Archivo de la etiqueta: tendencias

¿Qué profesiones van a sobrevivir a la Inteligencia Artificial?

Las máquinas piensan, nosotros sentimos.

La historia de la humanidad es también la historia de sus herramientas. Desde la rueda hasta el algoritmo, cada invento ha redefinido el tiempo, el esfuerzo y el papel del ser humano. Pero hoy, por primera vez, hemos construido una herramienta que, además de operar, también “piensa”. Y eso nos obliga a reflexionar con una seriedad inédita sobre nuestro lugar en el mundo laboral.

La Inteligencia Artificial ha llegado para quedarse. Y no sólo para resolver ecuaciones o automatizar procesos. Hoy, la IA escribe textos, crea imágenes, analiza emociones, conversa, predice, diseña. ¿Y entonces? ¿Qué espacio nos queda a nosotros, los que durante siglos hemos dominado el tablero del conocimiento? ¿Qué profesiones sobrevivirán a esta nueva revolución silenciosa que no necesita fábricas ni chimeneas?

La respuesta es, paradójicamente, sencilla: nos queda todo lo que la máquina no puede ser.

 

El factor humano, más relevante que nunca

Decía Ortega y Gasset que el hombre es él y sus circunstancias. Y es justamente esa circunstancia personal, emocional, cultural y biográfica la que nos hace únicos. Lo que no puede imitar ninguna máquina es la experiencia de vivir. Ni el deseo, ni la duda, ni el perdón, ni el amor.

Por eso, el futuro no será para los que intenten parecerse a las máquinas, sino para los que se atrevan a seguir siendo humanos.

 

La intuición, ese territorio inexpugnable

Las máquinas aprenden, sí, pero no intuyen. No dudan, no sufren, no aman. Las profesiones que seguirán teniendo sentido serán aquellas que exijan algo más que procesar datos. Serán aquellas que requieran criterio, empatía, creatividad o coraje. Las que pidan no sólo saber, sino saber decidir. Y hacerlo con responsabilidad.

El médico que escucha más allá del síntoma.
El abogado que distingue entre lo legal y lo justo.
El profesor que inspira, más que instruye.
El creativo que conecta una idea con un alma.

 

El valor de lo inimitable

Sobrevivirán, y con más fuerza, las profesiones que exijan inteligencia emocional, pensamiento crítico, ética, ambigüedad, improvisación, sensibilidad artística, juicio estratégico. Es decir, todo aquello que no se programa ni se automatiza. Todo lo que requiere de una biografía, de un contexto, de una cicatriz.

Un algoritmo puede diagnosticar una dolencia, pero no puede mirar a los ojos de un paciente y decidir cómo darle una mala noticia. Puede construir una estrategia publicitaria, pero no puede tener esa idea que nace del olfato, de la calle, de la vida.

 

Lo irremplazable no es lo espectacular

No olvidemos otro detalle: sobrevivirán también las profesiones que implican acciones físicas complejas, esas que no admiten automatización completa. El instalador, el cocinero, el cirujano, el restaurador, el técnico que soluciona in situ. Son oficios tan humanos como necesarios, y por eso seguirán con nosotros.

Al mismo tiempo, nacerán otras profesiones que no imaginábamos. Gente que dialoga con la máquina, que la enseña, que la regula. Los que no luchan contra ella, sino que la ponen a nuestro servicio.

 

Colaborar, no competir

No se trata de alzar trincheras contra la tecnología, sino de aprender a convivir con ella. Las profesiones del futuro no serán las que le den la espalda a la inteligencia artificial, sino las que la integren con sentido y con límites. Nacerán nuevos perfiles profesionales: curadores de contenido algorítmico, ingenieros del lenguaje, auditores éticos de algoritmos, entrenadores de IA conversacional, y muchos otros aún por imaginar.

El futuro no será para los que compitan con la IA, sino para los que se complementen con ella. Y, sobre todo, para los que tengan algo que una máquina no puede copiar: una visión, una emoción, un propósito.

En definitiva, la inteligencia artificial podrá hacer muchas cosas.
Pero no podrá ser nosotros.
Y ahí, justamente ahí, está la clave.

 

 

 

Nuevas tendencias en Marketing y Comunicación

Hace unos días realicé un webinar sobre nuevas tendencias en Marketing y Comunicación, a través de la Escuela Internacional de Comunicación (EIC), de la que formo parte como profesor y miembro del Consejo Asesor.

Si te lo perdiste, ahora tienes la posibilidad de recuperarlo, accediendo a través de este link

Se trata de entender las claves del marketing del siglo XXI, y la revolución que ha transformado a los productos en marcas. Conocer el nuevo rol de la comunicación dentro de los procesos de marketing y cómo podemos comunicarnos con los nuevos consumidores agregando valor a nuestros mensajes, para que puedan destacar por encima del resto.

