¿Buscas tendencias? Vete a Japón

Por Agustín Medina

Confundo a los Gabrieles. No sé si fue Gabriel Celaya o Gabriel Otero el poeta que escribió hace muchos años: “Tenemos que ir a China para orientarnos”. Pero fuese el que fuese resultó ser un prodigio de premonición. El futuro está en oriente y hay que ir hasta allí para orientarse. A China todavía le queda un hervor y, aunque las transformaciones son vertiginosas, harán falta todavía algunos años para poder contemplar el futuro en todo su esplendor. Japón, en cambio, hace ya muchos años que marca la pauta de la modernidad en muchos aspectos.

Estuve en Japón por primera vez en 1991. Fue una rápida visita turística a tres de las ciudades más representativas: Osaka, Kyoto y Tokio, que me deslumbraron cada una en su estilo. Después he vuelto con más calma, visitando las mismas ciudades y unas cuantas más, y viéndolo todo con una mirada más profesional. Buscaba publicidad por mi típica deformación profesional, también buscaba arte por mis clásicas inquietudes en esa área, y buscaba también moda, tiendas de lujo y nuevas tendencias, por mis tareas como asesor estratégico en alguna empresa del sector. Encontré de todo y en abundancia.

Los atascos de tráfico siguen siendo los mismos, especialmente en Tokio, una ciudad sin planificación espacial, donde los edificios se arraciman unos encima de los otros, sin ninguna concesión al orden ni al paisaje. Las autopistas de acceso a la ciudad se superponen las unas a las otras hasta formar avenidas de cuatro pisos abarrotadas de coches sin movimiento. Lo nuestro de las horas punta es un anuncio al lado de esa realidad urbana apabullante. Sin embargo, en medio de ese caos, encuentra uno la armonía de la vida y de la belleza. Eso sí, una armonía distinta a la nuestra, tan especial como el carácter de estos japoneses que nunca te miran de frente, ni sostienen tu mirada.

Nada en la ciudad, ni en las relaciones sociales, está sometido a nuestra geometría unidireccional. Las puertas de los jardines nunca están alineadas con las puertas de las casas. Para acceder al interior de un edificio de arquitectura ultramoderna deberemos dar un rodeo siguiendo los contornos de un estanque. Y para sentarnos a meditar en el jardín zen más antiguo que se conoce, deberemos fijar nuestra mirada en diecisiete piedras asimétricas, que reposan sobre un lecho de arena.

Son raros, sí, estos japoneses. Con esa afición desmesurada por las luces de neón y los karaokes. Las calles comerciales de las grandes ciudades japonesas son una especie de Times Square a lo bestia, donde las gigantescas pantallas de plasma que emiten publicidad sin pausa, compiten con el ruido ensordecedor de los pachinkos, en los que cientos de jugadores celebran la comunión con una máquina infernal que funciona con bolitas de acero. Es como estar dentro de un videojuego donde la música, las imágenes y los decibelios forman parte de un montaje vertiginoso, que aturde nuestros sentidos.

La publicidad lo invade todo. En las calles, en el metro, en los centros comerciales y en el interior de los edificios, cuyos pisos inferiores se entrelazan unos con otros, formando grandes avenidas subterráneas repletas de tiendas, de cafeterías, de restaurantes de comida rápida, y de gente. Miles de personas que caminan deprisa sin mirarse, pero observadas siempre desde los ojos de plasma del Gran Hermano de Orwell, en la versión que Ridley Scott hacía para Apple en el spot de lanzamiento del Macintosh en 1984. O sea, desde las omnipresentes pantallas.

Las pantallas callejeras sirven para todo. Emiten publicidad en spots convencionales, con o sin audio, y muchas veces con banda sonora conectada al bluetooth del teléfono móvil. También sirven para mostrar los videoclips de los cantantes de moda. E incluso ofrecen el espectáculo gratuito de mirarse uno a sí mismo mientras cruza, acompañado de miles de personas, una plaza de Osaka que es las más transitada del mundo, donde confluyen seis pasos de peatones que ponen sus semáforos en verde a la vez, para convertir del acto de cruzar la calle en un ballet multitudinario perfectamente sincronizado.

Al contrario que los españoles, los japoneses son gente previsible, estructurada y muy disciplinada. Y eso se nota en cada rincón de su territorio, donde todo está pensado a su medida, sin concesiones al mundo occidental, a pesar de las apariencias. Por ejemplo, en Japón casi nadie habla inglés, ni por supuesto ninguna otra lengua que no sea japonés. Ni siquiera se molestan en facilitar un poco la vida al visitante escribiendo en caracteres latinos los textos más imprescindibles. Hay muchas estaciones de metro en las que nunca sabrás dónde estás, y muchos restaurantes en los que no podrás comer si no entiendes su alfabeto. Ellos no piensan en el turismo, y la verdad es que se ven muy pocos turistas occidentales por sus calles. Calles en las que está prohibido fumar, de la misma manera que ocurre aquí con los edificios públicos. Sólo se puede fumar en algunos puntos señalizados, donde se apiñan los exhaladores de humo, ante la mirada crítica de sus convecinos, muchos de ellos protegidos por mascarillas.

