Ya no puede verse en la Puerta del Sol de Madrid aquel cartel mágico que a mí me alucinaba de pequeño.» No compre aquí, vendemos muy caro».
Estaba en la puerta de una famosa y concurrida zapatería. Yo tardé muchos años en entender que aquello pudiera funcionar como mecanismo de comunicación destinado a vender zapatos.
También había en la plaza del Callao, otra zapatería famosa que regalaba globos de gas los jueves por la tarde.
Se llamaba Segarra y vendía zapatos por un tubo a todos los chavales de mi época.
Yo lo de Segarra lo veía muy claro.
Vendían zapatos de batalla, baratos, resistentes, a prueba de niños, y además regalaban un globo por cada compra.
Los jueves por la tarde, las colas llegaban hasta el cine Avenida.
Pero la otra zapatería, la del cartel, me traía loco.
Porque su comunicación estaba cargada de magia.
Y mi madre no era capaz de explicármela.
Creo que la magia de aquel cartel fue lo que más tarde me haría sentirme atraído por la publicidad.
Esa magia tan indefinible, que conecta con la gente de una manera siempre sorprendente, siempre distinta, siempre llena de una emoción que no pueden explicar los planteamientos racionales.
Aprender a desarrollar esa magia, a controlarla, a sentirla viva en la mina de mi lápiz, ha sido lo más gratificante de mi vida profesional.
Y constatar que funciona, que su poder arrastra a millones de consumidores, es algo indescriptible que, afortunadamente, he logrado sentir muchas veces.
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23 Abr 2026
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