paso a la seducción, y ésta tuvo tanto éxito que los telespectadores llegaron a decir que los anuncios eran lo más atractivo de la programación televisiva.
Más tarde, en la década de los 90, cuando el consumidor dejó de asombrarse ante el espectáculo de los anuncios, hubo que profundizar en los sentimientos, elaborando una publicidad que conectara emocionalmente con los consumidores, consiguiendo establecer una corriente de empatía entre éstos y las marcas. Ya no importaba hablar de las ventajas del producto. Ahora era la marca la que tenía que establecer una relación poderosa con sus clientes. Y si lo lograba, éstos estaban dispuestos a comprar cualquier cosa que la marca les ofreciera. El compromiso llega a ser tan fuerte que los usuarios de las marcas no tienen ningún problema en exhibirlas sobre su propio cuerpo. Chanel, Dolce & Gabana o Armani estampan sus logotipos sobre las prendas que lucen con orgullo sus clientes. Y algunos de ellos, como en el caso de Nike, llegan al extremo de tatuarse su famoso símbolo en la piel. Según refiere Naomi Klein en su libro “No logo” la mayoría de los empleados de Nike en Estados Unidos lo hacen, y en las tiendas de tatuajes americanas el logo de Nike es más demandado que los delfines o las rosas negras.
El tercer elemento que ha revolucionado las comunicaciones publicitarias tiene que ver mucho más con la evolución de las tecnologías de la imagen. Sin duda el elemento visual es el que predomina en las relaciones entre los clientes y las marcas. Así ha sido desde finales del siglo XIX, cuando las primeras marcas de la publicidad moderna, como Coca Cola o Vin Mariani, irrumpen en los medios impresos adornando el texto de los anuncios con atractivas y sugerentes ilustraciones. Años más tarde, serían el cine y la televisión los soportes protagonistas de las más brillantes estrategias publicitarias. Y en la actualidad, el ordenador, el teléfono móvil y las consolas de videojuegos se han sumado a este festival de pantallas que, junto con las pantallas de plasma que inundan ya ciudades como Tokio y que muy pronto lo harán en el resto del mundo, están ofreciendo tanto al emisor como al receptor de la comunicación un universo nuevo de posibilidades infinitas.
A todo esto hay que sumar las posibilidades de comunicación interactiva que ofrece Internet en su versión 2.0 y las que traerá consigo la versión 3.0, cuya explosión algunos vaticinan para el año 2015. Una red que dejará de ser “virtual” para acercarse a una “realidad” compartida a través de microprocesadores, sensores y aplicaciones que permitirán interactuar con lo concreto y material. En todo eso consiste el “Engagement Marketing”, un nuevo modelo que significa un compromiso con el consumidor. Un adiós a los viejos tiempos en que la publicidad “interrumpía” el ocio del consumidor para imponer su mensaje. Ahora es el consumidor quien elige cómo, cuándo y dónde, en un ejercicio de libertad como no se había conocido nunca en nuestra historia.
El dia que murieron las marcas
Por Agustín Medina
Algunos pioneros del low cost, herederos directos de las marcas blancas, invadieron en los primeros años de la década de los noventa el sector del tabaco en los Estados Unidos. Nuevas marcas de cigarrillos baratos inundaban los puntos de venta y amenazaban el market share de las marcas tradicionales. Philips Morris, productora de Marlboro, la marca líder del sector, se estaba poniendo muy nerviosa. Su buque insignia estaba siendo torpedeado sin piedad en plena línea de flotación. Sus ventas se veían afectadas negativamente por aquellos intrusos sin imagen, que esgrimían como única bandera su bajo precio. Todavía no era dramática la situación, apenas unas décimas de punto de participación perdidas, pero los ejecutivos de la compañía temblaban ante la perspectiva de que aquello sólo fuese el primer síntoma de una catástrofe. Nunca antes había ocurrido nada parecido y nadie sabía hasta dónde podían llegar aquellos advenedizos.
Ellos no tenían costes de publicidad, no estaban interesados en crear una marca ni una imagen a largo plazo, y eso les permitía rebajar el precio sin deteriorar su imagen y manteniendo sus márgenes de beneficio. Además, en un producto como el tabaco, donde el consumidor no puede percibir claras las diferencias entre los competidores, esa rebaja de precio podía resultar mortífera.Cuando las décimas de punto llegaron a ser un punto completo de descenso en el porcentaje de participación de Marlboro en el mercado, los hombres de Philips Morris ya no pudieron resistir más. Había que competir con las mismas armas que sus oponentes. Si el juego era bajar los precios, ellos también lo harían, arriesgando una parte de su margen para mantener intacto su volumen de ventas. Y bajaron el precio de Marlboro nada menos que un 20%. Una oferta irresistible para los consumidores y un órdago para las marcas recién llegadas.
Lo que no previeron los ejecutivos era el efecto que aquella bajada de precios iba a tener en las cotizaciones de la empresa Philips Morris en la bolsa de Nueva York. Una bolsa que, como todas las demás, se mueve a golpes de intuición, de rumores y de sensibilidades extremas ante cualquier cambio empresarial. En este caso, los brokers de Nueva York, interpretaron que una marca tan fuerte como Marlboro, que desde hacía 40 años llevaba invirtiendo cientos de millones de dólares en sus campañas publicitarias del famoso cow boy, construyendo una teórica imagen sólida a prueba de cualquier eventualidad, si una marca como esa tenía que bajar los precios para poder competir con el primer recién llegado sin una marca reconocida, es que las marcas no servían para nada. O sea, que las marcas estaban muertas, y que por lo tanto las empresas que las poseían no tenían ni de lejos el valor que hasta entonces les venían atribuyendo.
El viernes 2 de abril de 1993 pasaría a la historia de los viernes negros de la bolsa neoyorkina con el nombre de Marlboro Friday, el día que murieron las marcas. Ese día no sólo se derrumbaron las cotizaciones de Philips Morris, sino que detrás de ellas cayeron también las acciones de algunas compañías destacadas por sus marcas, como Coca Cola, Pepsi Cola, Procter & Gamble, Nabisco o Heinz entre otras. Muchos directores de marketing interpretaron la caída de la bolsa como una señal para retirar sus campañas publicitarias de imagen y reforzar todas aquellas acciones de promoción, encaminadas a conseguir beneficios a corto plazo.
Y también a partir de aquel momento, muchas escuelas de negocios empezaron a formar a las nuevas generaciones de empresarios en la filosofía de los recortes de gastos en comunicación de imagen y de la rentabilidad a corto plazo. No es casualidad que la proporción de la inversión total entre el above y el below the line, que en 1993 era del 70% y el 30% respectivamente, pasara en sólo 10 años a invertir por completo los porcentajes.
Sin embargo, algunas empresas que iniciaban su desarrollo en esos años no quisieron entrar en esa dinámica catastrofista y continuaron apostando fuertemente por la marca a pesar de todo. Marcas como Apple, Nike, The Body Shop, Starbucks o Calvin Klein decidieron hacer caso omiso a los agoreros y poco a poco fueron demostrando que llevaban razón y que el éxito y el futuro eran suyos. La propia Philips Morris, pasados los primeros momentos de desconcierto, dio atrás sobre sus propios pasos y volvió a subir los precios de Marlboro.
En 1995, dos años después del fatídico Marlboro Friday, la marca no sólo había recuperado su participación, sino que había aumentado un 9% su cuota, pasando del 22% al 31%, y demostrando de esta manera que su marca, construida con la inversión publicitaria de muchos años, era capaz de resistir por sí sola los más duros embates de la competencia de precios.
La marca y la imagen de marca
Por Agustín Medina
La imagen de las cosas es siempre más importante que las cosas mismas. Y en el contexto de los productos y las marcas, éstas serían la imagen de las cosas y los productos serían las cosas mismas. Hoy día no cabe ninguna duda sobre la importancia de unas y de otros. En el primer párrafo de su magnífico libro “No logo” Naomi Klein lo deja muy claro: “Es legítimo decir que el astronómico crecimiento de la riqueza y de la influencia cultural de las empresas multinacionales, que se ha producido durante los últimos 15 años, tiene su origen en una idea única y al parecer inofensiva: que las empresas de éxito deben producir ante todo marcas y no productos”.
Las marcas son poderosas porque son pura imagen y la imagen es casi lo único que cuenta en todos los ámbitos de nuestras vidas. Nos enamoramos de las actrices o de los actores por los papeles que interpretan y nos horroriza descubrir que Rock Hudson, el símbolo de la masculinidad en los años 60 y 70, en realidad era homosexual, o que la chispeante y atractiva Marilyn Monroe era en realidad una mujer muy desgraciada. Todo el mundo está de acuerdo en que Picasso era un genio, pero la mayoría de la gente no entiende ni le gusta su pintura. Y estamos convencidos de que todos los escoceses son tacaños, los japoneses disciplinados y los alemanes cabezas cuadradas, porque ésa es la imagen que tenemos de ellos.
Casi siempre nos fiamos más de las imágenes que de la propia realidad cuando la vemos de cerca. La razón de ser de este poderío de la imagen está en que nuestra memoria no necesita guardar información detallada de cada recuerdo, sino que nos basta con unas mínimas claves para componer el recuerdo completo. Sgeun un etsduio de una uinversdiad ignlsea, no ipmotra el odren en uqe las ltears están ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera etsen escritas en la psiocion cocrrtea. Esto significa que cuando vemos un coche con la marca BMW o Mercedes, por ejemplo, no necesitamos conocer con detalle sus características técnicas para asumir que se trata de un coche de calidad, al que atribuimos toda la imagen positiva que tenemos de esas marcas. Tampoco necesitamos más datos que unos breves acrónimos para saber que MNG significa Mango, D&G Dolce y Gabbana o CKNY Calvin Klein New York. También en un simple trazo identificamos la marca Nike y reconocemos en ella los mejores valores del espíritu deportivo.
La forma en que percibimos las imágenes es muy importante porque la imagen es la esencia de las marcas, o lo que es lo mismo, la única realidad importante de las empresas. Un industrial americano dejó escrito a principios del siglo XX:“Si tuviese que elegir entre perder mis fábricas o perder la reputación de mis productos, ganada con la publicidad de los últimos veinte años, no lo dudaría. Que destruyeran las fábricas. Porque en noventa días se pueden construir fábricas nuevas, pero no hay capital capaz de hacer lo mismo con la imagen de mis productos, ni capaz de recuperar veinte años de buena publicidad”.
Hoy día esas palabras son más verdaderas que nunca. Sin duda alguna el mayor patrimonio de una empresa son sus marcas. Las empresas no son más que un ente abstracto que se concreta en los productos que fabrican o en los servicios que prestan. Y éstos a su vez se concretan en las marcas que los representan; de manera que lo más intangible del patrimonio de las empresas es en realidad lo único verdaderamente tangible.
Ahora o nunca
Por Agustín Medina
En la anterior crisis, la de 2003, cerraron en España más de 700 agencias de publicidad. A partir de 2005, cuando el mercado repuntó, se abrieron 500 agencias nuevas. Algunas de esas nuevas agencias ocupan hoy día los primeros lugares del ranking de creatividad y notoriedad del sector. No es una causalidad. Se trata simplemente del viejo axioma de la evolución de las especies. Cuando hay cambio hay evolución. Y sólo se evoluciona de verdad con los grandes cambios, los que ponen patas arriba todo lo establecido y obligan a construir todo de nuevo.
Parece que ahora asistimos de nuevo a uno de esos momentos críticos en que los cimientos de lo establecido amenazan con ruina. Se mire por donde se mire, esta profesión nuestra está llena de miserias y desconcierto. Los clientes no confían ya en las agencias como lo hacían antes. Ahora no respetan su capacidad estratégica, su conocimiento de los medios, su intuición para abrir caminos, su capacidad como visionarios del marketing. Ya sólo les demandan una creatividad superficial que adorne los objetivos estratégicos que otros han hecho por ellos. Y, por supuesto, no les quieren pagar por lo que no hacen, ni están dispuestos a pagar demasiado por lo que hacen.
