El éxito mal digerido

No hay nada peor que el éxito mal digerido. Basta con que uno se crea que ya ha cubierto todas las etapas y llegado a todas las metas, para que en ese mismo momento empiece a debilitarse su poder y su fuerza.

Para mantener vivas nuestras capacidades es preciso tener siempre un objetivo nuevo ante nosotros: una nueva meta que cumplir, un nuevo camino que recorrer.

Tener un éxito no debe ser el final de una etapa sino el comienzo de otra nueva, porque el éxito nos debe servir de estímulo para crecer y fortalecernos. Este pensamiento está magníficamente expresado en el viejo dicho de que no hay que dormirse en los laureles. El éxito es la mejor plataforma para otros éxitos aún mayores.

Sobrellevar el poder

Sobrellevar el poder.

Tener éxito es alcanzar el poder de hacer lo que a uno le da la gana. Si eres un artista de éxito te puedes permitir todo tipo de excentricidades. Toda una corte de incondicionales te rodeará durante las veinticuatro horas del día, dispuestos a satisfacer el más mínimo de tus caprichos. Tus mayores bobadas serán celebradas como si fueran genialidades, y miles de fans estarán dispuestos a cualquier cosa con tal de poder acercarse a ti, de poder tocarte o de poder compartir contigo unos minutos en el mismo recinto.

Casi lo mismo les ocurre a los políticos en el poder y, en menor escala, a todo aquel que ejerce el mando en cualquier actividad empresarial o social. Sobrellevar sin excesos y sin traumas esa posición tan privilegiada requiere un equilibrio personal muy acusado, que no todo el mundo posee.

La mayoría de las veces el éxito transforma a las personas y las convierte en monstruos de vanidad y de egoísmo; o hace de ellas seres aislados del resto del mundo, sin ningún contacto con la realidad que les mantenga sensatos y equilibrados. Esto se puede ver de forma muy evidente en los políticos que llegan a presidir un gobierno y que, con el paso del tiempo, van perdiendo el contacto con la realidad social, de tal manera que acaban perdiendo también su olfato político, el que les permitió conectar con sus votantes y llegar al poder gracias a su apoyo.

El caprichoso azar

Dicen que las personas inteligentes se reponen enseguida de sus fracasos, pero las mediocres no se recuperan nunca de sus éxitos.

Llegar al éxito no es tan complicado como mantenerse en él; a veces basta con dejarse llevar por la corriente, estar en el lugar exacto en el momento oportuno. No siempre es necesario tener cualidades especiales, ni estar dotado de un talento único; hay muchas personas que alcanzan el éxito por pura casualidad, porque tuvieron la fortuna de ser elegidos por el caprichoso azar.

Escritores mediocres que consiguen la fama en un golpe de suerte y ven cómo su obra se convierte en un best seller, sin llegar a comprender nunca las razones de su éxito; cantantes de un solo tema, que, de repente, se sitúa contra todos los pronósticos en el número uno de las listas de la canción del verano.

Hay un sinfín de circunstancias que a veces llevan a alguien hacia el éxito y la fama, sin que se den ningún tipo de merecimientos. Pero esos éxitos suelen ser muy efímeros, si las personas que los consiguen no son capaces de manejar con prudencia su propia autoestima.

TODA CRISIS PUEDE SER UNA OPORTUNIDAD

Un empresario con visión de futuro

Kurt Smith, un gran publicitario fundador de la agencia Unitrós en España, me dijo en una ocasión que el mejor momento para crear una empresa es cuando el sector está en crisis, cuando todos los demás empresarios están rumiando su fracaso colectivo y aplazan sus iniciativas hasta el momento en que el mercado cambie y lleguen tiempos mejores.

Kart había llegado a Madrid en 1974, cuando la famosa crisis del petróleo acababa de sacudir con fuerza las estructuras económicas empresariales y, muy especialmente, las de las agencias de publicidad, siempre sensibles a todos los movimientos económicos.

Las agencias estaban despidiendo personal y muchas de ellas se habían visto obligadas a cerrar sus puertas. Nadie, en aquel momento, estaba dispuesto a invertir un céntimo en el negocio publicitario, ya que no se vislumbraba todavía el final de la crisis; y, además, los graves problemas de salud de Franco sembraban de incertidumbre el futuro del país.

Sin embargo, esta situación no parecía importarle en absoluto a Kurt Smith, un hombre inteligente, con sus propias ideas y convicciones, que hacía un análisis muy distinto de las circunstancias.

 

Entender el mercado

Kurt, que no conocía nada sobre el mercado publicitario madrileño, se entrevistó en unas pocas semanas con todos los creativos y ejecutivos importantes de la ciudad, almorzó con cada uno de ellos, les contó su proyecto y obtuvo de ellos la más valiosa información sobre la verdadera situación del sector.