En todas las aceras de la ciudad una línea amarilla, que emerge en relieve del pavimento, indica a los ciegos por dónde deben caminar, por dónde cruzar los semáforos y por dónde deben entrar al metro o a los edificios, en los que una maqueta sonora les indicará también la situación exacta de los ascensores o de las escaleras mecánicas. En el metro, además de los famosos empujadores con guantes blancos, que en las horas punta empujan al personal hacia el interior de los vagones para que las puertas se cierren sin dañar a nadie, podemos ver también vagones de color rosa, exclusivos para mujeres, donde estarán a salvo del posible sobeteo de los varones. Antes muchos las tocaban el culo y ellas, como son muy sumisas, no se atrevían a protestar.

Los taxistas llevan traje y corbata, y la mayoría de las veces guantes blancos. Sus vehículos son amplios, limpísimos y las puertas se abren y se cierran solas cuando te acercas a ellos. Los taxistas japoneses nunca te engañan y no tienes que darles propina. A ellos ni a nadie más en todo Japón. La propina no es una costumbre y, mucho menos, una obligación, lo que uno agradece extraordinariamente. El servicio siempre es rápido e impecable, también en los hoteles y en los restaurantes, donde es frecuente encontrar un timbre en cada mesa para llamar al camarero sin tener que alzar la voz ni hacer gestos con las manos.

También hay modernidad y vanguardismo en la arquitectura, que brilla en todas partes y deslumbra especialmente en la obra de algunos arquitectos como el genial Tadao Ando. Hay que hacer una mención especial a la arquitectura de las tiendas de lujo, un arma de comunicación poderosa que está de moda entre las grandes marcas. Hoy día ya no es New York el gran escaparate del lujo internacional. Tokio es el lugar donde hay que estar para que todos te vean, y las grandes marcas lo saben. Casi todas ellas: Dior, Hermés, Cloé, Tods o Prada tienen sus templos en el barrio de Ginzha, o en el más fashion aún de Omotesando. Las marcas de lujo saben que esos edificios son el emblema de su personalidad, por eso no tienen nada que ver con una tienda convencional. Se trata de auténticas obras de arte de más de diez plantas, donde lo importante no es lo que está dentro, sino la imagen exterior que proyectan al mundo entero. Una imagen que, como en el caso de Dior, podemos ver reproducida en el diseño de sus cientos de tiendas ubicadas en los centros comerciales de todo el mundo. Sin duda, una inteligente estrategia de marketing elaborada por una de las marcas de lujo que mejor ha sabido comercializar su imagen, a través de prendas, complementos, cosméticos o perfumes, a lo largo de los últimos 50 años.

Japón es el lugar que marca la diferencia. El punto de mira que debe guiar en estos momentos la visión de todo aquel que pretenda entender la nueva comunicación del siglo XXI. Un sitio mágico donde se puede descubrir a la vez el secreto de una cultura ancestral, y vislumbrar los misterios de un futuro cercano que muy pronto estará ante nosotros. Disciplina y modernidad son dos características singulares que se encuentran por todas partes. La modernidad está presente en los lugares más íntimos, como en esa mezcla de water y bidet, tan práctico, con sus chorritos de agua dirigidos a los orificios estratégicos. O en la moda rabiosa que llevan esas mujeres bajitas y feas en general, de piernas arqueadas, sin culo ni caderas, pero que se atreven con todo: minis, botas altas, pantalones a media pierna, minipantalones, o pantalones cortos con vuelta. Un auténtico horror que, sin embargo, marca tendencias en todo el mundo, y que pronto veremos ponerse a nuestras mujeres, que sin duda lo lucirán mucho mejor que las japonesas.

¿Tú también quieres ser creativo?

Por Agustín Medina

Es bastante común entre los estudiantes de Publicidad su interés por dedicarse a la creatividad. Tiene toda la lógica del mundo, porque la creatividad es el eje sobre el que pivota la industria publicitaria y los creativos son las estrellas rutilantes de las agencias.

Sin embargo, aunque yo estoy convencido de que la creatividad es una actitud, una forma distinta de afrontar lo cotidiano y, por tanto, susceptible de ser aprendida mediante entrenamiento, no todo el mundo sirve para ser creativo publicitario. Me explico.

Curiosidad, emoción, apertura, flexibilidad, riesgo e imaginación son las auténticas claves del pensamiento creativo. Y es preciso que una persona que piensa dedicarse a ejercer la profesión de creativo tenga de alguna forma esas claves impresas en su disco duro. Un cerebro abierto a todas las hipótesis y una capacidad de aprendizaje fuera de lo común.

Además, como la publicidad es comunicación comercial dirigida a establecer relaciones profundas y duraderas entre los consumidores y las marcas, es preciso disponer de una formación completa en ese sentido. Y eso es algo que se tiene que aprender previamente en la universidad o en otros centros especializados, antes de incorporarse al ámbito de las agencias.

No basta con ser creativo, hay que aprender también el oficio. Comprender el valor de las estrategias comerciales y el papel que juega la creatividad en los procesos de marketing de las empresas.