Las agencias, por su parte, se conforman con hacer y cobrar cada día menos. Tampoco acaban de entender muy bien todos los males que en los últimos diez años se les han ido viniendo encima. Esa revolución tecnológica que está dejando fuera de juego a sus mejores jugadores de antaño, sin atreverse a dejar paso a nuevos fichajes, porque tampoco están muy seguros de cuáles serían los cambios que hay que realizar. No quieren perder el partido, pero el caso es que lo van perdiendo por goleada porque no acaban de entender las nuevas reglas de juego. Los especialistas en nuevas tecnologías no siempre entienden de comunicación publicitaria. Y difícilmente lo van a aprender en sus agencias especializadas. Tampoco en las agencias convencionales se aprende hoy día mucho de comunicación publicitaria, porque la estrategia y el marketing han huido de las agencias para refugiarse en los cuarteles de invierno de los anunciantes. Además, las precarias remuneraciones han terminado hace tiempo con los trainings en Estados Unidos y la formación interna de calidad.
Afortunadamente, en estos momentos tan aciagos, llegó de nuevo la crisis para dar una nueva oportunidad a los más valientes. Mi consejo es que os atreváis a olvidaros del pasado, a romperlo todo, a meter la excavadora en las ruinas y hacer un hueco para establecer los nuevos cimientos. Atreveos a construir una nueva oferta más brillante, más rompedora, más actual. El mercado lo demanda a gritos y los anunciantes acogerán con júbilo todo aquello que les facilite la vida, que les evite dialogar con varios interlocutores para tratar el mismo problema. Acogerán con entusiasmo nuevos conceptos estratégicos y creativos para moverse con soltura en el nuevo panorama de los medios, sin ataduras a los viejos esquemas tan repetidos.
Demostradles que sois diferentes y cobrad muy bien por ello. No volváis a cometer el error de ligar vuestra remuneración a la difusión en medios. Cobrad por las estrategias y por las ideas, y cobrad muy caro porque eso sigue siendo lo más valioso que pueden comprar los anunciantes con su dinero. Y de ello depende la supervivencia de sus marcas, que es lo mismo que decir la supervivencia de sus empresas.Es hora de hacer la revolución, de cambiarlo todo para que se note de verdad que estamos en el siglo veintiuno. Ahora o nunca.
Historia de mi Banda (Capítulo primero)
Un grupo de homosexuales celebraba una fiesta —creo que el cumpleaños de uno de ellos— en un ático de Nueva York. Cada personaje era protagonista de un drama personal relacionado con el modo en que afrontaba su propia homosexualidad. Eran Los chicos de la banda, el título de una película basada en una obra teatral de éxito. Creo que se estrenó en España a finales de los setenta, y sin duda en esos momentos era una obra de culto para miles de homosexuales españoles que por esas fechas todavía andaban ocultos en sus armarios.
La verdad es que nunca pensé en Los chicos de la bandacuando decidí llamar La Banda de Agustín Medina a mi agencia. Y mucho menos cuando, en el mes de febrero de 1981, envié el primer mailing a mis posibles clientes con el titular “Los de La Banda estamos aquí”. Pero lo cierto es que toda una cadena de asociación de ideas funcionó como una tormenta creativa en el cerebro de un director de marketing homosexual, impulsándole a contactar sin demora con aquella agencia, cuyos inequívocos guiños le sugerían complicidades y expectativas de lo más interesante.
Cuando nuestro primer cliente llamó a la puerta de la planta 13 del número 4 de la calle Orense de Madrid, le abrió Antonio Vilar; un joven redactor de metro ochenta y cinco, moreno y atlético, con una camisa blanca cuyos tres primeros botones desabrochados mostraban un torso de película; no en vano Antonio era hijo del famoso actor portugués del mismo nombre, que hacía de Cristóbal Colón en Alba de América, de Juan de Orduña, allá por los años cincuenta. Todo un galán que dejó huella imborrable en los corazones de millones de españolas de la posguerra. Cuando aquel director de marketing vio a Antonio Vilar, no tuvo la menor duda de que sus expectativas eran totalmente fundadas y de que La Banda estaba predestinada a ser su nueva agencia.
Ya teníamos el primer cliente. El mailing “Los de La Banda estamos aquí” había cumplido su objetivo. Debajo del titular yo había hecho toda una declaración de principios: “Venimos a romper la monotonía de un mercado que tiende peligrosamente al conservadurismo. Venimos a crear y consolidar un estilo español de hacer las cosas con internacionalidad. Venimos a contribuir a que la década de los ochenta sea la década más creativa de la publicidad española”. Esa declaración de principios fue toda una premonición, porque los ochenta serían los años más brillantes de la historia de la publicidad española, y La Banda, una de las pocas agencias independientes del mercado y la única dirigida por personas con experiencia multinacional, sería una de las principales protagonistas.
Pero estamos abriendo la puerta de la agencia a nuestro primer cliente y detrás de Antonio Vilar, en el interior de la empresa, sólo estamos Nines, la recepcionista-secretaria-chica para todo y yo. Ésa es toda la banda. Y aún estaba sobredimensionada la plantilla, porque mi intención había sido empezar yo solo con Nines —mi secretaria en Foote, Cone & Belding (FCB)— como único apoyo logístico. Sin embargo, a última hora no tuve más remedio que con- tratar a Antonio. Él era un redactor deshauciado cuando yo entré en FCB como Director Creativo. Formaba equipo con un viejo Director de Arte, al borde de la jubilación, que le menospreciaba por joven e inexperto, y le puteaba constantemente ninguneando sus ideas. Nadie en la agencia daba un duro por él, pero yo tuve la “genial” idea de romper el esquema de equipos creativos tradicionales en la agencia. Mi experiencia en los últimos años me decía que para hacer spots de televisión, que era el 90% de nuestro trabajo en 1978, sólo necesitaba buenos redactores. Pensaba que, prescindiendo de la nómina de los directores de arte de la agencia, podía comprar free lance la mejor dirección de arte del mercado para el 10% del trabajo restante y aún me sobraba dinero. El experimento duró casi un par de años y funcionó bastante bien, pero sobre todo fue una bendición para Antonio Vilar, que se liberó de su desagradable compañero y dejó explotar su creatividad sorprendiendo a todos.
Antonio era un buen redactor, con muy buenas ideas y mucha falta de oficio. Tenía, eso sí, algunos defectos que en una gran agencia pasaban más desapercibidos, pero que se pondrían de manifiesto en La Banda en todo su esplendor. Pero, de momento, era un buen redactor y un gran creador de diálogos. Y me adoraba. Realmente me tenía en un altar. Yo era su libertador, su descubridor y su maestro. Cuando dimití en FCB, él presentó su dimisión inmediatamente después; aunque traté de persuadirle, porque yo no sabía cuál iba a ser mi próximo destino y mucho menos si podría contar con él en mi nuevo puesto, no hubo manera de convencerle. Así que, cuando finalmente decidí montar La Banda, no tuve más remedio que premiar su fidelidad llevándole conmigo.
El nacimiento de La Banda fue consecuencia de un cúmulo de casualidades, porque, hasta un par de meses antes de abrir las puertas, yo nunca había pensado en montar una agencia. Mi situación en 1980 era inmejorable y cumplía con creces todas mis expectativas. Tenía 33 años, era Director Creativo Ejecutivo de una gran multinacional, Foote, Cone & Belding, que en aquel momento era la quinta agencia en los Estados Unidos y la novena en el mundo. En junio de ese año, fui por primera vez jurado, representando a España, en el Festival de Cannes. Y en septiembre me acababan de nombrar Vicepresidente Internacional de la Compañía. En Europa, sólo había dos Vicepresidentes Internacionales, uno en Londres y otro, que era yo, en Madrid: el más joven de los quince vicepresi- dentes que había en el mundo. O sea, que era el niño mimado de FCB, señalado por todos para ser una pieza importante en el escalafón de poder de la Compañía. De momento, ya estaban pensando en mí para sustituir a Len Sugarman, como Director Creativo en Londres; con responsabilidades sobre la creatividad de todas las oficinas en Europa. Len era el otro Vicepresidente europeo y acababa de ser trasladado a Nueva York.
Las perspectivas más cercanas pasaban por hacerme cargo de la Dirección Creativa Europea, con sede en Londres, que era la oficina más importante de FCB en Europa. Todavía recuerdo con estupor una visita a FCB Londres, en la que me presentaron a algunos de los 52 equipos creativos que trabajaban allí a las órdenes de Len Sugarman. Más de 100 personas, entre Redactores y Directores de Arte, que sometían cada día su trabajo al criterio de un solo hombre. Aquello sí que era poder. Y además en Londres, la meca de la creatividad mundial. No puedo negar que el trabajo era de lo más atractivo, pero yo era un tipo con las ideas muy claras. A mí me gusta vivir en España y, si es posible, mejor en Madrid que en ninguna otra parte. Además, después de 20 años trabajando en multinacionales —desde los 13 años— no tenía ningún interés en hacer la carrera internacional. O sea, tres años en cada ciudad, para terminar en la gran central de Nueva York o, en el caso de FCB, en Chicago, que es la ciudad madre de esta Compañía.
Los americanos sueñan con hacer este circuito: Ejecutivo senior en Nueva York; Director de Servicios al Cliente en algún país de Sudamérica; Subdirector General en Londres, Frankfurt o Milán; Director General en España y, finalmente, Vicepresidente en Estados Unidos. Con un poco de suerte puedes llegar a Presidente mundial y esperar a que el Consejo de Administración se canse de ti y te jubilen con una pensión de oro antes de los 60.
Pero mi plan no era ese. Yo había hecho constar en mi contrato que sólo prestaría mis servicios en las oficinas de Madrid y que cualquier cambio debería contar con mi consentimiento expreso. Esa cláusula de mi contrato no les gustaba mucho a los americanos, que no acababan de entender que alguien rechazara de antemano cualquier posible promoción y, sobre todo, despreciara la oportunidad de culminar su carrera con un puesto importante en los Estados Unidos de América.
Así eran las cosas; por lo que, cuando me propusieron el traslado a Londres, yo tuve muy claro que, si lo rechazaba, estaba tocando el techo de mi posición en España y tirando por la borda mi futuro en la compañía. Por otra parte, Antonio Beja, que era el Presidente de FCB en España, iba a ser trasladado a Chicago como Vicepresidente Ejecutivo, con responsabilidad directa sobre Latinoamérica, Oriente Medio y Australia. Él, que era un fanático de la multinacionalidad, estaba encantado con su promoción y loco por abandonar la empresa española, pues, tras la fusión con Arce & Potti, estaba sumida en un pequeño caos político, alimentado por una lucha de poder entre Roberto Arce y su gente, la antigua Arce & Potti, y el personal procedente de FCB.
A principios de 1980 se había llevado a cabo una fusión entre FCB y Arce & Potti, como consecuencia de la compra por parte de FCB del 100% de las acciones de Arce & Potti. Pero Roberto Arce, Presidente de Arce & Potti, había jugado muy bien sus bazas, consiguiendo, entre otras cosas, que el nombre de la nueva compañía fuera Arce FCB y que el personal de ambas agencias se instalara en las magníficas oficinas que Arce & Potti tenía en la calle Costa Brava número 13, de la Urbanización Mirasierra. Todo el aspecto exterior de la operación daba a entender que era Arce quien absorbía a FCB, cuando lo que había ocurrido en realidad era exactamente lo contrario. Y eso agravaba aún más las circunstancias, ya de por sí complicadas, que acompañan a cualquier fusión de dos com- pañías en el mundo publicitario.
Yo había sido el único Consejero de FCB que se había opuesto a la fusión, por considerar que la imagen de Arce & Potti no aportaba nada a la brillante posición en el mercado de FCB. Más bien su imagen de agencia antigua perjudicaba nuestra imagen. Además, la personalidad dominante de Roberto Arce podía ser una fuente inagotable de problemas para todos nosotros. Pero todos los demás consejeros estaban a favor de la fusión. Antonio Beja, Javier Suso y Faustino García estaban convencidos de que las dos agencias juntas iban a ocupar uno de los primeros lugares del ranking español, y eso significaba beneficios económicos y nuevas posibilidades de negocio. Yo, sin embargo, estaba convencido de que dos culturas de em- presa tan dispares iban a ser como agua y aceite, imposibles de unirse en un solo proyecto común, con el agravante de una lucha por el poder que acabaría destrozando cualquier posibilidad de proyecto conjunto. Y el tiempo demostró que no estaba equivocado. No obstante, acepté la fusión y puse mi firma en el documento que la haría factible.