Había percibido claramente la atonía general, la falta de iniciativas, el miedo al futuro; y había sacado sus propias conclusiones: las crisis económicas pasan; el comercio, la industria y la publicidad siguen existiendo aunque cambien los regímenes políticos; y cuando todos están dormidos, puede ser muy útil permanecer despierto. Decidió, pues, abrir su agencia de publicidad y lo hizo a lo grande, rompiendo todos los rígidos esquemas del pasado.

Para empezar, situó su agencia en un chalet con jardín en la calle de Mateo Inurria, en el distrito de Chamartín, un poco alejado del centro donde se situaban las demás agencias, siempre instaladas en pisos convencionales de edificios también convencionales. Contrató a los
mejores creativos, que se dejaron tentar fácilmente por el entusiasmo de Kurt, los buenos salarios y la singular ubicación de la agencia. Lanzó al mercado el mensaje de que había nacido una nueva agencia diferente a todas las demás, con un posicionamiento creativo por encima de todo, dispuesta a romper todas las reglas y a revolucionar el lánguido sector publicitario con un estilo fresco y brillante.

Y lo consiguió. Muchos anunciantes le creyeron y confiaron sus cuentas a Unitrós, esperando encontrar una nueva creatividad para sus campañas, que fuese capaz de dar movimiento a sus ventas. La agencia creció rápidamente y en muy poco tiempo se consolidó como una de las más creativas de España.

El fracaso de los demás

El fracaso de los demás suele ser casi siempre una referencia para medir el éxito propio; pero no debería ser así, porque el auténtico éxito no se basa en superar a los otros, sino en superamos a nosotros mismos.

Si sólo nos proponemos triunfar allí donde los demás han fracasado, es muy probable que fracasemos nosotros también. Cada persona debe tener su propia medida del éxito y del fracaso, en función de sus propias metas y de sus propias posibilidades.

No se aprende del fracaso de los demás, sino de nuestros propios fracasos; por lo tanto, no debemos obsesionarnos con superar a los otros, porque ellos tienen sus propios objetivos que, con toda probabilidad, serán muy distintos a los nuestros.

Sólo concentrándonos en nosotros mismos, estableciendo nuestras metas de acuerdo a nuestros intereses, anhelos y capacidades, llegaremos a alcanzar cualquier cosa que nos propongamos; cosechando fracasos y éxitos parciales, que pasarán a formar parte de nuestra experiencia y que nos ayudarán en nuestro camino hacia éxitos futuros. Éxitos cada vez más importantes para nosotros, porque serán la culminación de nuestras propias metas personales, independientes de las del resto del mundo.

NO TE RINDAS NUNCA

Clint Eastwood tenía treinta y seis años cuando rodó «Por un puñado de dólares», dirigida por Sergio Leone en el desierto de Almería. Era un actor fracasado, que sólo había conseguido algunos papeles en malas películas como el western «Ambush at Cimarron», de la que él mismo dijo que era el peor western de la historia del cine.

En la película de Sergio Leone, rodada con un presupuesto mínimo, tuvo que pagarse su propio vestuario, el poncho que usaría en las siguientes películas del mismo director: «La muerte tenía un precio» y «El bueno, el feo y el malo».

Los presupuestos eran tan escasos que el propio Sergio Leone quiso
poner de título a su segunda película «Por un puñado de dólares más», ya que el éxito de la primera le había permitido aumentar un poco el presupuesto. Finalmente se decidió por «La muerte tenía un precio», y obtuvo un gran éxito de taquilla.

Esta trilogía de spaguetti westerns encumbró al actor y le permitió volver al cine de Hollywood, donde se le dio de nuevo la oportunidad de hacer papeles de protagonista. Clint Eastwood no desaprovechó esa oportunidad e inició una carrera de triunfos que le llevarían a ser un gran actor y uno de los mejores directores de la historia del cine.

Nadar contra corriente

En Publicidad, cuando todo va bien, si no te cambias de empresa estás perdiendo tiempo y dinero. Porque es seguro que muchas empresas que no van tan bien como la tuya estarían dispuestas a ofrecerte cualquier cosa para poder contar con tus servicios. Así, son las cosas. Para triunfar hay que batir récords todos los días. Y los retos siempre son más interesantes en situaciones de crisis.

Roberto Arce, uno de los grandes creativos españoles de los años sesenta, decía que para triunfar en Publicidad hay que estar siempre nadando contra corriente. Bueno, él iba un poco más allá porque la corriente a la que se refería era la que se establece en la taza del wáter cuando se tira de la cadena, O sea, que se trata de nadar contra la corriente y contra el torbellino que te lleva al abismo.