Aunque el nacimiento y desarrollo de las ideas se produce siguiendo los mismos esquemas en todos aquellos que las producen, sean músicos, poetas, pintores, científicos o publicitarios, en estos últimos su rol en el desarrollo de las campañas requiere una especialización añadida. Redactores o Directores de Arte son algunos de los puestos concretos de un creativo en una agencia de publicidad y a ellos, además de creatividad se les exige una habilidad en cada una de sus respectivas áreas.

Un Redactor debe conocer bien el idioma y sus estructuras gramaticales. Debe tener soltura para trasladar a palabras concretas los conceptos abstractos. Y de igual manera, un Director de Arte debe tener una formación gráfica, un criterio de diseño, una sensibilidad especial para las tipografías, los colores y los espacios.Si alguien que quiere ser creativo publicitario reúne estas condiciones estará listo para iniciar su carrera profesional.

Todas las agencias del mundo están ávidas de conseguir talento. Ése es el secreto de su negocio, el ingrediente que les dará el éxito. Por eso, cuando descubren en alguien esa cualidad no le dejarán escapar y le abrirán todas sus puertas. Las puertas de una profesión apasionante como ninguna, que puede proporcionar al creativo publicitario las experiencias más gratificantes.

Engagement Marketing

En ese proceso del Marketing Mix, que consiste en investigar las necesidades de los consumidores, para fabricarle después los productos a su medida, dárselos a conocer a través de la publicidad, y hacérselos llegar a través de las diferentes cadenas de distribución, han surgido multitud de nuevos factores que hacen obligada la revisión de todo el proceso.

Desde que Rosser Reeves, CEO de la agencia americana Ted Bates en la década de los 50, desarrollara su famosa filosofía creativa USP (Unique Selling Proposition), en la que proponía la ventaja diferencial del producto como único argumento de venta, han ocurrido algunas cosas importantes en el mundo de la publicidad. En primer lugar hay que señalar la transformación de los productos en marcas, toda una revolución en la oferta a los consumidores, que está afectando de manera trascendental a las relaciones entre la empresa y sus clientes. Un cambio que tiene mucho que ver con el avance de las tecnologías que ha eliminado prácticamente las diferencias entre los distintos productos competitivos, destruyendo por completo las tesis de Rosser Reeves basadas precisamente en las diferencias competitivas de los productos y servicios.

Hoy día cualquier avance tecnológico, cualquier diferencia física, es barrida en muy poco tiempo por la competencia, haciendo que no sea posible basar la comunicación en la ventaja diferencial que convertía a un producto en único y distinto a todos los demás de su categoría.Los productos han dejado de ser atractivos per se y han debido refugiarse en los valores de las marcas que los amparan. Hoy día los consumidores compran marcas en lugar de productos y eso ha revolucionado los contenidos de la comunicación publicitaria. Desde el famoso Marlboro Friday, que tuvo lugar el 2 de abril de 1993, y que llegó a conocerse como el día que murieron las marcas, la verdad es que las marcas empezaron a estar más vivas que nunca.

Muchas compañías decidieron entonces invertir en promoción en vez de hacerlo en imagen, buscando los beneficios a corto plazo mejor que una imagen de marca potente y duradera. En ese momento, la inversión mundial en comunicación era de un 70% en publicidad convencional y un 30% en promoción pura y dura. Diez años después, esa corriente cortoplazista llegó a invertir la situación, destinando el 70% a promoción y sólo un 30% a la imagen de marca. Sin embargo, otras marcas como Starbucks, Nike, Apple, The Body Shop o Calvin Klein, decidieron apostar fuerte manteniendo sus precios y sus inversiones en imagen. Ellos creían en la marca, y con el tiempo demostraron al mundo que el éxito y el futuro eran suyos. Hoy día, casi nadie discute que una marca es mil veces más importante que los productos que representa. Y que si tienes una buena marca, puedes vender con ella cualquier tipo de productos.

La segunda revolución tuvo que ver con los contenidos. Los productos y sus diferencias requerían de una publicidad informativa que desarrollara ante el consumidor todas las ventajas diferenciales del producto. El producto era el héroe de la comunicación que, generalmente, se basaba en el típico esquema “problema-producto-solución”. Pero en los años 70 y 80, con el auge imparable de la televisión, la demanda de espectáculo publicitario para competir con los contenidos del medio obligó a la publicidad a seducir a sus destinatarios. La información pura y dura dio paso a la seducción, y ésta tuvo tanto éxito que los telespectadores llegaron a decir que los anuncios eran lo más atractivo de la programación televisiva.