Lo que vas a aprender en este webinar es:

– Conocer las últimas tendencias en materia de marketing y comunicación

– Cómo conectar con nuestras audiencias y a través de qué medios y/o herramientas

– Conocer los aspectos clave a tener en cuenta hoy en día para la conformación de una estrategia de comunicación y de marketing

Estos contenidos son el aperitivo de un curso de 20 horas dedicado a estos temas, que daré próximamente en España y en otros países de Latinoamérica.

La fiebre Vintage en El Canto del Grillo

En la madrugada del sábado 15 de octubre, Radio Nacional de España ha retransmitido su programa El Canto del Grillo, dedicado en esta ocasión a la fiebre que hoy día se vive con todo lo Vintage. Esas cosas que vuelven del pasado con una identidad nueva que las sitúa en la cresta de la ola de la modernidad.

Jorge Díaz, uno de los creadores del gran éxito «Yo fui a la EGB», que reivindica los años 80 y que se ha convertido en bandera de una generación que hoy día ronda los cuarenta años, era uno de los contertulios. El otro era yo. Junto con los presentadores charlamos sobre el mundo de las tendencias, de lo antiguo con glamour , y, por supuesto, de la modernidad y del futuro.

Todo ello lo puedes escuchar en este podcast de RNE.

Una gran entrevista en el centro de la noche.

UnknownEn la madrugada del 4 al 5 de septiembre, el programa «Viaje al centro de la noche», que emite Radio Exterior de España para sus oyentes de Latinoamérica, me realizaron una entrevista sobre el mundo de la publicidad que considero de gran interés por todos los temas tocados.

Creo que no es sólo una entrevista para publicitarios, sino que pueden disfrutarla todas aquellas personas interesadas en el mundo de la comunicación en general.

Buenas preguntas, buen ritmo y respuestas sinceras.

 

Próxima conferencia en CEU Valladolid

El próximo día 18 de septiembre, a las 19,00 horas, tendré el placer de apadrinar con una conferencia inaugural el  primer Foro CEU Marketing, organizado por la Escuela de Negocios CEU San Pablo en Castilla y León. Una iniciativa que pretende ser referente del marketing para los profesionales y las empresas de la región.

El tema de mi conferencia, que tendrá una duración de 45 minutos, versará sobre los cambios que se han producido en los mercados durante las últimas décadas, y las nuevas formas de afrontar estos cambios desde el mundo del marketing y la comunicación.

La nueva comunicación: Trysumers y Tryvertising

Desde que el comercio existe, los productos se han dado a probar muchas veces a sus futuros consumidores. Pequeñas raciones de un alimento nos salen al paso en los supermercados, y cantidad de muestras de productos cosméticos inundan las páginas de las revistas femeninas. También los concesionarios de coches nos dejan a veces probar el producto antes de comprarlo. Se trata de una práctica conocida y habitual, que hasta tenía su nombre en inglés (trial), como toda actividad publicitaria o de marketing que se precie.

Pero ahora, cuando la comunicación se halla inmersa en una búsqueda desenfrenada de nuevas fórmulas, de nuevos caminos ajenos a los medios convencionales, surge una corriente poderosa de nuevas pruebas de producto. Una corriente arrolladora, que va mucho más allá de los conceptos habituales, y que bautiza con un nombre nuevo, no sólo a la práctica “Tryvertising”, sino también a los propios destinatarios de la misma, los “Trysumers”, una nueva generación de “probadores”, nacida, como casi todo hoy en día, al amparo de Internet.

Parece ser que desde que existe la posibilidad de comprar en subastas de Internet como Ebay, a muy bajo precio, instrumentos musicales de segunda mano, las ventas de guitarras eléctricas, incluso nuevas, se han disparado en todo el mundo. La explicación es sencilla. Muchos jóvenes que se sienten atraídos por la música no se atrevían a comprar una guitarra nueva, por miedo a que después se desilusionaran, abandonaran la afición, y dejasen tirado en un rincón de la casa el instrumento, después de haber pagado por él un montón de dinero.

De esta forma, al tener la oportunidad de experimentar a bajo precio su vocación musical, ya pueden estar seguros de que si compran un instrumento nuevo y de gran valor, no estarán derrochando su dinero.

Empresas como Sony se han lanzado a llevar la prueba de sus productos hasta extremos nunca experimentados, como por ejemplo dejar a todos los visitantes del zoo de Nueva York el último modelo de cámara de video, para que la utilicen durante su visita a las instalaciones, devolviéndola después a la salida, donde reciben el disquete con las imágenes grabadas que se pueden llevar a casa.