También decía más o menos lo mismo Sedelmaier, un gran director de cine publicitario americano, que empezó su carrera de realizador a los cincuenta años, cuando estaba en la cresta de la ola como director de arte, profesión a la que había dedicado toda su vida. Cuando un periodista de la revista Interview le preguntó por qué se había decidido a hacer un cambio tan drástico, Sedelmaier le dijo que en el mundo de la publicidad o te mueves constantemente hacia arriba, o te mueven hacia fuera.

Las opiniones de Roberto Arce y de Sedelmaier, referidas al mundo de la publicidad, son aplicables también a cualquier otra actividad encuadrada en el ámbito de los negocios. Si cuando las cosas van bien te relajas y te acoplas al éxito, lo más probable es que en el mejor de los casos sobrevivas sin pena ni gloria. Pero no esperes triunfar a lo grande, porque para eso tienes que vivir siempre al borde del fracaso, en el filo del riesgo, que es donde están todas las buenas oportunidades.

LOS GENIOS SON LOS QUE MÁS FRACASAN

Tener una inteligencia por encima de lo normal, es como tener una bomba de relojería en el cerebro, porque todas las reflexiones del genio están tan por encima de las que tiene un individuo medio -o sea, la mayor parte de la humanidad-, que muy raramente llegan a coincidir. Esto significa que cuando el genio genera un pensamiento sobre algo que necesite conectar con la masa para obtener éxito, casi nunca acertará porque sus pensamientos serán casi siempre inaccesibles para la mayoría.

Orson Welles, que era el prototipo de niño prodigio, llegó a conocer el éxito en Broadway a los diecinueve años. Pero el fracaso vino a visitarle enseguida, por sus controvertidos trabajos que muy pocos entendían y apreciaban. A los veintitrés años logró de nuevo el éxito con su famosa adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Pero ni La guerra de los mundos, ni su universalmente famosa película Ciudadano Kane, le libraron de fracasar una y otra vez en Hollywood. Es más, la propia Ciudadano Kane fue un rotundo fracaso económico para la RKO, que no tuvo ningún reparo en despedir a Orson Welles cerrándole, además, las puertas del resto de productoras.

Sin embargo, fracaso tras fracaso, logró al fin pasar a la historia tras su muerte como uno de los grandes genios del séptimo arte. Igual que Van Gogh o Gaughin en la pintura, o que John Kennedy Toole, el autor de La conjura de los necios, que se suicidó a los treinta y un años, frustrado y amargado al ver su obra rechazada una y otra vez por multitud de editoriales que se negaron a editarla.

El secreto del éxito

El secreto del éxito.

La mayoría de la gente piensa que el éxito tiene más que ver con el destino y la suerte que con el esfuerzo cotidiano. Se piensa que basta con estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. Pero no hay nada más lejos de la realidad. La suerte y la oportunidad no son suficientes para conseguir el éxito.

«Que cuando te visite la inspiración te encuentre siempre trabajando”, decía Picasso.

Trabajo, trabajo y trabajo, ésa es una de las principales claves para triunfar en cualquier cosa. Es cierto que para lograr el éxito no se deben dejar escapar las oportunidades, pero de nada sirve estar rodeado de ellas si uno no está dispuesto a trabajar duro.

La estadística nos dice que son más los días grises que los momentos estelares. Por cada momento triunfal hay otros muchos de derrota y fracaso. Sin embargo, el auténtico triunfador, el que llega a ser de verdad una estrella en su categoría, es aquel que no sucumbe ante el fracaso; el que una y otra vez se sobrepone de sus malas actuaciones; el que aprende de sus errores y se esfuerza más que nadie sin dejarse abatir por las derrotas, sin desmoronarse ante las adversidades.

Trabajar duro y saber sobreponerse a los fracasos: en eso consiste el secreto del éxito.

METAS Y OBJETIVOS

Decía Oscar Wilde que hay dos grandes tragedias en la vida: una es no llegar nunca a conseguir lo que se quiere; la otra, llegar a conseguirlo. Es una de mis frases favoritas, porque creo que sintetiza de manera magistral el sentido de la vida, la búsqueda continua de un objetivo que nunca llegará a cumplirse. Y, precisamente en eso, en que no llegaremos a cumplirlo jamás, consiste su grandeza, la magnífica grandeza de nuestra existencia.

En el plano más prosaico de nuestra vida profesional, el objetivo es la meta de nuestras aspiraciones, que si no se cumple nunca, nos causará una enorme frustración, una tragedia; pero cuando se cumple debe ser reemplazada inmediatamente por una nueva meta, un nuevo objetivo que nos permita seguir nuestro camino: la trayectoria que, jalonada de éxitos o de fracasos, es lo único que da sentido a nuestra vida profesional.