Más tarde, en la década de los 90, cuando el consumidor dejó de asombrarse ante el espectáculo de los anuncios, hubo que profundizar en los sentimientos, elaborando una publicidad que conectara emocionalmente con los consumidores, consiguiendo establecer una corriente de empatía entre éstos y las marcas. Ya no importaba hablar de las ventajas del producto. Ahora era la marca la que tenía que establecer una relación poderosa con sus clientes. Y si lo lograba, éstos estaban dispuestos a comprar cualquier cosa que la marca les ofreciera. El compromiso llega a ser tan fuerte que los usuarios de las marcas no tienen ningún problema en exhibirlas sobre su propio cuerpo. Chanel, Dolce & Gabana o Armani estampan sus logotipos sobre las prendas que lucen con orgullo sus clientes. Y algunos de ellos, como en el caso de Nike, llegan al extremo de tatuarse su famoso símbolo en la piel. Según refiere Naomi Klein en su libro “No logo” la mayoría de los empleados de Nike en Estados Unidos lo hacen, y en las tiendas de tatuajes americanas el logo de Nike es más demandado que los delfines o las rosas negras.

El tercer elemento que ha revolucionado las comunicaciones publicitarias tiene que ver mucho más con la evolución de las tecnologías de la imagen. Sin duda el elemento visual es el que predomina en las relaciones entre los clientes y las marcas. Así ha sido desde finales del siglo XIX, cuando las primeras marcas de la publicidad moderna, como Coca Cola o Vin Mariani, irrumpen en los medios impresos adornando el texto de los anuncios con atractivas y sugerentes ilustraciones. Años más tarde, serían el cine y la televisión los soportes protagonistas de las más brillantes estrategias publicitarias. Y en la actualidad, el ordenador, el teléfono móvil y las consolas de videojuegos se han sumado a este festival de pantallas que, junto con las pantallas de plasma que inundan ya ciudades como Tokio y que muy pronto lo harán en el resto del mundo, están ofreciendo tanto al emisor como al receptor de la comunicación un universo nuevo de posibilidades infinitas.

A todo esto hay que sumar las posibilidades de comunicación interactiva que ofrece Internet en su versión 2.0 y las que traerá consigo la versión 3.0, cuya explosión algunos vaticinan para el año 2015. Una red que dejará de ser “virtual” para acercarse a una “realidad” compartida a través de microprocesadores, sensores y aplicaciones que permitirán interactuar con lo concreto y material. En todo eso consiste el “Engagement Marketing”, un nuevo modelo que significa un compromiso con el consumidor. Un adiós a los viejos tiempos en que la publicidad “interrumpía” el ocio del consumidor para imponer su mensaje. Ahora es el consumidor quien elige cómo, cuándo y dónde, en un ejercicio de libertad como no se había conocido nunca en nuestra historia.

El dia que murieron las marcas

Anuncio del Caw Boy de  Marlboro

Por Agustín Medina

Algunos pioneros del low cost, herederos directos de las marcas blancas, invadieron en los primeros años de la década de los noventa el sector del tabaco en los Estados Unidos. Nuevas marcas de cigarrillos baratos inundaban los puntos de venta y amenazaban el market share de las marcas tradicionales. Philips Morris, productora de Marlboro, la marca líder del sector, se estaba poniendo muy nerviosa. Su buque insignia estaba siendo torpedeado sin piedad en plena línea de flotación. Sus ventas se veían afectadas negativamente por aquellos intrusos sin imagen, que esgrimían como única bandera su bajo precio. Todavía no era dramática la situación, apenas unas décimas de punto de participación perdidas, pero los ejecutivos de la compañía temblaban ante la perspectiva de que aquello sólo fuese el primer síntoma de una catástrofe. Nunca antes había ocurrido nada parecido y nadie sabía hasta dónde podían llegar aquellos advenedizos.

Ellos no tenían costes de publicidad, no estaban interesados en crear una marca ni una imagen a largo plazo, y eso les permitía rebajar el precio sin deteriorar su imagen y manteniendo sus márgenes de beneficio. Además, en un producto como el tabaco, donde el consumidor no puede percibir claras las diferencias entre los competidores, esa rebaja de precio podía resultar mortífera.Cuando las décimas de punto llegaron a ser un punto completo de descenso en el porcentaje de participación de Marlboro en el mercado, los hombres de Philips Morris ya no pudieron resistir más. Había que competir con las mismas armas que sus oponentes. Si el juego era bajar los precios, ellos también lo harían, arriesgando una parte de su margen para mantener intacto su volumen de ventas. Y bajaron el precio de Marlboro nada menos que un 20%. Una oferta irresistible para los consumidores y un órdago para las marcas recién llegadas.

Lo que no previeron los ejecutivos era el efecto que aquella bajada de precios iba a tener en las cotizaciones de la empresa Philips Morris en la bolsa de Nueva York. Una bolsa que, como todas las demás, se mueve a golpes de intuición, de rumores y de sensibilidades extremas ante cualquier cambio empresarial. En este caso, los brokers de Nueva York, interpretaron que una marca tan fuerte como Marlboro, que desde hacía 40 años llevaba invirtiendo cientos de millones de dólares en sus campañas publicitarias del famoso cow boy, construyendo una teórica imagen sólida a prueba de cualquier eventualidad, si una marca como esa tenía que bajar los precios para poder competir con el primer recién llegado sin una marca reconocida, es que las marcas no servían para nada. O sea, que las marcas estaban muertas, y que por lo tanto las empresas que las poseían no tenían ni de lejos el valor que hasta entonces les venían atribuyendo.