Nike deja probar sus zapatillas a los asistentes a diferentes eventos de atletismo, a través de una furgoneta “Nike Trial Vans”, en la que mantienen un stock de 1.000 pares de zapatillas de todas las tallas. También Apple deja probar sus ordenadores en sus 170 tiendas de prueba, montadas a tal efecto.

Todas estas acciones colman las expectativas de un nuevo perfil de consumidor, inmune a otros tipos de publicidad, que prefiere probarlo todo antes de comprar. El efecto es parecido al que experimentamos la mayoría de las personas ante un suculento y variado buffet. Los platos nos entran por los ojos y despiertan nuestro apetito. Y la oportunidad de probarlos todos, nos permite escoger aquellos que, con toda seguridad, van a satisfacernos.

¿Buscas tendencias? Vete a Japón

Por Agustín Medina

Confundo a los Gabrieles. No sé si fue Gabriel Celaya o Gabriel Otero el poeta que escribió hace muchos años: “Tenemos que ir a China para orientarnos”. Pero fuese el que fuese resultó ser un prodigio de premonición. El futuro está en oriente y hay que ir hasta allí para orientarse. A China todavía le queda un hervor y, aunque las transformaciones son vertiginosas, harán falta todavía algunos años para poder contemplar el futuro en todo su esplendor. Japón, en cambio, hace ya muchos años que marca la pauta de la modernidad en muchos aspectos.

Estuve en Japón por primera vez en 1991. Fue una rápida visita turística a tres de las ciudades más representativas: Osaka, Kyoto y Tokio, que me deslumbraron cada una en su estilo. Después he vuelto con más calma, visitando las mismas ciudades y unas cuantas más, y viéndolo todo con una mirada más profesional. Buscaba publicidad por mi típica deformación profesional, también buscaba arte por mis clásicas inquietudes en esa área, y buscaba también moda, tiendas de lujo y nuevas tendencias, por mis tareas como asesor estratégico en alguna empresa del sector. Encontré de todo y en abundancia.

Los atascos de tráfico siguen siendo los mismos, especialmente en Tokio, una ciudad sin planificación espacial, donde los edificios se arraciman unos encima de los otros, sin ninguna concesión al orden ni al paisaje. Las autopistas de acceso a la ciudad se superponen las unas a las otras hasta formar avenidas de cuatro pisos abarrotadas de coches sin movimiento. Lo nuestro de las horas punta es un anuncio al lado de esa realidad urbana apabullante. Sin embargo, en medio de ese caos, encuentra uno la armonía de la vida y de la belleza. Eso sí, una armonía distinta a la nuestra, tan especial como el carácter de estos japoneses que nunca te miran de frente, ni sostienen tu mirada.

Nada en la ciudad, ni en las relaciones sociales, está sometido a nuestra geometría unidireccional. Las puertas de los jardines nunca están alineadas con las puertas de las casas. Para acceder al interior de un edificio de arquitectura ultramoderna deberemos dar un rodeo siguiendo los contornos de un estanque. Y para sentarnos a meditar en el jardín zen más antiguo que se conoce, deberemos fijar nuestra mirada en diecisiete piedras asimétricas, que reposan sobre un lecho de arena.

Son raros, sí, estos japoneses. Con esa afición desmesurada por las luces de neón y los karaokes. Las calles comerciales de las grandes ciudades japonesas son una especie de Times Square a lo bestia, donde las gigantescas pantallas de plasma que emiten publicidad sin pausa, compiten con el ruido ensordecedor de los pachinkos, en los que cientos de jugadores celebran la comunión con una máquina infernal que funciona con bolitas de acero. Es como estar dentro de un videojuego donde la música, las imágenes y los decibelios forman parte de un montaje vertiginoso, que aturde nuestros sentidos.

La publicidad lo invade todo. En las calles, en el metro, en los centros comerciales y en el interior de los edificios, cuyos pisos inferiores se entrelazan unos con otros, formando grandes avenidas subterráneas repletas de tiendas, de cafeterías, de restaurantes de comida rápida, y de gente. Miles de personas que caminan deprisa sin mirarse, pero observadas siempre desde los ojos de plasma del Gran Hermano de Orwell, en la versión que Ridley Scott hacía para Apple en el spot de lanzamiento del Macintosh en 1984. O sea, desde las omnipresentes pantallas.

Las pantallas callejeras sirven para todo. Emiten publicidad en spots convencionales, con o sin audio, y muchas veces con banda sonora conectada al bluetooth del teléfono móvil. También sirven para mostrar los videoclips de los cantantes de moda. E incluso ofrecen el espectáculo gratuito de mirarse uno a sí mismo mientras cruza, acompañado de miles de personas, una plaza de Osaka que es las más transitada del mundo, donde confluyen seis pasos de peatones que ponen sus semáforos en verde a la vez, para convertir del acto de cruzar la calle en un ballet multitudinario perfectamente sincronizado.