Cuando todavía éramos dos agencias separadas, Roberto Arce me invitó a comer en el antiguo restaurante Charlot, que estaba en la calle de Serrano. Él sabía que yo era el único Consejero de FCB que se oponía a la fusión y estaba decidido a hacerme cambiar de opinión en aquel almuerzo. Roberto era un gran comunicador. El autor de campañas brillantes que forman parte de la memoria colectiva de todos los españoles mayores de cuarenta años. “Papá, ven en tren” para RENFE, o “Con Iberia ya habría llegado” son algunos de sus eslóganes más famosos. Un gran comunicador y un hombre muy inteligente y carismático. No tuve ocasión de compartir con él demasiado tiempo, pero me han quedado grabados de por vida algunos de sus pensamientos. Por ejemplo, le oí decir que la profesión de publicitario era muy dura y que había que estar nadando siempre contra corriente. Peor aún, se trataba de mantenerse a flote en el remolino que se produce en una taza de water cuando se tira de la cadena. Si noeres el mejor nadador, es imposible resistir la fuerza de la espiral que te arrastra hacia el fondo de la taza. Y, aunque seas el mejor nadador, no puedes dejar de nadar ni un solo instante si no quieres precipi- tarte en el flujo irresistible de la corriente descendente.
Roberto Arce, con su tremendo poder de convicción, estaba dispuesto no sólo a convencerme, sino a seducirme haciendo gala de una tremenda franqueza. Yo era un chaval de 33 años y él era un hombre sabio de 60. Y fue tan fácil como engañar a un niño. Simplemente me habló de su vida como publicitario de éxito, que a los 60 años lo ha conseguido casi todo: fama, dinero, premios, honores de todo tipo… Sólo una cosa le quedaba por hacer: dejar a sus hijos en herencia el fruto de tantos años de trabajo. Y que ese fruto no fuera la carga de una agencia decadente que moriría con él, sino las acciones lustrosas de una potente multinacional que sin duda iba a sobrevivirle muchos años. Sobre todo, teniendo en cuenta que esa multinacional estaba, e iba a seguir estando, dirigida por gente tan brillante como yo, entre otros. Él, después de sesenta años de gloria, sólo quería un puesto honorífico en la nueva agencia. Un cargo de representación que le permitiera seguir activo sólo en el plano institucional, optando a ser presidente de la International Advetising Asociation (IAA) en España y poder pasar el rato dando charlas en las oficinas de FCB en Latinoamérica.
Y me lo creí. La verdad es que me pareció un plan perfecto para la hora de mi retiro. Yo, que empecé a trabajar a los 13 años, llevaba veinte en activo y, si llegaba a los 60 años, llevaría cuarenta y siete tra- bajando en publicidad. Demasiados años para aspirar a otra cosa que a un buen retiro como presidente de la IAA y conferenciante en Latinoamérica. Así que comprendí muy bien a Roberto Arce y, aunque la fusión con Arce & Potti no me parecía lo más interesante para el futuro de FCB, no quise ser el aguafiestas que no sólo estropeaba los planes de aquel hombre, sino también los de todos mis compañeros consejeros de la compañía, y firmé los papeles de la fusión.
No puedo decir que aquella fusión fuese funesta para mí, ya que fue el detonante principal que dio origen a La Banda; pero sí resultó una catástrofe para el futuro de la entonces brillante FCB y para casi todos los que allí trabajábamos. Como ya he mencionado, Roberto Arce consiguió que FCB dejara las oficinas de Serrano, 23 y trasladara a todo el personal a las oficinas de Arce & Potti en la colonia de Mirasierra. También consiguió que la nueva agencia se llamara Arce FCB. Si se unen estos dos factores, es fácil entender que el mercado publicitario hiciera una lectura falsa de la operación. Se pensaba que, en la fusión de las dos compañías, era Arce & Potti quien predominaba y Roberto Arce quien asumía el máximo poder. Aunque en realidad se trataba de una compra pura y dura por parte de FCB del 100% de las acciones de Arce & Potti, y Roberto Arce asumía un cargo honorario como Presidente del Consejo de Administración, sin ningún poder ejecutivo sobre la compañía resultante de la fusión.
No sólo el mercado entendió mal la operación, sino que el propio personal de las dos agencias tenía serias dudas sobre quién detentaba realmente el poder en la empresa. Roberto Arce jugaba a la ceremonia de la confusión, y Antonio Beja tenía sus ojos más puestos en Chicago que en Madrid. Por otra parte, para sustituir a Antonio Beja en la Dirección General se había descartado a Faustino García —que era quizá el más cualificado—, porque no hablaba muy bien inglés, y se había nombrado sucesor a Pedro Llop, con el que la mayoría del personal no estaba de acuerdo, porque hablaba un inglés de Oxford. Sin embargo, el recambio de Director General no se iba a producir hasta enero de 1981, después de la partida de Antonio Beja a Chicago.
La situación era caótica. Había un Director General, Antonio Beja, que ya no ejercía como tal. Otro Director General, Pedro Llop, que no podía ejercer hasta varios meses después y que, ante la reacción negativa del personal a su nombramiento y la presencia imponente de un Roberto Arce cada vez más crecido, se iba asustando por momentos. Y, finalmente, un Director Creativo Ejecutivo y Vicepresidente Internacional, yo mismo, presionado para aceptar un puesto en Londres, que cada vez tenía más claro que debía finalizar su ciclo pro- fesional en esa compañía. Creo que todo el personal percibía la marejada y el ambiente en la agencia se hacía cada vez más irrespirable. Yo tenía una oferta de J. Walter Thompson, que en esos momentos era la primera agencia del país, y, aunque aún no había cerrado ningún compromiso, con esa buena perspectiva en el horizonte, decidí presentar mi dimisión en FCB. Lo hice a primeros de noviembre de 1980, a través de dos cartas simultáneas: una dirigida a Antonio Beja y la otra al Presidente Europeo de la compañía, cuyo cuartel general estaba situado en Frankfurt. Lo hice así porque no me fiaba de Antonio Beja. Era evidente que a él no le interesaba nada que yo dimitiera en aque- llos momentos, con una agencia convulsa y a pocos días vista de su traslado a Chicago. Yo quería que mi dimisión fuese irreversible y que Antonio —experto en todo tipo de manipulaciones y dilaciones— no pudiera manipular la situación ni dilatar mi salida.
Naturalmente, a Antonio le molestó mucho que en Frankfurt tuvieran noticia al mismo tiempo que él de mi intención de abandonar la agencia, porque eso podía retrasar su promoción de Chicago. Pero yo llevaba un par de meses advirtiéndole de que no iba a consentir que se marchara a Chicago sin dejar resuelto el tema de su sucesión, y frenando de una vez por todas los impulsos de poder de Roberto Arce que, ante su pasividad, se iban reforzando día a día. Antonio siempre daba buenas palabras, pero no actuaba nunca. Se negaba a re- nunciar a la Dirección General a favor de Pedro Llop, reforzando así la posición de éste y ayudándole a consolidar su liderazgo antes de su marcha. No tenía pues el menor interés en enfrentarse con Roberto Arce que, cada vez más, actuaba como si fuera el Presidente Ejecutivo de la agencia. Así que no tuvo más remedio que afrontar el tema de mi dimisión como un hecho consumado.
El Presidente Europeo y el Director Financiero Internacional se pre- sentaron en Madrid 48 horas después de recibir mi carta de dimi- sión. Entre ellos y Antonio Beja intentaron por todos los medios hacerme camibar de idea. Para colmo, Javier Suso (Director de Medios) y Faustino García (Director de Servicios a Clientes), y ambos miembros también del Consejo de Administración de la agencia, presentaron su dimisión detrás de mí. Pedro Llop, por su parte, manifestó que no estaba dispuesto a asumir la Dirección General si no podía contar conmigo en la Dirección Creativa. El tema se puso tan grave que llegó a venir a Madrid el Presidente Mundial de la compañía. Con él mantuvimos diversas reuniones, alguna de ellas muy violentas, ya que se llegaron a efectuar careos entre los dimi- sionados y Roberto Arce, en una maniobra de Antonio Beja para hacer parecer a éste el único culpable de la situación.
Tengo que decir en honor a Roberto Arce que, aunque la creativi- dad era su parcela favorita del trabajo en la agencia, jamás tuve un roce con él, ni personal ni profesional. Nunca se metió en medio entre mis creativos y yo, ni emitió opiniones negativas sobre nuestro trabajo. Probablemente el creativo fue el único departamento de la agencia en el que no intentó ejercer ningún poder. Esto siempre lo he atribuido a que me gané su respeto en aquella comida de Charlot con mi actitud de ceder en mi oposición a la fusión, después de es- cuchar sus, para mí, muy convincentes argumentos. El caso es que nuestra relación profesional siempre fue de mutuo respeto, y así se lo manifesté al Presidente Mundial de FCB delante de Antonio Beja y dejando claro que sólo Antonio, como responsable ejecutivo de la compañía, era el culpable del deterioro de la situación. Por su parte, Roberto Arce llegó a decir, como muestra de su respeto hacia mi persona, que él había llamado la atención a una pareja de america- nos que hablaban entre ellos mientras yo pronunciaba una conferencia en francés en el Hotel Martínez de Cannes, ante los Directores Generales de FCB en el mundo, con motivo de mi participación como Jurado en el Festival de Cannes de 1980. A mí me sorprendió mucho esta declaración por su parte, que demostraba hasta qué punto se sentía agradecido de mi actitud con respecto a la fusión de su empresa con la nuestra.
Ante la crisis provocada por mi dimisión, se me hicieron todo tipo de ofertas para que permaneciera en la agencia. Y, como persistía en mi idea de marcharme, porque veía la situación irreversible, finalmente llegaron a ofrecerme crear una segunda agencia, al 50% con FCB, que sería dirigida por mí y que llevaría mi nombre. De esta manera, ellos podían vender a los clientes que yo seguía vinculado de alguna manera a la empresa y podía seguir trabajando para alguno de ellos que no quisiera renunciar a mis servicios. Era la primera vez en mi carrera profesional que se me hacía una proposición así, y confieso que la idea me resultaba atractiva, aunque no me fiaba demasiado de la viabilidad del proyecto. Prometí estudiarlo y contestar en el plazo de un par de semanas. Y ellos me pidieron que, en cualquier caso, permaneciera en la agencia durante tres meses, para tratar de matizar la salida y evitar problemas con los clientes.
Yo acepté quedarme ese tiempo con la condición de hacer pública inmediatamente mi salida de la agencia. Y poder utilizar esos tres meses para estudiar posibles ofertas y desarrollar en su caso cualquier proyecto futuro que pudiera presentarse, incluido el de la agencia compartida con FCB. Así que di la noticia a los medios profesionales. La revista Anuncios, cuyo primer número acababa de ver la luz el día 24 de noviembre de 1980, publicó una nota en su portada del número 3 con el titular “Agustín Medina dimite en Arce FCB”. Eso provocó que empezara a recibir ofertas de trabajo en auténtica cascada. Las dos más interesantes que recuerdo fueron una de Stanley Bendelac, Presidente de Delvico, para montar una nueva agencia al 50%, y otra de Contrapunto, para dirigir una nueva oficina que deseaban abrir en Barcelona.
Estaba claro que en esos momentos yo era el creativo de moda. Estaba muy reciente el gran éxito que había conseguido mi campaña del hombre de la Tónica para Schweppes, las novedosas películas para Grin`s o los récords de ventas de las colecciones de libros de quiosco para Bruguera. Además, mi paso por NCK y FCB había coincidido con las etapas más brillantes de estas agencias, que las sacó de muchos años de anonimato. Para cerrar el círculo, estaba mi nombramiento como Jurado de Cannes ese mismo año. El caso es que como creativo estaba en mi mejor momento y todo el mundo profesional lo reconocía ofreciéndome trabajar a su lado. Y lo más importante es que había algunos grandes profesionales que pensaban que estaba maduro para liderar el proyecto de una nueva agencia. Así que fue fácil llegar a la conclusión de que eso precisamente es lo que debía hacer: no dejar pasar la oportunidad que el destino estaba poniendo en mis manos.