El viernes 2 de abril de 1993 pasaría a la historia de los viernes negros de la bolsa neoyorkina con el nombre de Marlboro Friday, el día que murieron las marcas. Ese día no sólo se derrumbaron las cotizaciones de Philips Morris, sino que detrás de ellas cayeron también las acciones de algunas compañías destacadas por sus marcas, como Coca Cola, Pepsi Cola, Procter & Gamble, Nabisco o Heinz entre otras. Muchos directores de marketing interpretaron la caída de la bolsa como una señal para retirar sus campañas publicitarias de imagen y reforzar todas aquellas acciones de promoción, encaminadas a conseguir beneficios a corto plazo.

Y también a partir de aquel momento, muchas escuelas de negocios empezaron a formar a las nuevas generaciones de empresarios en la filosofía de los recortes de gastos en comunicación de imagen y de la rentabilidad a corto plazo. No es casualidad que la proporción de la inversión total entre el above y el below the line, que en 1993 era del 70% y el 30% respectivamente, pasara en sólo 10 años a invertir por completo los porcentajes.

Sin embargo, algunas empresas que iniciaban su desarrollo en esos años no quisieron entrar en esa dinámica catastrofista y continuaron apostando fuertemente por la marca a pesar de todo. Marcas como Apple, Nike, The Body Shop, Starbucks o Calvin Klein decidieron hacer caso omiso a los agoreros y poco a poco fueron demostrando que llevaban razón y que el éxito y el futuro eran suyos. La propia Philips Morris, pasados los primeros momentos de desconcierto, dio atrás sobre sus propios pasos y volvió a subir los precios de Marlboro.

En 1995, dos años después del fatídico Marlboro Friday, la marca no sólo había recuperado su participación, sino que había aumentado un 9% su cuota, pasando del 22% al 31%, y demostrando de esta manera que su marca, construida con la inversión publicitaria de muchos años, era capaz de resistir por sí sola los más duros embates de la competencia de precios.

La marca y la imagen de marca

Por Agustín Medina

La imagen de las cosas es siempre más importante que las cosas mismas. Y en el contexto de los productos y las marcas, éstas serían la imagen de las cosas y los productos serían las cosas mismas. Hoy día no cabe ninguna duda sobre la importancia de unas y de otros. En el primer párrafo de su magnífico libro “No logo” Naomi Klein lo deja muy claro: “Es legítimo decir que el astronómico crecimiento de la riqueza y de la influencia cultural de las empresas multinacionales, que se ha producido durante los últimos 15 años, tiene su origen en una idea única y al parecer inofensiva: que las empresas de éxito deben producir ante todo marcas y no productos”.

Las marcas son poderosas porque son pura imagen y la imagen es casi lo único que cuenta en todos los ámbitos de nuestras vidas. Nos enamoramos de las actrices o de los actores por los papeles que interpretan y nos horroriza descubrir que Rock Hudson, el símbolo de la masculinidad en los años 60 y 70, en realidad era homosexual, o que la chispeante y atractiva Marilyn Monroe era en realidad una mujer muy desgraciada. Todo el mundo está de acuerdo en que Picasso era un genio, pero la mayoría de la gente no entiende ni le gusta su pintura. Y estamos convencidos de que todos los escoceses son tacaños, los japoneses disciplinados y los alemanes cabezas cuadradas, porque ésa es la imagen que tenemos de ellos.

Casi siempre nos fiamos más de las imágenes que de la propia realidad cuando la vemos de cerca. La razón de ser de este poderío de la imagen está en que nuestra memoria no necesita guardar información detallada de cada recuerdo, sino que nos basta con unas mínimas claves para componer el recuerdo completo. Sgeun un etsduio de una uinversdiad ignlsea, no ipmotra el odren en uqe las ltears están ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera etsen escritas en la psiocion cocrrtea. Esto significa que cuando vemos un coche con la marca BMW o Mercedes, por ejemplo, no necesitamos conocer con detalle sus características técnicas para asumir que se trata de un coche de calidad, al que atribuimos toda la imagen positiva que tenemos de esas marcas. Tampoco necesitamos más datos que unos breves acrónimos para saber que MNG significa Mango, D&G Dolce y Gabbana o CKNY Calvin Klein New York. También en un simple trazo identificamos la marca Nike y reconocemos en ella los mejores valores del espíritu deportivo.

La forma en que percibimos las imágenes es muy importante porque la imagen es la esencia de las marcas, o lo que es lo mismo, la única realidad importante de las empresas. Un industrial americano dejó escrito a principios del siglo XX:“Si tuviese que elegir entre perder mis fábricas o perder la reputación de mis productos, ganada con la publicidad de los últimos veinte años, no lo dudaría. Que destruyeran las fábricas. Porque en noventa días se pueden construir fábricas nuevas, pero no hay capital capaz de hacer lo mismo con la imagen de mis productos, ni capaz de recuperar veinte años de buena publicidad”.

