El futuro de las empresas

Sólo las empresas que son capaces de afrontar los cambios con agilidad y creatividad tienen futuro. La mayoría de las marcas que están hoy en el mercado no existían hace tan sólo veinte años, lo que significa que el ciclo de vida de las marcas es cada vez más corto y pocas sobreviven a las convulsiones de los mercados y los consumidores.

Las que permanecen vivas a lo largo de muchos años, a veces más de cien, como es el caso de Coca Cola o Procter & Gamble, es porque se renuevan constantemente, lanzando nuevos productos, nuevos formatos, nuevos envases con materiales adoptados a las exigencias de los nuevos tiempos. Y, sobre todo, manteniendo fresca la imagen de su marca, en un continuo entendimiento de la mentalidad cambiante de los consumidores.

La comunicación ha desempeñado un papel decisivo durante toda la historia de Coca Cola, siendo ésta una de la empresas pioneras en comprender la importancia de la marca, sin perder nunca de vista que los valores que desea transmitir deben viajar siempre en paralelo a la evolución social, cultural y emocional de sus clientes.

Renovarse o morir

La empresa moderna está condenada a innovar de manera permanente, tanto en los productos o servicios que ofrece como en las estrategias comerciales para hacérselos  llegar a los clientes.

Cuando una empresa se atrinchera en su presente tiene los días contados. Y ésa es una actitud más habitual de lo que podría pensarse. Especialmente en tiempos de crisis, cuando el día a día exige una atención especial, porque de ello depende la supervivencia a corto plazo. Entonces se tiende a olvidar que mientras nosotros permanecemos absortos en nuestros problemas económicos coyunturales, sin mirar más allá de las paredes de la empresa, el mundo sigue avanzando a ritmo vertiginoso, haciendo cada día más obsoletos nuestros productos y nuestras estrategias comerciales.

Otras veces es el éxito el que ciega a las empresas y les impide imaginar que su situación puede darse la vuelta antes de que se den cuenta.

He conocido personalmente a empresarios de éxito que se negaban a ver realidades evidentes que obligarían a transformar sus negocios. De la misma manera que los neumáticos de los coches sustituyeron a las ruedas de los carros, o más recientemente las cámaras digitales y los ordenadores han acabado con las fotos de papel, casi todos los negocios sufren transformaciones ante las que sólo cabe adaptarse o morir.

La cultura del usar y tirar

Los productos desechables se han impuesto en el mercado. Kleenex en vez de pañuelos, envases de Tetrabrick sustituyendo al cristal en la leche e incluso en el vino, latas de refrescos, bolígrafos no recargables… y cientos de productos más.

Nos han enseñado a estrenar algo nuevo cada día, y ya no soportamos usar lo mismo todos los días. No queremos que nuestro coche o nuestros electrodomésticos duren para siempre, porque nos gusta cambiar de modelo cada cierto tiempo y estar siempre a la última.

Ni siquiera las parejas se plantean ya una relación para toda la vida. El matrimonio es a veces una solución al final del camino, después de pasar por diferentes periodos de prueba, en los que las parejas mantienen una relación con fecha de caducidad fijada en el día que se acaba la pasión. Son también relaciones de usar y tirar, y cuando la pasión se agota, que se agota siempre, se busca una nueva pareja de estreno.

Así son las cosas. Hoy más que nunca la única constante es el cambio. Y el cambio, en términos empresariales, es la innovación en todos los ámbitos de la empresa.

Cambio e innovación

Cambio e innovación son las claves del nuevo milenio. El ritmo de la vida se dispara en comparación con solo unos cuantos años atrás. Las relaciones humanas son cada vez más transitorias y se difumina en ellas el concepto de compromiso. La gente ha dejado de pensar en un trabajo para toda la vida, y cada vez está más proclive a cambiar de ciudad, e incluso de país, en busca de una mejora de sus condiciones laborales.

Por otra parte, los avances tecnológicos imponen cada vez más la cultura del «usar y tirar». Y la aceleración de los cambios no ha hecho más que empezar y todos, empresas e individuos, nos tendremos que adaptar a ellos sin remedio.

Firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid

Hoy he pasado una mañana muy interesante firmando ejemplares de mis libros en la Feria del Libro de Madrid. Es muy gratificante encontrarte con los lectores de tus libros, porque siempre descubres una visión nueva de los mismos a través de las personas que los leen. Nuevos lectores que te comentan sus intereses profesionales y que piensan que tus libros pueden ayudarles a conseguir sus fines.

También hay lectores antiguos, que han leído ya varios de los libros -a veces todos los publicados- y que te cuentan lo bien que lo pasaron con las anécdotas de Historia de mi Banda, o lo mucho que aprendieron con Bye, bye, marketing.

En definitiva, una mañana muy provechosa que me anima a seguir compartiendo con todos mis ideas y mis experiencias profesionales.

Hoy día, la única constante es el cambio.

Seguramente otros hombres antes que él se dieron cuenta de la importancia que tiene el concepto de cambio en nuestras vidas, pero fue él, el filósofo presocrático Heráclito de Éfeso, quien lo dejó escrito para la posteridad en su libro «Sobre la naturaleza», 500 años antes de Cristo.

Todo en la naturaleza fluye de una manera continua, de forma que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río -sentenció Heráclito- porque el agua del río es distinta cada vez que nos bañamos y distintos somos nosotros, que fluimos también en armonía con la naturaleza.

Esta revelación fue compartida por todos los demás pensadores presocráticos y reflexionada más tarde en profundidad por otros filósofos tan relevantes como Platón o Aristóteles. Sin embargo, su relación con el mundo empresarial no se hizo evidente hasta que quince siglos después, en 1970, Alvin Toffler publicara su famoso libro «El shock del futuro«. En él, Toffler redescubría la revelación sobre el cambio y la formulaba de nuevo con una expresión más cercana a la mentalidad del siglo XX. «En el mundo en que vivimos la única constante es el cambio», escribió entonces.

Psicomarketing

Hay una serie de rasgos inmutables en los seres humanos que condicionan nuestras conductas en toda circunstancia. Los llevamos impresos en nuestro ADN desde el principio de los tiempos, pero a menudo nos pasan desapercibidos. Estos rasgos han sido puestos de manifiesto por muchos pensadores a lo largo de la historia. Filósofos, grandes hombres, o a veces la sabiduría anónima del pueblo llano, nos los han revelado y los han puesto a nuestra disposición para que los utilicemos, aplicándolos a nuestros problemas cotidianos. Son esas claves que nos pueden ayudar a entender nuestro propio comportamiento. Revelaciones sobre nuestro propio yo y sobre el entorno en el que se desarrolla nuestra vida. Grandes verdades que van mucho más allá de los descubrimientos recientes del neuromarketing.

Están ahí, escritas en los libros dede hace muchos años, pero no siempre las tenemos presentes a la hora de analizar las circunstancias que rodean nuestro trabajo. Podríamos decir que constituyen el eje de una nueva materia de estudio: el psicomarketing. Pero también podemos llamarlas simplemente «sentido común».