Decidí crear una nueva agencia. Decidí también que lo haría solo, sin ningún socio (ni FCB, ni Delvico, ni Contrapunto), solo como el Guerrero del Antifaz, como el Hombre Enmascarado, como el Llanero Solitario. En un alarde de ingenuidad y, probablemente, de prepotencia, me lancé a la aventura de mi vida; sin tenerlo previsto; sin dinero ahorrado, porque todo lo acababa de invertir en la compra de un adosado; sin socios capitalistas y, lo que es peor, sin clientes.
Descargar el libro completo en
http://www.bubok.es/libros/9620/Historia-de-mi-Banda
Presentación de “Hoja de Ruta para Emprendedores” en CESMA Business School
¿Hay alguien de verdad experto en redes sociales?
Cada día aparecen cientos de comentarios en todos los medios sobre la eficacia de las redes sociales. Y casi todos esos comentarios son contradictorios.
Las redes sociales son el único futuro de la comunicación.
Las redes sociales tienen los días contados.
Las redes sociales sirven para hacer comunidades de intereses, pero no sirven para vender un producto o para desarrollar una marca.
Si no estás en las redes sociales no existes.
El 50% de las empresas de Estados Unidos no están en las redes sociales.
Anunciarse en las redes sociales es muy barato.
Anunciarse en las redes sociales es muy caro en relación con su discutible eficacia.
Etc, etc., etc.
Lo único indiscutible es que todo el mundo quiere estar en las redes sociales. Los usuarios, porque hoy día son el vehículo natural para comunicarse con el resto del mundo. Las empresas, porque piensan que si no están allí se están perdiendo algo que les puede pasar factura en el futuro.
También hay una cosa cierta. Hoy por hoy, el crecimiento de las redes es imparable. 1.000 millones de usuarios de Facebook en el mundo: uno de cada seis habitantes de este planeta. 4.000 millones de visitas diarias a YouTube. 500 millones de usuarios de Twitter y 150.000 de Linkedin. Y todas las cifras creciendo sin parar.
Leí hace poco en alguna parte que en relación con las redes sociales nadie sabe nada a ciencia cierta. No hay catedráticos ni doctores en esa materia. Todos somos sólo estudiantes.
Creo que esa es una gran verdad.
La Publicidad en ruinas
En la anterior crisis, la de 2003, cerraron en España más de 700 agencias de publicidad. A partir de 2005, cuando el mercado repuntó, se abrieron 500 agencias nuevas. Algunas de esas nuevas agencias ocupan hoy día los primeros lugares del ranking de creatividad y notoriedad del sector. No es una causalidad. Se trata simplemente del viejo axioma de la evolución de las especies. Cuando hay cambio hay evolución. Y sólo se evoluciona de verdad con los grandes cambios, los que ponen patas arriba todo lo establecido y obligan a construir todo de nuevo.
Creatividad inconsistente y baratita
Parece que ahora asistimos de nuevo a uno de esos momentos críticos en que los cimientos de lo establecido amenazan con ruina. Se mire por donde se mire, esta profesión nuestra está llena de miserias y desconcierto. Los clientes no confían ya en las agencias como lo hacían antes. Ahora no respetan su capacidad estratégica, su conocimiento de los medios, su intuición para abrir caminos, su capacidad como visionarios del marketing. Ya sólo les demandan una creatividad superficial que adorne los objetivos estratégicos que otros han hecho por ellos. Y, por supuesto, no les quieren pagar por lo que no hacen, ni están dispuestos a pagar demasiado por lo que hacen.
Resistencia al cambio
Las agencias, por su parte, se conforman con hacer y cobrar cada día menos. Tampoco acaban de entender muy bien todos los males que en los últimos diez años se les han ido viniendo encima. Esa revolución tecnológica que está dejando fuera de juego a sus mejores jugadores de antaño, sin atreverse a dejar paso a nuevos fichajes, porque tampoco están muy seguros de cuáles serían los cambios que hay que realizar. No quieren perder el partido, pero el caso es que lo van perdiendo por goleada porque no acaban de entender las nuevas reglas de juego. Los especialistas en nuevas tecnologías no siempre entienden de comunicación publicitaria. Y difícilmente lo van a aprender en sus agencias especializadas. Tampoco en las agencias convencionales se aprende hoy día mucho de comunicación publicitaria, porque la estrategia y el marketing han huido de las agencias para refugiarse en los cuarteles de invierno de los anunciantes. Además, las precarias remuneraciones han terminado hace tiempo con los trainings en Estados Unidos y la formación interna de calidad.
Una oportunidad para los valientes
Afortunadamente, en estos momentos tan aciagos, llegó de nuevo la crisis para dar una nueva oportunidad a los más valientes. Mi consejo es que os atreváis a olvidaros del pasado, a romperlo todo, a meter la excavadora en las ruinas y hacer un hueco para establecer los nuevos cimientos. Atreveos a construir una nueva oferta más brillante, más rompedora, más actual. El mercado lo demanda a gritos y los anunciantes acogerán con júbilo todo aquello que les facilite la vida, que les evite dialogar con varios interlocutores para tratar el mismo problema. Acogerán con entusiasmo nuevos conceptos estratégicos y creativos para moverse con soltura en el nuevo panorama de los medios, sin ataduras a los viejos esquemas tan repetidos.
Demostradles que sois diferentes y cobrad muy bien por ello. No volváis a cometer el error de ligar vuestra remuneración a la difusión en medios. Cobrad por las estrategias y por las ideas, y cobrad muy caro porque eso sigue siendo lo más valioso que pueden comprar los anunciantes con su dinero. Y de ello depende la supervivencia de sus marcas, que es lo mismo que decir la supervivencia de sus empresas.Es hora de hacer la revolución, de cambiarlo todo para que se note de verdad que estamos en el siglo veintiuno. Ahora o nunca.
Play Station te invita a no moverte de casa
Después de ver este comercial hay que ser muy arriesgado para atreverse a discutir con el camarero en un restaurante antes de haber terminado de comer.
Humor negro y sofisticado para vender la idea de que es mejor quedarse en casa jugando con la Play Station, que arriesgarse a sufrir la vejaciones de un restaurante de cinco tenedores.
Cómo construir una marca
A estas alturas nadie niega ya la importancia de tener una buena marca, aunque, como vengo comentando en artículos anteriores, muchos todavía no tienen muy claras las diferencias entre la imagen de la marca, su nombre y los productos a los que ampara.
David Ogilvy dejó escrito que detrás de una marca siempre hay un producto, pero no siempre detrás de un producto hay una marca.La marca se define a través de una personalidad que la hace única. De igual manera que ocurre con los seres humanos que destacan por alguna razón sobre todos los demás. Esas características que los hacen únicos y admirados, las variables que constituyen su personalidad. No todos los deportistas geniales la tienen, ni todos los actores, ni siquiera los políticos que una vez fueron los más votados.
La personalidad es patrimonio de unos pocos y sólo los que la tienen permanecen en el recuerdo para siempre. La primera clave de la personalidad de una marca es el Conocimiento, que es la suma de la notoriedad espontánea y de la sugerida. Sin conocimiento no hay marca, pero no basta por sí sólo para crearla.
La segunda clave importante es la Calidad Percibida, que es muy distinta a la calidad per se, ya que se trata de un criterio emocional que sólo tiene valor en la medida en que el receptor percibe la calidad de la marca, independientemente de la realidad tangible de la misma.
La Identidad de la marca se perfila a través de los atributos que su público objetivo percibe de ella y es un elemento básico para definir su personalidad. Los atributos deben ser nítidos, bien definidos, y pueden ser de índole racional, basados en la características físicas de la marca, o de índole emocional, que suelen ser los más importantes porque son los que se graban con más fuerza en lo más profundo de los sentimientos de los consumidores. Los que hacen que éstos se identifiquen con la marca y la hagan parte integrante de sus más íntimos afectos.
Por último la Fidelidad, que es el auténtico baremo para medir la satisfacción de los clientes. Dicen que cuesta cinco veces más conseguir un cliente nuevo que mantener uno antiguo. Por eso es tan importante que la marca genere este sentimiento que la hace familiar e imprescindible.
Pocas marcas reúnen todos estos requisitos, pero cuando sometemos a las grandes marcas, como Coca Cola por ejemplo, al test de valoración basado en estos cuatro parámetros, vemos con absoluta claridad que se trata de una marca de verdad, que sobresale con nota muy alta en Conocimiento, Calidad Percibida, Identidad y Fidelidad.
Si su marca puede resistir también a este test, enhorabuena. Pero si no es así, no pierda más el tiempo, aplíquese desde ya mismo a utilizar con inteligencia todas las herramientas que permiten construir una buena marca.
Por supuesto, puede seguir contando con los medios tradicionales. Pero ya no puede conformarse sólo con ellos, porque cada vez son más caros y están más saturados. La televisión, por ejemplo. Según el prestigioso estudio Forrester Research, el 76% de los publicitarios en Estados Unidos piensan que el tradicional spot de 30″ en TV estará muerto antes de 10 años. Ya hay marcas como la cerveza australiana Foster´s Lager que han renunciado a la televisión y se dirigen a sus clientes más jóvenes a través de Internet utilizando el eslogan “Porque la televisión apesta“.
Los medios en los que el mensaje interrumpe constantemente el contenido ya no están de moda. El marketing de interrupción ha dado paso al marketing de compromiso y ahora los consumidores prefieren el Advertainment, donde la publicidad se fusiona inteligentemente con los contenidos. Utilice los medios convencionales y los nuevos medios. Todos ellos usados con inteligencia son buenas herramientas para la construcción de las marcas.
Hágalo como quiera, pero consiga una marca fuerte y con personalidad, porque sólo así conseguirá vender sus productos. Como dice mi admirada Naomi Klein: “Las empresas pueden empeñarse en fabricar productos, pero los consumidores sólo están interesados en comprar marcas“.
Entrevista para Chill Art
Reproduzco a continuación la entrevista que el gran diseñador argentino Norberto Baruch, me ha hecho hoy para su blog
http://chill-art.blogspot.com.ar/
1. En Buenos Aires, lo último en estrategia online es la teoría del Océano Azul. Cómo se puede llegar a los no clientes si no se reconoce el potencial de las redes sociales?
Creo que el Océano Azul es una forma nueva de llamar a los nichos de posicionamiento de toda la vida. Encontrar un lugar donde tu producto es único y está, por lo tanto, liberado de las amenazas de la competencia feroz de los mercados tradicionales.
Por supuesto, las redes sociales pueden jugar un papel decisivo a la hora de encontrar ese Océano Azul para nuestro producto.
2. Se sostiene que la teoría del Océano Azul es una actualización de los principios básico en los que se basaba Da Vinci para crear. Qué lugar tiene la creatividad hoy en el marketing?
La creatividad hoy y siempre ha sido y es la base de todos los procesos de diferenciación en el mundo del marketing. Sin creatividad no hay posibilidad ninguna de Océanos Ázules, ni de nuevos nichos de mercado, ni de comunicación efectiva con los consumidores.
Todo lo nuevo, lo original, lo insólito, está siempre al margen de la lógica, y se manifiesta solamente en los terrenos de la creatividad.
3. Por qué en Estados Unidos, según Advertising Age, las empresas de marketing de base de datos son reconocidas como mega-agencias de publicidad?
Hoy día, la extraordinaria expansión de las redes sociales ha vuelto a poner al individuo en el centro de todas las estrategias. El CRM tiene más importancia que nunca, y esas empresas expertas en manejar las bases de datos tienen en sus manos la herramienta más poderosa para comunicarse a nivel de persona a persona.