Hoy día esas palabras son más verdaderas que nunca. Sin duda alguna el mayor patrimonio de una empresa son sus marcas. Las empresas no son más que un ente abstracto que se concreta en los productos que fabrican o en los servicios que prestan. Y éstos a su vez se concretan en las marcas que los representan; de manera que lo más intangible del patrimonio de las empresas es en realidad lo único verdaderamente tangible.

Ahora o nunca

Por Agustín Medina

En la anterior crisis, la de 2003, cerraron en España más de 700 agencias de publicidad. A partir de 2005, cuando el mercado repuntó, se abrieron 500 agencias nuevas. Algunas de esas nuevas agencias ocupan hoy día los primeros lugares del ranking de creatividad y notoriedad del sector. No es una causalidad. Se trata simplemente del viejo axioma de la evolución de las especies. Cuando hay cambio hay evolución. Y sólo se evoluciona de verdad con los grandes cambios, los que ponen patas arriba todo lo establecido y obligan a construir todo de nuevo. 

Parece que ahora asistimos de nuevo a uno de esos momentos críticos en que los cimientos de lo establecido amenazan con ruina. Se mire por donde se mire, esta profesión nuestra está llena de miserias y desconcierto. Los clientes no confían ya en las agencias como lo hacían antes. Ahora no respetan su capacidad estratégica, su conocimiento de los medios, su intuición para abrir caminos, su capacidad como visionarios del marketing. Ya sólo les demandan una creatividad superficial que adorne los objetivos estratégicos que otros han hecho por ellos. Y, por supuesto, no les quieren pagar por lo que no hacen, ni están dispuestos a pagar demasiado por lo que hacen.

Las agencias, por su parte, se conforman con hacer y cobrar cada día menos. Tampoco acaban de entender muy bien todos los males que en los últimos diez años se les han ido viniendo encima. Esa revolución tecnológica que está dejando fuera de juego a sus mejores jugadores de antaño, sin atreverse a dejar paso a nuevos fichajes, porque tampoco están muy seguros de cuáles serían los cambios que hay que realizar. No quieren perder el partido, pero el caso es que lo van perdiendo por goleada porque no acaban de entender las nuevas reglas de juego. Los especialistas en nuevas tecnologías no siempre entienden de comunicación publicitaria. Y difícilmente lo van a aprender en sus agencias especializadas. Tampoco en las agencias convencionales se aprende hoy día mucho de comunicación publicitaria, porque la estrategia y el marketing han huido de las agencias para refugiarse en los cuarteles de invierno de los anunciantes. Además, las precarias remuneraciones han terminado hace tiempo con los trainings en Estados Unidos y la formación interna de calidad.

Afortunadamente, en estos momentos tan aciagos, llegó de nuevo la crisis para dar una nueva oportunidad a los más valientes. Mi consejo es que os atreváis a olvidaros del pasado, a romperlo todo, a meter la excavadora en las ruinas y hacer un hueco para establecer los nuevos cimientos. Atreveos a construir una nueva oferta más brillante, más rompedora, más actual. El mercado lo demanda a gritos y los anunciantes acogerán con júbilo todo aquello que les facilite la vida, que les evite dialogar con varios interlocutores para tratar el mismo problema. Acogerán con entusiasmo nuevos conceptos estratégicos y creativos para moverse con soltura en el nuevo panorama de los medios, sin ataduras a los viejos esquemas tan repetidos.

Demostradles que sois diferentes y cobrad muy bien por ello. No volváis a cometer el error de ligar vuestra remuneración a la difusión en medios. Cobrad por las estrategias y por las ideas, y cobrad muy caro porque eso sigue siendo lo más valioso que pueden comprar los anunciantes con su dinero. Y de ello depende la supervivencia de sus marcas, que es lo mismo que decir la supervivencia de sus empresas.Es hora de hacer la revolución, de cambiarlo todo para que se note de verdad que estamos en el siglo veintiuno. Ahora o nunca.

 

Historia de mi Banda (Capítulo primero)

Los de La Banda estamos aquí

Un grupo de homosexuales celebraba una fiesta —creo que el cumpleaños de uno de ellos— en un ático de Nueva York. Cada personaje era protagonista de un drama personal relacionado con el modo en que afrontaba su propia homosexualidad. Eran Los chicos de la bandael título de una película basada en una obra teatral de éxito. Creo que se estrenó en España a finales de los setenta, y sin duda en esos momentos era una obra de culto para miles de homosexuales españoles que por esas fechas todavía andaban ocultos en sus armarios.

La verdad es que nunca pensé en Los chicos de la banda cuando decidí llamar La Banda de Agustín Medina a mi agencia. Y mucho menos cuando, en el mes de febrero de 1981, envié el primer mailing a mis posibles clientes con el titular “Los de La Banda estamos aquí”. Pero lo cierto es que toda una cadena de asociación de ideas funcionó como una tormenta creativa en el cerebro de un director de marketing homosexual, impulsándole a contactar sin demora con aquella agencia, cuyos inequívocos guiños le sugerían complicidades y expectativas de lo más interesante.

