PUBLICIDAD SIN TRAMPA NI CARTÓN

 

Siempre he defendido a la publicidad, argumentando que se trata de una comunicación que todo el mundo sabe que ha sido pagada y por quién ha sido pagada. La publicidad no disimula su naturaleza: es una comunicación pagada, visible, identificable. Sabemos quién habla, de qué habla y, sobre todo, por qué habla.

Y eso, en un ecosistema saturado de mensajes, tiene un valor enorme.

Un anuncio es, en esencia, alguien diciendo: “esto es lo que pienso de mí mismo”. Podrá hacerlo con ingenio, con cierta exageración, o con una creatividad desbordante, pero no hay engaño en la intención. No hay trampa ni cartón. Se paga —y caro— por un espacio, y todo el mundo entiende las reglas del juego.

Curiosamente, no ocurre lo mismo con otros territorios de la comunicación que gozan de un prestigio casi intocable.

La información, por ejemplo.

Consumimos noticias con una fe que rara vez cuestionamos. Les atribuimos una objetividad que, en muchos casos, no deja de ser un ideal más que una realidad. Porque las noticias no son los hechos: son relatos sobre los hechos. Y entre el acontecimiento y nosotros hay siempre una cadena de intermediarios que seleccionan, interpretan y construyen ese relato.

Ahí es donde conviene afinar el sentido crítico.

Puede que la información que nos ofrecen esté amputada o adulterada o filtrada, o que la noticia esté aislada de su contexto, con lo que puede cambiar su significado. O puede ocurrir también que el informador esté vendido a una industria o a una ideología o, simplemente, que esté mal informado.

Y, sin embargo, rara vez ponemos en duda ese proceso.

Aceptamos la información como si viniera directamente de la realidad, cuando en verdad ha pasado por múltiples filtros. Filtros humanos, editoriales, ideológicos o incluso económicos. No siempre de forma consciente o malintencionada, pero filtros al fin y al cabo.

La paradoja es evidente: desconfiamos de la publicidad porque sabemos que quiere vendernos algo, pero bajamos la guardia ante mensajes que no declaran sus intereses con la misma claridad.

No se trata de desacreditar la información ni de idealizar la publicidad. Sería un error simplificar así la cuestión. Se trata, más bien, de entender que toda comunicación es, en alguna medida, una construcción. Y que la diferencia fundamental está en el grado de transparencia con el que se presenta.

La publicidad, con todos sus defectos, juega limpio en ese aspecto. Dice quién es y qué quiere. Y eso, hoy, no es tan frecuente como debería.

Quizá por eso sigo defendiendo a la publicidad, como siempre lo he hecho. Porque en un mundo lleno de relatos disfrazados de verdad absoluta, se agradece encontrar discursos que, al menos, no ocultan sus intenciones. Y ésa, aunque parezca una virtud menor, empieza a convertirse en algo extraordinariamente valioso.

 


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7 Abr 2026
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 Consultor independiente