4. El usuario de Facebook, de Twitter o MySpace no debería conocer realmente cómo se usan sus datos?
Estoy totalmente de acuerdo en abogar por una transparencia total. Debería haber leyes que obligasen a esas redes a comunicar a todos los usuarios, de una manera clara y no en la letra pequeña de sus contratos, cuál es el uso real que hacen de los datos.
5. Los algoritmos utilizados en marketing para analizar datos clasifican a los consumidores. Es ético este tipo de discriminación? No es bueno ser considerado un “desperdicio”.
Me remito a la respuesta anterior. Si no hay transparencia del uso de los datos, no hay una ética aceptable, nos califiquen de una manera o de otra.
6. Sirve la creación de una comunidad de fans de Facebook para lograr la tan necesaria fidelización?
Me parece que son dos cosas que no tienen nada que ver. Se puede ser fan de una marca en Facebook y no mantener con ella ninguna otra vinculación. Eso sólo son estadísticas. Pero la fidelización es otra cosa mucho más profunda entre la marca y sus clientes.
7. Por quién tomarías partido en la Guerra de las F? Por Foursquare o por Facebook? Por qué?
El nivel de popularidad de ambas está todavía a años luz a favor de Facebook. No creo que hoy por hoy se puedan establecer comparaciones.
8. Si algo caracteriza a la Publicidad 3.0 es su llegada casi interpersonal, de uno a uno. Pero no siempre este acercamiento es respetuoso. Cómo pueden las empresas empezar a respetar al consumidor?
Yo pienso que en Internet 3.0, el consumidor es cada vez más el dueño y señor de todos los procesos, por lo que cada vez será menor la manipulación por parte de las empresas. El consumidor es el rey y, por lo tanto, es quien decide el cómo y el cuándo de su relación con las marcas.
Charla en la Cámara de Comercio e Industria de Madrid
El próximo viernes día 14 de septiembre, a las 12,00 daré la charla “Aprender a emprender”, dentro del Cierre de la Primera Edición de la Red de Mentores 2012.
Calle Ribera del Loira, 56-58 – Madrid
Salón de Actos, planta 1
Explicando la crisis
Historia de mi Banda
En 2005, un año después de abandonar el día a día de las agencias de publicidad, para dedicar más tiempo al desarrollo de otras actividades más gratificantes, como estudiar a fondo el desarrollo de los nuevos medios y las nuevas tecnologías, escribir libros, dar clases en los masters de algunas escuelas de negocios, o dar conferencias por todo el mundo sobre creatividad, comunicación y marketing, decidí escribir unas memorias profesionales.
Se trataba de contar una historia, la mía y la de mi empresa, pero a la vez contar también la historia de los Mad Men españoles, que contribuyeron a hacer de nuestra publicidad una de las grandes de la industria mundial, especialmente durante la época dorada de los años ochenta y noventa.
Creo que el resultado es el mejor libro que he escrito nunca. Todos los que lo han leído me han dicho que es apasionante, interesante y divertido para cualquiera, incluso para los que no saben nada del mundo de la publicidad. O quizás, muy especialmente interesante para estos. La verdad es que lo escribí a tumba abierta, contándolo todo, aunque algunas cosas no les gustaran mucho a algunas personas implicadas. El prólogo también era excelente y estaba escrito por Miguel Angel Furones, el único creativo español con una carrera verdaderamente internacional.
Sólo se hizo una edición, ya agotada, y es muy dificil encontrar hoy día algún ejemplar en las librerías, aunque alguno se puede localizar por Internet de vez en cuando. Sin embargo, al caducar los derechos de la editorial que lo lanzó, hoy día he recuperado la posibilidad de ponerlo de nuevo a disposición de los lectores. Esta vez a través de los medios tecnológicos, que permiten su descarga por menos de dos euros, lo que lo hace asequible para los que no lo pudieron comprar en su momento debido a su alto precio.
Todos los que estéis interesados en leerlo podéis entrar en http://www.bubok.es/libros/9620/Historia-de-mi-Banda donde podéis encontrar toda la información sobre el mismo. También podéis visitar para más información la página del libro http://www.historiademibanda.wordpress.com
¡Que disfrutéis de la lectura¡ Y ya me contaréis.
Entrevista en Gestiona Radio sobre mi libro “Hoja de Ruta para Emprendedores”
Este es el link para acceder a la entrevista:
http://bit.ly/TRgt3K
Conferencia en Valparaíso (Chile)
Los próximos días 3 y 4 de octubre, viajaré a Santiago de Chile y Valparaíso para participar en las XXII Jornadas Internacionales de Diseño y Publicidad, organizadas por la Universidad Inacap.
El día 3 intervendré como ponente en una Mesa Redonda sobre Comunicación Digital, Redes Sociales e Internet 3.0.
El día 4 pronunciaré la conferencia de clausura de las Jornadas, con el título “Del poder del mercado al poder del consumidor”
Los mejores anuncios de la historia. “The Independent”
LA ACTITUD DEL LIDER ANTE LAS CRISIS 
Una de las cosas más importantes que he aprendido a lo largo de mi vida profesional, es saber encajar las peores noticias. Como presidente de una agencia de publicidad con una plantilla de cerca de setenta personas, he tenido que acostumbrarme a afrontar cada día un cúmulo de calamidades. No es porque la agencia fuese mal, que afortunadamente casi siempre fue muy bien, sino porque al que dirige la empresa le llegan siempre los malos asuntos cuando los demás han agotado sus posibilidades de solucionarlos.
Problemas de personal, presiones insoportables del headquarter en Boston, creativos que no cumplen las fechas, ejecutivos presionados por el cliente, facturas impagadas, y decenas de temas más, todos ellos igual de conflictivos. Resolver problemas insolubles y tomar decisiones inmediatas va incluido en el sueldo del líder. De eso se trata. De marcar el camino a los demás, de permitirles descargar sus dramas sobre tus espaldas. Todos recurren a ti cuando han agotado sus posibilidades de resolver los problemas. Y tú debes ser capaz de ofrecerles siempre una solución. Nunca puedes fallar, porque tú eres el último recurso. Tu decisión, buena o mala, será aceptada por todos porque tú eres el jefe. Y de tus decisiones depende siempre la marcha y el futuro de la empresa.
Tomar decisiones nunca es fácil, pero cada uno aprende a desarrollar su propio sistema. En mi caso, siempre me pongo en lo peor. Analizo el problema con calma, normalmente dejándolo reposar un tiempo en mi cabeza. Un día, si es posible, y si no, unas horas, o unos cuantos minutos si la urgencia es extrema. Pero nunca con precipitación. Antes debo evaluar las peores consecuencias de la situación que se me plantea. Y una vez asumido lo peor, estoy preparado para tomar la decisión que me parece más conveniente.
En algunos casos se pueden tomar decisiones sin prisas, cuando no nos presiona el día a día sino la posibilidad de iniciar un nuevo proyecto, o cuando los problemas que nos acechan tienen que ver con coyunturas ajenas, que nos pueden afectar a medio plazo. En esos casos, más que nunca, hay que ser cautos y dejar reposar las decisiones hasta tener claros todos los parámetros de la situación y las peores consecuencias que ésta nos puede acarrear.
En mi libro “Cómo llegar al éxito de fracaso en fracaso” ponía como ejemplo mi actitud ante el fenómeno de Internet, que convulsionó el mundo empresarial a finales de los noventa.
Dicen que cuando se ve la luz al final de un túnel, no siempre significa que la salida esté cerca. Puede ser también el faro de un tren que viene dispuesto a arrollarnos. Por eso es importante asumir esa posibilidad, que sin duda es lo peor que nos puede ocurrir, que, confiados en que el camino está despejado, el tren nos pase por encima. En ese caso, la decisión más prudente será avanzar hacia la salida caminando por el costado del túnel, bien pegados a la pared, para que si en vez del final del túnel se trata de la luz de un tren, cuando éste pase a nuestro lado no pueda rozarnos.
No se trata de ser pesimistas, sino de saber evaluar bien las situaciones poniéndonos en lo peor. De esa forma, nada nos pillará por sorpresa. Nuestra decisión no será tomada a la ligera. Será seguramente una buena decisión. Y en eso, en tomar buenas decisiones consiste el éxito de todo buen manager.
LOS MEJORES ANUNCIOS DE LA HISTORIA – Nike “Play”
En el año 2002 tuve la oportunidad de ser parte del Jurado del Festival de Cannes por segunda vez en mi vida. En esta ocasión no hubo ninguna polémica. Todo el jurado estuvo de acuerdo en conceder el Gran Premio del Festival a la campaña “Play” de Nike, representada magníficamente por esta obra maestra del cine publicitario. Se trata de una pieza de vanguardia, que refleja el estilo de publicidad del nuevo siglo. Sin beneficios, sin conceptos. Sólo atributos y valores de marca para conectar con los valores de los consumidores. ¡Impresionante¡
UN NOMBRE NO ES UNA MARCA
Mucha gente que se mueve en el ámbito del Marketing o de la Comunicación confunde el nombre con la marca y piensa, en consecuencia, que encontrando un buen nombre para sus productos ya tienen la mitad del camino hecho. Buscan un nombre corto, sencillo, fácil de recordar y que, si es posible, defina el uso del producto, e incluso los atributos de imagen con los que se quiere dotar al mismo. Sin embargo, el nombre de un producto no suele tener nada que ver con su éxito, aunque esta afirmación despierte las iras de todas aquellas empresas que ganan fortunas diseñando estrategias de naming y cobrando por ello a veces cifras disparatadas. En lo referente a los nombres no hay ninguna lógica en el mundo de las marcas. En algunas ocasiones son producto de casualidades, y en otras muchas la lógica inicial con que fueron creadas se desbarata al cruzar la frontera de los idiomas. Lo dejé muy claro hace más de quince años, en un Seminario del Instituto de Empresa sobre El poder de las marcas, en el que puse cientos de ejemplos que demostraban la variada y disparatada casuística sobre el tema. Marcas como Lois, que para sonar extranjera quiso traducir al francés el nombre de un directivo de la empresa. El directivo se llamaba Luis, pero el traductor no debía ser muy fino y se comió una “u” en la traducción y en vez de Louis (Luis en francés), acabaron llamándola Lois (Ley en francés). En cualquier caso, sin Luis y con Ley acabaron triunfando en el mercado francés, en el español y en otros muchos. Hay también otras marcas que cumplen toda la ortodoxia en su idioma de origen, como Close Up o Mr. Propper, pero que fuera de los países anglosajones no significan nada para los que no entienden el inglés. Y se da el caso que, cuando por circunstancias del mercado, una de esas marcas tiene que cambiar de nombre, de Mr Propper a Don Limpio, no sucede ningún drama y los consumidores siguen comprando el producto igualmente. Marcas impronunciables para la mayoría de los españoles como Schweppes han triunfado en nuestro país. Y otras como Mercedes -ellos mismos han dicho en alguna ocasión que era el nombre de la esposa o la hija del fundador de la compañía- son un símbolo de lujo y elegancia en todo el mundo. ¿Se imaginan una compañía aérea o una empresa de informática que se llamase Mari Pili? Pues no sería más extraño que Apple, que para los americanos es una simple manzana. Con el agravante de que su producto estrella Macintosh tiene el nombre de una variedad de manzana. Algo así como si en castellano dijésemos Manzana Reineta. Muy pocos se atreverían a poner este nombre a una compañía internacional de vanguardia en el mundo de los ordenadores. Para más recochineo el logo de Apple es el dibujo de una manzana mordida.En fin, que las marcas no nacen, sino que se hacen. Ocurre como con las personas, que van desarrollando la personalidad a lo largo de su vida y a través de sus actos, resultando al final que da lo mismo el nombre que uno tenga. Lo único importante es lo que sea uno capaz de ponerle detrás. Y da lo mismo un nombre corto y sencillo como Messi, Torres o Nadal, que uno largo y complicado como Severiano Ballesteros. Millones de personas en todo el mundo saben de quiénes estamos hablando, aunque en muchos países no sepan ni siquiera pronunciar sus nombres correctamente.