Cuando nuestro primer cliente llamó a la puerta de la planta 13 del número 4 de la calle Orense de Madrid, le abrió Antonio Vilar; un joven redactor de metro ochenta y cinco, moreno y atlético, con una camisa blanca cuyos tres primeros botones desabrochados mostraban un torso de película; no en vano Antonio era hijo del famoso actor portugués del mismo nombre, que hacía de Cristóbal Colón en Alba de Américade Juan de Orduña, allá por los años cincuenta. Todo un galán que dejó huella imborrable en los corazones de millones de españolas de la posguerra. Cuando aquel director de marketing vio a Antonio Vilar, no tuvo la menor duda de que sus expectativas eran totalmente fundadas y de que La Banda estaba predestinada a ser su nueva agencia.

Ya teníamos el primer cliente. El mailing “Los de La Banda estamos aquí” había cumplido su objetivo. Debajo del titular yo había hecho toda una declaración de principios: “Venimos a romper la monotonía de un mercado que tiende peligrosamente al conservadurismo. Venimos a crear y consolidar un estilo español de hacer las cosas con internacionalidad. Venimos a contribuir a que la década de los ochenta sea la década más creativa de la publicidad española”. Esa declaración de principios fue toda una premonición, porque los ochenta serían los años más brillantes de la historia de la publicidad española, y La Banda, una de las pocas agencias independientes del mercado y la única dirigida por personas con experiencia multinacional, sería una de las principales protagonistas.

Pero estamos abriendo la puerta de la agencia a nuestro primer cliente y detrás de Antonio Vilar, en el interior de la empresa, sólo estamos Nines, la recepcionista-secretaria-chica para todo y yo. Ésa es toda la banda. Y aún estaba sobredimensionada la plantilla, porque mi intención había sido empezar yo solo con Nines —mi secretaria en Foote, Cone & Belding (FCB)— como único apoyo logístico. Sin embargo, a última hora no tuve más remedio que con- tratar a Antonio. Él era un redactor deshauciado cuando yo entré en FCB como Director Creativo. Formaba equipo con un viejo Director de Arte, al borde de la jubilación, que le menospreciaba por joven e inexperto, y le puteaba constantemente ninguneando sus ideas. Nadie en la agencia daba un duro por él, pero yo tuve la “genial” idea de romper el esquema de equipos creativos tradicionales en la agencia. Mi experiencia en los últimos años me decía que para hacer spots de televisión, que era el 90% de nuestro trabajo en 1978, sólo necesitaba buenos redactores. Pensaba que, prescindiendo de la nómina de los directores de arte de la agencia, podía comprar free lance la mejor dirección de arte del mercado para el 10% del trabajo restante y aún me sobraba dinero. El experimento duró casi un par de años y funcionó bastante bien, pero sobre todo fue una bendición para Antonio Vilar, que se liberó de su desagradable compañero y dejó explotar su creatividad sorprendiendo a todos.

Antonio era un buen redactor, con muy buenas ideas y mucha falta de oficio. Tenía, eso sí, algunos defectos que en una gran agencia pasaban más desapercibidos, pero que se pondrían de manifiesto en La Banda en todo su esplendor. Pero, de momento, era un buen redactor y un gran creador de diálogos. Y me adoraba. Realmente me tenía en un altar. Yo era su libertador, su descubridor y su maestro. Cuando dimití en FCB, él presentó su dimisión inmediatamente después; aunque traté de persuadirle, porque yo no sabía cuál iba a ser mi próximo destino y mucho menos si podría contar con él en mi nuevo puesto, no hubo manera de convencerle. Así que, cuando finalmente decidí montar La Banda, no tuve más remedio que premiar su fidelidad llevándole conmigo.

El nacimiento de La Banda fue consecuencia de un cúmulo de casualidades, porque, hasta un par de meses antes de abrir las puertas, yo nunca había pensado en montar una agencia. Mi situación en 1980 era inmejorable y cumplía con creces todas mis expectativas. Tenía 33 años, era Director Creativo Ejecutivo de una gran multinacional, Foote, Cone & Belding, que en aquel momento era la quinta agencia en los Estados Unidos y la novena en el mundo. En junio de ese año, fui por primera vez jurado, representando a España, en el Festival de Cannes. Y en septiembre me acababan de nombrar Vicepresidente Internacional de la Compañía. En Europa, sólo había dos Vicepresidentes Internacionales, uno en Londres y otro, que era yo, en Madrid: el más joven de los quince vicepresidentes que había en el mundo. O sea, que era el niño mimado de FCB, señalado por todos para ser una pieza importante en el escalafón de poder de la Compañía. De momento, ya estaban pensando en mí para sustituir a Len Sugarman, como Director Creativo en Londres; con responsabilidades sobre la creatividad de todas las oficinas en Europa. Len era el otro Vicepresidente europeo y acababa de ser trasladado a Nueva York.