Al contrario que los españoles, los japoneses son gente previsible, estructurada y muy disciplinada. Y eso se nota en cada rincón de su territorio, donde todo está pensado a su medida, sin concesiones al mundo occidental, a pesar de las apariencias. Por ejemplo, en Japón casi nadie habla inglés, ni por supuesto ninguna otra lengua que no sea japonés. Ni siquiera se molestan en facilitar un poco la vida al visitante escribiendo en caracteres latinos los textos más imprescindibles. Hay muchas estaciones de metro en las que nunca sabrás dónde estás, y muchos restaurantes en los que no podrás comer si no entiendes su alfabeto. Ellos no piensan en el turismo, y la verdad es que se ven muy pocos turistas occidentales por sus calles. Calles en las que está prohibido fumar, de la misma manera que ocurre aquí con los edificios públicos. Sólo se puede fumar en algunos puntos señalizados, donde se apiñan los exhaladores de humo, ante la mirada crítica de sus convecinos, muchos de ellos protegidos por mascarillas.

En todas las aceras de la ciudad una línea amarilla, que emerge en relieve del pavimento, indica a los ciegos por dónde deben caminar, por dónde cruzar los semáforos y por dónde deben entrar al metro o a los edificios, en los que una maqueta sonora les indicará también la situación exacta de los ascensores o de las escaleras mecánicas. En el metro, además de los famosos empujadores con guantes blancos, que en las horas punta empujan al personal hacia el interior de los vagones para que las puertas se cierren sin dañar a nadie, podemos ver también vagones de color rosa, exclusivos para mujeres, donde estarán a salvo del posible sobeteo de los varones. Antes muchos las tocaban el culo y ellas, como son muy sumisas, no se atrevían a protestar.

Los taxistas llevan traje y corbata, y la mayoría de las veces guantes blancos. Sus vehículos son amplios, limpísimos y las puertas se abren y se cierran solas cuando te acercas a ellos. Los taxistas japoneses nunca te engañan y no tienes que darles propina. A ellos ni a nadie más en todo Japón. La propina no es una costumbre y, mucho menos, una obligación, lo que uno agradece extraordinariamente. El servicio siempre es rápido e impecable, también en los hoteles y en los restaurantes, donde es frecuente encontrar un timbre en cada mesa para llamar al camarero sin tener que alzar la voz ni hacer gestos con las manos.

También hay modernidad y vanguardismo en la arquitectura, que brilla en todas partes y deslumbra especialmente en la obra de algunos arquitectos como el genial Tadao Ando. Hay que hacer una mención especial a la arquitectura de las tiendas de lujo, un arma de comunicación poderosa que está de moda entre las grandes marcas. Hoy día ya no es New York el gran escaparate del lujo internacional. Tokio es el lugar donde hay que estar para que todos te vean, y las grandes marcas lo saben. Casi todas ellas: Dior, Hermés, Cloé, Tods o Prada tienen sus templos en el barrio de Ginzha, o en el más fashion aún de Omotesando. Las marcas de lujo saben que esos edificios son el emblema de su personalidad, por eso no tienen nada que ver con una tienda convencional. Se trata de auténticas obras de arte de más de diez plantas, donde lo importante no es lo que está dentro, sino la imagen exterior que proyectan al mundo entero. Una imagen que, como en el caso de Dior, podemos ver reproducida en el diseño de sus cientos de tiendas ubicadas en los centros comerciales de todo el mundo. Sin duda, una inteligente estrategia de marketing elaborada por una de las marcas de lujo que mejor ha sabido comercializar su imagen, a través de prendas, complementos, cosméticos o perfumes, a lo largo de los últimos 50 años.

Japón es el lugar que marca la diferencia. El punto de mira que debe guiar en estos momentos la visión de todo aquel que pretenda entender la nueva comunicación del siglo XXI. Un sitio mágico donde se puede descubrir a la vez el secreto de una cultura ancestral, y vislumbrar los misterios de un futuro cercano que muy pronto estará ante nosotros. Disciplina y modernidad son dos características singulares que se encuentran por todas partes. La modernidad está presente en los lugares más íntimos, como en esa mezcla de water y bidet, tan práctico, con sus chorritos de agua dirigidos a los orificios estratégicos. O en la moda rabiosa que llevan esas mujeres bajitas y feas en general, de piernas arqueadas, sin culo ni caderas, pero que se atreven con todo: minis, botas altas, pantalones a media pierna, minipantalones, o pantalones cortos con vuelta. Un auténtico horror que, sin embargo, marca tendencias en todo el mundo, y que pronto veremos ponerse a nuestras mujeres, que sin duda lo lucirán mucho mejor que las japonesas.