LOS MEJORES ANUNCIOS DE LA HISTORIA – Renault 5
En 1999 tuve el honor de presidir el Jurado del Festival Iberoamericano de Publicidad (FIAP) en Buenos Aires. Un jurado compuesto por creativos tan relevantes como los argentinos Ramiro Agulla y Rodrigo Figueroa reyes, el americano Aldo Quevedo o el español Manuel Valmorisco entre otros. El Gran Premio del festival se lo otorgamos a esta película de Renault Clio, que al año siguiente ganaría también un León de Oro en el Festival de Cannes. En este spot ya no hay beneficios, ni conceptos. Creo que es una de las primeras veces en la historia de la publicidad moderna en que la marca transmite atributos y valores de su target, utilizando el vehículo como transmisor de emociones entre los consumidores.
MI PÁGINA EN SLIDESHARE
Ahora se pueden ver algunos extractos del contenido de mis libros y de mis conferencias en http://www.slideshare.net/medina13
LOS MEJORES ANUNCIOS DE LA HISTORIA – Xbox
Este spot para el lanzamiento de la XBOX de Microsoft, que fue premiado con un León de Oro en el Festival de Cannes me parece que explica el beneficio del producto de una manera sorprendente, brillante y rotunda. No se puede vender mejor la utilidad de un producto sin decir nada sobre el mismo.
LEONES DEVALUADOS EN EL FESTIVAL DE CANNES
He sido Jurado en el Festival de Cannes en dos ocasiones. La primera, siendo casi un chaval, en el año 1980, el año en que si iniciaba la década prodigiosa de la publicidad en todo el mundo. El año que marcó el cambio de la publicidad racional a la emocional, el año en que las ideas y la creatividad triunfaban por encima de cualquier otro parámetro de juicio. También fue el último año en que el Jurado estaba compuesto sólo por creativos. A la organización no le gustó ni un pelo que dejásemos desierto el Gran Prix y que tampoco hubiese demasiados oros en cada una de las categorías. Por eso se aseguró de que nunca más los locos creativos fuesen dueños del jurado de un festival creativo.
Al público tampoco le gustó nuestro juicio, y el día de la entrega de premios tuvimos que salir del Palacio del Festival custodiados por los gendarmes franceses, ya que nos tiraron de todo durante la ceremonia. Desde papel higiénico hasta los más variados frutos de la horticultura francesa. A todos en Cannes les encanta recoger premios y si no se los dan se ponen como fieras. De hecho, agencias de todo el mundo prometieron no volver jamás al festival, aunque un año después se duplicaron las inscripciones. Y los años dorados que vinieron después demostrarían que nosotros llevábamos la razón al ser tan cicateros con los premios.
Los Leones entonces eran unos premios muy serios. Conseguir uno te llevaba a la fama mundial de nuestro negocio. A las agencias, a los creativos y a los anunciantes. Por eso eran tan importantes.
En el año 2002, cuando fui Jurado por segunda vez, los Leones seguían siendo el mayor galardón que un publicitario podía conseguir en cualquier festival del mundo. Entonces, no hace tanto tiempo (sólo 10 años), la televisión seguía siendo el medio rey y sus Leones, junto con los de Gráfica, los más valorados, aunque ya se empezaba a desarrollar el festival en otras categorías como Medios, Marketing Directo y Publicidad Interactiva.
A día de hoy, con la televisión languideciendo y los medios digitales creciendo a velocidades astronómicas, son multitud las categorías de Cannes en las que alguien puede ganar un León. Para los organizadores esto es maravilloso, porque sus ingresos se multiplican con el crecimiento geométrico de las inscripciones. Pero me temo que la fuerza de los Leones se devalúa al mismo ritmo que crecen sus ingresos.
Hoy día los Leones se cotizan baratos. Se reparten a diestro y siniestro, para regocijo de la organización y de los premiados. Pero yo me pregunto si un León de hoy vale lo mismo que un León de antes. Si no se ha llegado a un nivel exagerado de autocomplacencia, cuando todo el mundo es consciente de que la publicidad y la creatividad están más tristes que han estado nunca. ¿No sería ya hora de que el Festival de Cannes se autoinventara, simplificando sus categorías, asumiendo la realidad de los nuevos tiempos y reduciendo drásticamente la cantidad de Leones, para que los Leones de verdad rujan de nuevo con la potencia con que venían haciéndolo desde hace más de cincuenta años?
LOS MEJORES ANUNCIOS DE LA HISTORIA – Apple 1984
Spot realizado por Ridley Scott para el lanzamiento de Apple Macintosh en 1984. Dicen que el célebre director de Blade Runner cobró un millón de dólares de la época por realizarlo. Sólo se emitió una vez en la televisión americana y en una segunda ocasión en la Super Bowl del año 2009, cuando se celebraba el 25 aniversario del lanzamiento del Mac.
Está lleno de claves ininteligibles para la mayoría de los usuarios, pero aún así logró crear una expectativa sobre el producto muy pocas veces lograda en la historia.
Juega con la célebre novela de Orwell “1984″, diciendo que ese año jamás sería como Orwell lo había previsto en su novela, gracias al Mac. También juega con la destrucción del gigante IBM, a manos de la joven y revolucionaria compañía Apple. Y vende un sueño de libertad para todos los usuarios de los ordenadores personalesPocas veces la publicidad tiene tantas lecturas y todas interesantes.
ELOGIO DEL FRACASO
Decía Oscar Wilde que hay dos grandes tragedias en la vida; una es no llegar nunca a conseguir lo que se quiere; la otra, llegar a conseguirlo. Es una de mis frases favoritas como conferenciante, porque creo que sintetiza de manera magistral el sentido de la vida, la búsqueda continua de un objetivo que nunca llegará a cumplirse. Y precisamente en eso, en que no llegaremos a cumplirlo jamás, consiste su grandeza, la magnífica grandeza de nuestra existencia.
En el plano más prosaico de nuestra vida profesional, el objetivo es la meta de nuestras aspiraciones, que si no se cumple nunca nos causará una enorme frustración, una tragedia; pero cuando se cumple debe ser reemplazada inmediatamente por una nueva meta, un nuevo objetivo que nos permita seguir nuestro camino: la trayectoria que, jalonada de éxitos o de fracasos, es lo único que da sentido a nuestra vida profesional.
Antonio Machado dejó escrito: “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar.” Y ese pensamiento redunda también en la misma idea. El secreto está en caminar y no es imprescindible llegar a ninguna parte. Basta con ir cumpliendo metas y seguir caminando. Hay que entender el fracaso como un hecho cotidiano que se presenta muchas veces en nuestro camino, pero que no debe apartarnos nunca de él. Todo lo contrario, el fracaso, o los fracasos, son sólo metas obligadas en todo camino hacia el éxito.
Desde que tengo uso de razón el fracaso ha acompañado toda mi vida. En el ámbito escolar, el amoroso o el profesional, el fracaso siempre ha estado muy cerca de mí, sirviéndome de acicate para conquistar mis mejores éxitos. Evidentemente, mi caso no es el único. El fracaso acompaña también las vidas de todos los demás seres humanos, porque forma parte inseparable de nuestra evolución como personas. Por eso es tan importante que aprendamos a convivir con él, a aceptarlo como un compañero en nuestro viaje por la vida y también a aprovecharnos de él, obteniendo experiencias enriquecedoras para nuestro desarrollo como personas.
Fracasar es crecer y fortalecerse.
Fracasar es aceptar nuestros límites y aprender a expandirlos; fracasar es, en definitiva, un paso necesario e imprescindible en el camino hacia el éxito. A veces resulta muy difícil reconocer nuestros fracasos. Nos empeñamos en culpar a los demás de nuestros errores, nos decimos que la suerte se puso en nuestra contra, que las circunstancias no fueron propicias, que todo fue culpa del destino y de la casualidad. De esta forma evitamos asumir los fracasos y aprender de ellos, y ése es el peor de nuestros fracasos. Cuando ignoramos nuestras propias debilidades estamos cerrando el paso al desarrollo de nuestras fortalezas.
Fracasar es imprescindible para aprender.
Fracasar no sólo es un hecho normal en todos los órdenes de la vida, sino que además es bueno y necesario. Cuando somos bebés y tenemos una curiosidad infinita y una urgencia desmedida por aprenderlo todo, nos topamos una y otra vez con el fracaso. No podemos tocar todas las cosas que quisiéramos, no podemos mantenernos de pié, no podemos expresarnos verbalmente con claridad. Y, sin embargo, eso no nos desanima. Fracasar una y otra vez en nuestros intentos nos sirve de estímulo constante. No hay nadie más constante ni entusiasta en el mundo que un bebé durante su largo periodo de aprendizaje. El fracaso para él es sólo un estímulo poderoso. Con el fracaso aprende a mejorar su técnica para conseguir hacer las cosas que quiere. Sin el fracaso no podría evolucionar a la velocidad que lo hace.
Todo el periodo de aprendizaje de un bebé es una cadena continua de fracasos. Sin embargo, ésa es la etapa de la vida más fructífera en un ser humano. Glenn Doman, el gran pionero en el terreno del desarrollo cerebral infantil, asegura que casi toda nuestra capacidad de aprender tiene lugar entre el momento del nacimiento y los seis años. Una etapa en la que nuestro cerebro es como una gran esponja que lo absorbe todo. Tratamos de aprenderlo todo, de asimilarlo todo, de comprenderlo todo y, naturalmente, fracasamos una y otra vez en el intento. Pero al final, en muy pocos años, logramos caminar erguidos, hablar uno o varios idiomas a la perfección, leer, escribir y desarrollar todo un proceso de pensamiento. Y jamás un bebé se desanima ante un fracaso, todo lo contrario, enseguida se da cuenta de que ése y no otro es el método más adecuado para ir corrigiendo los errores, hasta llegar a alcanzar sus objetivos.
En el mundo de los adultos el fracaso se manifiesta también en todo tipo de situaciones y actividades.
Fracasamos cuando tratamos de establecer relaciones de cualquier tipo con los demás, cuando estudiamos en el colegio o en la universidad, cuando tratamos de encontrar nuestro primer empleo, y en otros muchos momentos de la vida en los que debemos tomar nuestras propias decisiones. El fracaso siempre nos acompaña, pero no debemos sentirnos nunca fracasados, porque sólo fracasa de verdad el que no es capaz de convivir con sus fracasos.
A veces el fracaso es sólo una sensación.
Nos sentimos abrumados por la tarea que tenemos enfrente, o por la responsabilidad que se nos demanda, y nos dejamos embargar por una sensación de fracaso que, mal conducida, puede llevarnos hasta el fracaso mismo.
Es importante saber distinguir entre la preocupación y el fracaso, entre el peso de la responsabilidad y el fracaso, y entre los pequeños contratiempos para el desarrollo que cualquier actividad conlleva y el fracaso. Solamente se fracasa de verdad cuando se llega al final de una etapa sin haber alcanzado los objetivos que nos habíamos propuesto, sin habernos acercado siquiera a los resultados previstos, habiendo equivocado todos los planteamientos. Sólo el fracaso más absoluto puede ser calificado de fracaso. Y si eso nos sucede, no hallaremos consuelo en nuestras lamentaciones, sino en el entusiasmo de elaborar un nuevo plan que nos conduzca al éxito. Un plan que tenga muy en cuenta nuestros fallos anteriores. Un plan que analice punto por punto todas las causas que nos llevaron a fracasar en el intento anterior.
El secreto del éxito.
La mayoría de la gente piensa que el éxito tiene más que ver con el destino y la suerte que con el esfuerzo cotidiano. Se piensa que basta con estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. Pero no hay nada más lejos de la realidad. La suerte y la oportunidad no son suficientes para conseguir el éxito. Como dijo Picasso: “Que cuando te visite la inspiración (la suerte) te encuentre trabajando”.
Trabajo, trabajo y trabajo, ésa es una de las principales claves para triunfar en cualquier cosa. Es cierto que para lograr el éxito no se deben dejar escapar las oportunidades, pero de nada sirve estar rodeado de ellas si uno no está dispuesto a trabajar duro para aprovecharlas. Y tampoco basta con trabajar duro: hay millones de personas que lo hacen y jamás logran alcanzar el éxito.
En los deportistas de élite encontramos muchos buenos ejemplos de oportunidades que no llegan a cuajar en éxitos. Cada partido de un futbolista, un tenista o un golfista, o cada charla de un conferenciante, es una oportunidad de conseguir un éxito. Cada corrida en una plaza importante para un torero, o cada olimpiada para miles de deportistas son otras tantas oportunidades de triunfar. Pero la estadística nos dice que son más los días grises que los momentos estelares. Por cada momento triunfal hay muchos otros de derrota y fracaso. Sin embargo, el auténtico triunfador, el que llega a ser de verdad una estrella en su categoría, es aquel que no sucumbe ante el fracaso; el que una y otra vez se sobrepone de sus malas actuaciones; el que aprende de sus errores y se esfuerza más que nadie en los entrenamientos sin dejarse abatir por las derrotas, sin desmoronarse ante las adversidades. Trabajar duro y saber sobreponerse a los fracasos: en eso consiste el secreto del éxito.
LOS MEJORES ANUNCIOS DE LA HISTORIA – Basf
En 1980 fui por primera vez vez Jurado en el Festival de Cannes. Ese año fue el primero y el único en la historia del festival en que el jurado estuvo formado sólo por creativos. Todo un desastre para la organización, porque decidimos dejar desiertos la mayoría de los Oros y también el Gran Premio del festival. Nos tuvieron que sacar del Palacio el día de la entrega de premios escoltados por los gendarmes franceses, pues el público nos quería linchar. Se escribieron cientos de artículos en muchas revistas profesionales de todo el mundo contra nosotros y nuestras decisiones. Y muchas agencias prometieron no volver jamás a Cannes, augurando el fin del festival.
Sin embargo, un año después, y como consecuencia del gran cambio cualitativo que desencadenamos, el festival se vio reforzado y las inscripciones crecieron como nunca.
Este comercial estuvo a punto de ganar el Gran Premio, pero entre él y uno de Coca Cola el Jurado no logró ponerse de acuerdo. Hubo empate de votos y el premio quedó desierto.
Para mí este spot marca el inicio de toda una época, que dejaba atrás la publicidad racional, basada en los beneficios tangibles de los productos, para iniciar una etapa nueva donde los conceptos iban a reinar en la publicidad televisiva.
Aquí no se dice que las cintas BASF sean más duraderas, ni más resistentes, ni se habla de su mayor calidad. Sólo se dice de ellas que “Hasta los malos tiempos tiempos suenan mejor”. Todo un concepto emocional que abriría la puerta a la gran publicidad conceptual y emocional de los años 80. Sin duda, los años dorados de la industria publicitaria en todo el mundo.
MAD MEN

El 15 de Diciembre de 1960 cumplí catorce años. Dos días antes había empezado a trabajar como chico de los recados en la agencia de publicidad más importante de España. Se llamaba Ruescas, tenía 120 empleados y trabajaba para la mayoría de las marcas americanas que en aquellos años empezaban a llegar al mercado español. Los cigarrillos Winston y Camel, las bujías Champion, el jabón Palmolive y el dentífrico Colgate eran algunos de sus principales clientes. Tres años después, en 1963, McCann Ericson desembarcó en España y compró el cien por cien de las acciones de Ruescas. La agencia pasó a llamarse Ruescas-McCann Ericsson y los métodos de trabajo se adaptaron inmediatamente a los patrones de Madison Avenue. Todos aprendimos a ser Mad Men.
Cuanto más veo la serie de televisión, más admiro a sus guionistas por el fino trabajo que han desarrollado. Porque así eran las agencias de publicidad en los años sesenta. Un ambiente excitante y glamoroso, repleto de mentes brillantes envueltas en alcohol, tabaco, sexo y ambiciones. Y además, con el reto profesional apasionante de entender la televisión, ese nuevo invento que lo estaba revolucionando todo.
Los Mad Men de los años sesenta se enfrentaban con entusiasmo a la conquista de la televisión. Eran publicitarios curtidos en los medios impresos, grandes redactores y directores de arte que habían forjado sus carreras en las páginas de los diarios y las revistas. También manejaban con soltura la radio, que había sido el medio rey en los años 40 y 50. Pero toda su experiencia valía muy poco para trasladarla a ese nuevo medio que estaba arrasando en los rankings de audiencia. Tanto es así que en Ruescas-McCann la televisión era patrimonio exclusivo de un australiano llamado Frank Boss, que era el único creativo especialista en ese terreno. Nadie más en la agencia intervenía en los anuncios televisivos. Él se encargaba de escribir los guiones, de elegir las productoras y de supervisar creativamente todo el proceso. Se puede decir que los grandes anuncios que produjo la agencia a mediados de los sesenta eran exclusivamente obra suya.
Naturalmente, dada la importancia de la televisión y su imparable crecimiento en los presupuestos de los clientes, todos los creativos de la agencia se fueron incorporando al proceso de elaboración de los anuncios. Yo lo hice a partir de 1965, cuando empecé a desarrollar mi labor como redactor y asistente de Charlie Burlakow, el director creativo de la agencia. Así pues, mi carrera como creativo se puede decir que está ligada a la televisión de una manera muy especial, como lo está para todos los de mi generación, que fuimos dando nuestros primeros pasos al mismo tiempo que el propio medio.
Nuestra generación alcanzó el éxito como creativos de televisión en la década de oro de los ochenta, en la que España compartió premios y reconocimiento internacional con Inglaterra y Estados Unidos, sin duda los maestros del género. Lo pronostiqué en 1980, la primera vez que fui jurado del Festival de Cannes. En esos días, la revista inglesa Campaign me pidió un artículo sobre la creatividad española y yo me atreví a escribir que España sería la tercera potencia creativa de la década. Los ingleses se quedaron tan alucinados que destacaron esta frase de mi artículo en la portada de la revista. Pero ellos mismos, junto con todos los demás países del mundo, lo reconocerían unos años después.
La televisión no ha muerto como predican algunos, pero sin duda ya no es lo que era. Los spots son cada vez más aburridos y la interrupción de nuestro ocio con bloques de duración insufrible los hace realmente odiosos. Por otra parte, la irrupción de Internet en los últimos años del siglo pasado y su imparable desarrollo, ha descubierto a los usuarios de este nuevo medio un poder de elección que lo está revolucionando todo. El consumidor ya no quiere, o quiere cada vez menos, ser interrumpido por la publicidad y exige que ésta forme parte indisoluble de los contenidos que le interesan. Y sólo está dispuesto a soportarla si esa unión resulta del todo satisfactoria para él.
Por otra parte, el sota-caballo-rey de los medios convencionales del siglo XX, se ha roto en mil pedazos. La creatividad ha inundado las calles con nuevos formatos y los medios digitales arrasan en todas las pantallas, traspasando las viejas fronteras de la televisión y el cine, para explotar en los ordenadores, los móviles, las videoconsolas o las pantallas de plasma. De nuevo los Mad Men deben enfrentarse a una década prodigiosa. Desde su particular entorno laboral, muy distinto sin duda al de los felices sesenta, tienen que plantearse que la publicidad de antes ya no vale para el futuro. Que los nuevos tiempos exigen nuevas soluciones y que ellos, los que empiezan ahora, tienen por delante la tarea de encontrarlas. Que se olviden de los viejos Mad Men, dinosaurios de una época brillante del pasado. Su ejemplo sólo les debe servir para afrontar con entusiasmo esta nueva etapa, con la seguridad de que ellos también brillarán en los nuevos medios, como sus antecesores lo hicieron con aquella televisión revolucionaria, que les hizo pasar a la historia de la publicidad y protagonizar cincuenta años después una de las series más populares de la televisión de hoy día.
LOS MEJORES ANUNCIOS DE LA HISTORIA – Alka Seltzer
En 1970, este spot de Alka Seltzer marca para mí un antes y un después en la historia de la publicidad. La USP (Unique Selling Proposition) de Rosser Reeves, basada en la comunicación de un mensaje único, que debe ser racional y prometer un beneficio tangible, ligado totalmente al producto, llega a su zénit con este magnífico comercial, donde el beneficio racional se transmite de manera emocional. El casting y la producción estarían hoy a la altura de cualquier spot actual.
INTERNET ES UN CAMPO MINADO
Yo, como casi todos los internautas, recibo cada día cientos de spam en mi correo electrónico, ofreciéndome todo tipo de negocios para incautos. No se trata sólo de la venta de Viagra y otros productos farmacéuticos para alargar el pene, evitar la eyaculación precoz, o mejorar de cien maneras la vida sexual, incluso llegan a ofrecerme la omnipotencia sexual, que no sé muy bien lo que es, pero que suena a algo agotador. También recibo ofertas de trabajo en las que me prometen miles de euros sin moverme de casa, o la representación en España de marcas renombradas mundialmente y que me harán millonario en pocas semanas. Y si pongo en venta alguna propiedad inmobiliaria me llaman muy poquitos interesados en visitarla, pero recibo un montón de ofertas por email desde el extranjero, de compradores que quieren cerrar la operación de inmediato, sólo porque han visto las fotos en Idealista.
También me envían cartas de bancos en los que jamás he tenido una cuenta. Propuestas de conseguir licenciaturas universitarias sin pasar por ningún aula. Y me amenazan con destruir un paquete que tienen a mi nombre en una supuesta empresa de mensajería, si no contesto de inmediato a sus demandas de información. Últimamente también recibo propuestas matrimoniales de maravillosas mujeres rusas, que en cada envío, con la misma imagen, tienen un nombre diferente, y yo presumo que nunca se llaman de verdad Nadia, ni Irina, sino que detrás de esas caras angelicales se esconde algún Boris, Iván o Vasili con cara de mafioso redomado.
Son viejos en Internet los engaños de los chats, donde un pederasta de 50 años se hace pasar por una dulce adolescente de 15, con objeto de robarle su intimidad para su disfrute personal, o para ponerla después por dinero a disposición de una red de indeseables como él. Y la palabra gratis es una trampa mentirosa en el noventa y nueve por ciento de las ofertas de cualquier tipo que se nos hacen en la red. Si te quieres bajar un e-book, por ejemplo, te dirán que es gratis, que sólo tienes que registrarte, pero cuando lo haces te pedirán una cantidad “simbólica” para mantener la operatividad del sistema. Y si no pagas, no hay libro, ni película, ni partido de fútbol, ni programa para descargar.
Todo esto es muy malo, pero creo que Internet tiene todavía una cosa peor: La falsa información que circula por los millones de páginas web. Puedes escribir, por ejemplo, que Cristóbal Colón era un ingeniero aeronáutico, discípulo contemporáneo de Leonardo da Vinci, que era un cocinero famoso, íntimo amigo de Ferrán Adriá, con el que llevaron a cabo la desestructuración de la tortilla de patatas en una noche de farra en la isla de Pascua. Y mucha gente lo creerá a pies juntillas porque lo descubrió en una página de Google. Cualquier cosa encontrada en el buscador mágico es susceptible de convertirse en verdadera y ser repetida en miles de blogs que a diario expanden subcultura por los cinco continentes.
Lo que no está en Internet no existe y la Red es ya el nuevo dios de millones de individuos que siguen a los apóstoles reencarnados en las redes sociales. Intercambio de cultura postmoderna vacía de contenido. “Mucha ideología, pero pocas tías”, escribía el roquero argentino Moris en una de sus más célebres canciones de finales de los años setenta. “Mucha verborrea, pero pocas ideas”, escribiría hoy acerca de los contenidos de Internet. Una verborrea, además, cargada de ofertas basura y falsa información.
JAPÓN
Confundo a los Gabrieles. No sé si fue Gabriel Celaya o Gabriel Otero el poeta que escribió hace muchos años: “Tenemos que ir a China para orientarnos”. Pero fuese el que fuese resultó ser un prodigio de premonición. El futuro está en oriente y hay que ir hasta allí para orientarse. A China todavía le queda un hervor y, aunque las transformaciones son vertiginosas, harán falta todavía algunos años para poder contemplar el futuro en todo su esplendor. Japón, en cambio, hace ya muchos años que marca la pauta de la modernidad en muchos aspectos.
Estuve en Japón por primera vez en 1991. Fue una rápida visita turística a tres de las ciudades más representativas: Osaka, Kyoto y Tokio, que me deslumbraron cada una en su estilo. Después he vuelto con más calma, visitando las mismas ciudades y unas cuantas más, y viéndolo todo con una mirada más profesional. Buscaba publicidad por mi típica deformación profesional, también buscaba arte por mis clásicas inquietudes en esa área, y buscaba también moda, tiendas de lujo y nuevas tendencias, por mis tareas como asesor estratégico en alguna empresa del sector. Encontré de todo y en abundancia.
Los atascos de tráfico siguen siendo los mismos, especialmente en Tokio, una ciudad sin planificación espacial, donde los edificios se arraciman unos encima de los otros, sin ninguna concesión al orden ni al paisaje. Las autopistas de acceso a la ciudad se superponen las unas a las otras hasta formar avenidas de cuatro pisos abarrotadas de coches sin movimiento. Lo nuestro de las horas punta es un anuncio al lado de esa realidad urbana apabullante. Sin embargo, en medio de ese caos, encuentra uno la armonía de la vida y de la belleza. Eso sí, una armonía distinta a la nuestra, tan especial como el carácter de estos japoneses que nunca te miran de frente, ni sostienen tu mirada.
Nada en la ciudad, ni en las relaciones sociales, está sometido a nuestra geometría unidireccional. Las puertas de los jardines nunca están alineadas con las puertas de las casas. Para acceder al interior de un edificio de arquitectura ultramoderna deberemos dar un rodeo siguiendo los contornos de un estanque. Y para sentarnos a meditar en el jardín zen más antiguo que se conoce, deberemos fijar nuestra mirada en diecisiete piedras asimétricas, que reposan sobre un lecho de arena.
Son raros, sí, estos japoneses. Con esa afición desmesurada por las luces de neón y los karaokes. Las calles comerciales de las grandes ciudades japonesas son una especie de Times Square a lo bestia, donde las gigantescas pantallas de plasma que emiten publicidad sin pausa, compiten con el ruido ensordecedor de los pachinkos, en los que cientos de jugadores celebran la comunión con una máquina infernal que funciona con bolitas de acero. Es como estar dentro de un videojuego donde la música, las imágenes y los decibelios forman parte de un montaje vertiginoso, que aturde nuestros sentidos.
La publicidad lo invade todo. En las calles, en el metro, en los centros comerciales y en el interior de los edificios, cuyos pisos inferiores se entrelazan unos con otros, formando grandes avenidas subterráneas repletas de tiendas, de cafeterías, de restaurantes de comida rápida, y de gente. Miles de personas que caminan deprisa sin mirarse, pero observadas siempre desde los ojos de plasma del Gran Hermano de Orwell, en la versión que Ridley Scott hacía para Apple en el spot de lanzamiento del Macintosh en 1984. O sea, desde las omnipresentes pantallas.
Las pantallas callejeras sirven para todo. Emiten publicidad en spots convencionales, con o sin audio, y muchas veces con banda sonora conectada al bluetooth del teléfono móvil. También sirven para mostrar los videoclips de los cantantes de moda. E incluso ofrecen el espectáculo gratuito de mirarse uno a sí mismo mientras cruza, acompañado de miles de personas, una plaza de Osaka que es las más transitada del mundo, donde confluyen seis pasos de peatones que ponen sus semáforos en verde a la vez, para convertir del acto de cruzar la calle en un ballet multitudinario perfectamente sincronizado.
Al contrario que los españoles, los japoneses son gente previsible, estructurada y muy disciplinada. Y eso se nota en cada rincón de su territorio, donde todo está pensado a su medida, sin concesiones al mundo occidental, a pesar de las apariencias. Por ejemplo, en Japón casi nadie habla inglés, ni por supuesto ninguna otra lengua que no sea japonés. Ni siquiera se molestan en facilitar un poco la vida al visitante escribiendo en caracteres latinos los textos más imprescindibles. Hay muchas estaciones de metro en las que nunca sabrás dónde estás, y muchos restaurantes en los que no podrás comer si no entiendes su alfabeto. Ellos no piensan en el turismo, y la verdad es que se ven muy pocos turistas occidentales por sus calles. Calles en las que está prohibido fumar, de la misma manera que ocurre aquí con los edificios públicos. Sólo se puede fumar en algunos puntos señalizados, donde se apiñan los exhaladores de humo, ante la mirada crítica de sus convecinos, muchos de ellos protegidos por mascarillas.
En todas las aceras de la ciudad una línea amarilla, que emerge en relieve del pavimento, indica a los ciegos por dónde deben caminar, por dónde cruzar los semáforos y por dónde deben entrar al metro o a los edificios, en los que una maqueta sonora les indicará también la situación exacta de los ascensores o de las escaleras mecánicas. En el metro, además de los famosos empujadores con guantes blancos, que en las horas punta empujan al personal hacia el interior de los vagones para que las puertas se cierren sin dañar a nadie, podemos ver también vagones de color rosa, exclusivos para mujeres, donde estarán a salvo del posible sobeteo de los varones. Antes muchos las tocaban el culo y ellas, como son muy sumisas, no se atrevían a protestar.
Los taxistas llevan traje y corbata, y la mayoría de las veces guantes blancos. Sus vehículos son amplios, limpísimos y las puertas se abren y se cierran solas cuando te acercas a ellos. Los taxistas japoneses nunca te engañan y no tienes que darles propina. A ellos ni a nadie más en todo Japón. La propina no es una costumbre y, mucho menos, una obligación, lo que uno agradece extraordinariamente. El servicio siempre es rápido e impecable, también en los hoteles y en los restaurantes, donde es frecuente encontrar un timbre en cada mesa para llamar al camarero sin tener que alzar la voz ni hacer gestos con las manos.
También hay modernidad y vanguardismo en la arquitectura, que brilla en todas partes y deslumbra especialmente en la obra de algunos arquitectos como el genial Tadao Ando. Hay que hacer una mención especial a la arquitectura de las tiendas de lujo, un arma de comunicación poderosa que está de moda entre las grandes marcas. Hoy día ya no es New York el gran escaparate del lujo internacional. Tokio es el lugar donde hay que estar para que todos te vean, y las grandes marcas lo saben. Casi todas ellas: Dior, Hermés, Cloé, Tods o Prada tienen sus templos en el barrio de Ginzha, o en el más fashion aún de Omotesando. Las marcas de lujo saben que esos edificios son el emblema de su personalidad, por eso no tienen nada que ver con una tienda convencional. Se trata de auténticas obras de arte de más de diez plantas, donde lo importante no es lo que está dentro, sino la imagen exterior que proyectan al mundo entero. Una imagen que, como en el caso de Dior, podemos ver reproducida en el diseño de sus cientos de tiendas ubicadas en los centros comerciales de todo el mundo. Sin duda, una inteligente estrategia de marketing elaborada por una de las marcas de lujo que mejor ha sabido comercializar su imagen, a través de prendas, complementos, cosméticos o perfumes, a lo largo de los últimos 50 años.
Japón es el lugar que marca la diferencia. El punto de mira que debe guiar en estos momentos la visión de todo aquel que pretenda entender la nueva comunicación del siglo XXI. Un sitio mágico donde se puede descubrir a la vez el secreto de una cultura ancestral, y vislumbrar los misterios de un futuro cercano que muy pronto estará ante nosotros. Disciplina y modernidad son dos características singulares que se encuentran por todas partes. La modernidad está presente en los lugares más íntimos, como en esa mezcla de water y bidet, tan práctico, con sus chorritos de agua dirigidos a los orificios estratégicos. O en la moda rabiosa que llevan esas mujeres bajitas y feas en general, de piernas arqueadas, sin culo ni caderas, pero que se atreven con todo: minis, botas altas, pantalones a media pierna, minipantalones, o pantalones cortos con vuelta. Un auténtico horror que, sin embargo, marca tendencias en todo el mundo, y que pronto veremos ponerse a nuestras mujeres, que sin duda lo lucirán mucho mejor que las japonesas.
MI CANAL DE VÍDEOS EN YOUTUBE
Ahora ya se puede entrar a visionar algunos vídeos de mis entrevistas, noticias o conferencias en Youtube.
Éste es el link:
http://www.youtube.com/user/AgustinMedinaTV
ENTREVISTA SOBRE MI LIBRO “BYE, BYE, MARKETING”
“LAS CLÁSICAS TÉCNICAS DE MARKETING SE HAN VISTO DESBORDADAS POR LA CONVERSIÓN DE PRODUCTOS EN MARCAS”
¿El marketing está en crisis? A juzgar por el título del libro, se diría que ha muerto.
- Sin duda el marketing está en crisis, como casi todas las herramientas comerciales y de comunicación. Y se puede decir que el viejo marketing del siglo XX, ese marketing basado en las famosas 4 P (Product, Price, Place, Promotion) ha pasado a la historia. Ahora las nuevas estrategias empresariales no pueden perder de vista a la quinta P, las Personas, que se han convertido en el eje de todos los procesos.
-Si el marketing ha muerto, ¿qué o quién lo ha matado?
- Ha fallecido de muerte natural. Ya era casi centenario y le iban pesando todos los achaques. Además, todo el mundo se ha empeñado en desvirtuarlo, dándole nuevos apellidos y cargándole de responsabilidades. Mobile Marketing, Email Marketing, Buzz Marketing, Street Marketing, Field Marketing, Geo Marketing, Engagement Marketing… y decenas de apellidos más. Demasiada confusion. Sin duda el marketing ya no es lo que era.
A lo largo de la historia, ¿las agencias de publicidad le han hecho el marketing a sus clientes? ¿Esta situación ha cambiado?
De hecho, el marketing lo inventaron las agencias de publicidad antes de que el profesor de la Harvard Business School Neil. H. Borden le pusiera nombre en 1950. Marion Harper Jr., presidente de McCann-Erickson ordenó las herramientas de marketing que eran utilizadas de forma aislada por empresas como Coca Cola o Procter & Gamble desde finales del siglo XIX, y creó la Agencia de Servicios Plenos que, durante muchos años fue el departamento de marketing de la mayoría de las empresas.
Después las empresas crearon sus propios departamentos de marketing, y eso, junto con el auge de la televisión en los años ochenta, acabó con las Agencias de Servicios Plenos.
¿Ha tenido Internet también algo que ver en todos estos cambios?
Desde luego. Y no sólo Internet. Las clásicas técnicas de marketing se han visto desbordadas por la conversión de los productos en marcas, por la aparición de Internet y el desarrollo fulgurante de las nuevas tecnologías, la irrupción de los móviles, la decadencia de la televisión y la transformación que están sufriendo los medios de comunicación. Y muy especialmente por el abandono de la actitud pasiva por parte de los consumidores.
“Del poder del mercado al poder del consumidor” es el subtítulo de su libro. Internamente, en Mercadona al consumidor le llaman “el jefe”. Pero muchos piensan que el consumidor es fácilmente manipulable, al que se le engaña con frecuencia. ¿Cuál es la verdad de todo ello?
- El consumidor nunca ha sido manipulable. Ni siquiera en los años cincuenta, cuando los fuertes mercados de demanda permitían que no se contara con él en las estrategias comerciales. La gente sabe muy bien lo que quiere y lo que necesita, y lo único que pueden hacer los fabricantes, las marcas, los productos y los distribuidores es ajustarse lo más posible a sus demandas.
¿Hay marketing detrás de las marcas blancas?
- Yo creo que las marcas blancas no existen. Todas las marcas tienen connotaciones y valores que las hacen únicas. No creo que tenga el mismo valor la marca blanca de El Corte Inglés, que la de Mercadona o la de Día. Seguro que la gente distingue muy bien la calidad percibida de unas y de otras.
Finalmente, ¿podría decirnos quiénes y por qué deberían leer su libro?
Yo creo que “Bye, bye, marketing” es de gran interés para todos aquellos que han hecho hasta ahora del marketing o de la comunicación sus profesiones. Y también para las personas que tienen algún tipo de responsabilidad en el futuro de sus empresas. Porque se trata de un libro enfocado a entender lo que está pasando y a intuir el futuro. Y eso es básico para cualquiera que quiera evolucionar en su trabajo.
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