Las perspectivas más cercanas pasaban por hacerme cargo de la Dirección Creativa Europea, con sede en Londres, que era la oficina más importante de FCB en Europa. Todavía recuerdo con estupor una visita a FCB Londres, en la que me presentaron a algunos de los 52 equipos creativos que trabajaban allí a las órdenes de Len Sugarman. Más de 100 personas, entre Redactores y Directores de Arte, que sometían cada día su trabajo al criterio de un solo hombre. Aquello sí que era poder. Y además en Londres, la meca de la creatividad mundial. No puedo negar que el trabajo era de lo más atractivo, pero yo era un tipo con las ideas muy claras. A mí me gusta vivir en España y, si es posible, mejor en Madrid que en ninguna otra parte. Además, después de 20 años trabajando en multinacionales —desde los 13 años— no tenía ningún interés en hacer la carrera internacional. O sea, tres años en cada ciudad, para terminar en la gran central de Nueva York o, en el caso de FCB, en Chicago, que es la ciudad madre de esta Compañía.

Los americanos sueñan con hacer este circuito: Ejecutivo senior en Nueva York; Director de Servicios al Cliente en algún país de Sudamérica; Subdirector General en Londres, Frankfurt o Milán; Director General en España y, finalmente, Vicepresidente en Estados Unidos. Con un poco de suerte puedes llegar a Presidente mundial y esperar a que el Consejo de Administración se canse de ti y te jubilen con una pensión de oro antes de los 60.

Pero mi plan no era ese. Yo había hecho constar en mi contrato que sólo prestaría mis servicios en las oficinas de Madrid y que cualquier cambio debería contar con mi consentimiento expreso. Esa cláusula de mi contrato no les gustaba mucho a los americanos, que no acababan de entender que alguien rechazara de antemano cualquier posible promoción y, sobre todo, despreciara la oportunidad de culminar su carrera con un puesto importante en los Estados Unidos de América.

Así eran las cosas; por lo que, cuando me propusieron el traslado a Londres, yo tuve muy claro que, si lo rechazaba, estaba tocando el techo de mi posición en España y tirando por la borda mi futuro en la compañía. Por otra parte, Antonio Beja, que era el Presidente de FCB en España, iba a ser trasladado a Chicago como Vicepresidente Ejecutivo, con responsabilidad directa sobre Latinoamérica, Oriente Medio y Australia. Él, que era un fanático de la multinacionalidad, estaba encantado con su promoción y loco por abandonar la empresa española, pues, tras la fusión con Arce & Potti, estaba sumida en un pequeño caos político, alimentado por una lucha de poder entre Roberto Arce y su gente, la antigua Arce & Potti, y el personal procedente de FCB.

A principios de 1980 se había llevado a cabo una fusión entre FCB y Arce & Potti, como consecuencia de la compra por parte de FCB del 100% de las acciones de Arce & Potti. Pero Roberto Arce, Presidente de Arce & Potti, había jugado muy bien sus bazas, consiguiendo, entre otras cosas, que el nombre de la nueva compañía fuera Arce FCB y que el personal de ambas agencias se instalara en las magníficas oficinas que Arce & Potti tenía en la calle Costa Brava número 13, de la Urbanización Mirasierra. Todo el aspecto exterior de la operación daba a entender que era Arce quien absorbía a FCB, cuando lo que había ocurrido en realidad era exactamente lo contrario. Y eso agravaba aún más las circunstancias, ya de por sí complicadas, que acompañan a cualquier fusión de dos com- pañías en el mundo publicitario.

Yo había sido el único Consejero de FCB que se había opuesto a la fusión, por considerar que la imagen de Arce & Potti no aportaba nada a la brillante posición en el mercado de FCB. Más bien su imagen de agencia antigua perjudicaba nuestra imagen. Además, la personalidad dominante de Roberto Arce podía ser una fuente inagotable de problemas para todos nosotros. Pero todos los demás consejeros estaban a favor de la fusión. Antonio Beja, Javier Suso y Faustino García estaban convencidos de que las dos agencias juntas iban a ocupar uno de los primeros lugares del ranking español, y eso significaba beneficios económicos y nuevas posibilidades de negocio. Yo, sin embargo, estaba convencido de que dos culturas de em- presa tan dispares iban a ser como agua y aceite, imposibles de unirse en un solo proyecto común, con el agravante de una lucha por el poder que acabaría destrozando cualquier posibilidad de proyecto conjunto. Y el tiempo demostró que no estaba equivocado. No obstante, acepté la fusión y puse mi firma en el documento que la haría factible.

Cuando todavía éramos dos agencias separadas, Roberto Arce me invitó a comer en el antiguo restaurante Charlot, que estaba en la calle de Serrano. Él sabía que yo era el único Consejero de FCB que se oponía a la fusión y estaba decidido a hacerme cambiar de opinión en aquel almuerzo. Roberto era un gran comunicador. El autor de campañas brillantes que forman parte de la memoria colectiva de todos los españoles mayores de cuarenta años. “Papá, ven en tren” para RENFE, o “Con Iberia ya habría llegado” son algunos de sus eslóganes más famosos. Un gran comunicador y un hombre muy inteligente y carismático. No tuve ocasión de compartir con él demasiado tiempo, pero me han quedado grabados de por vida algunos de sus pensamientos. Por ejemplo, le oí decir que la profesión de publicitario era muy dura y que había que estar nadando siempre contra corriente. Peor aún, se trataba de mantenerse a flote en el remolino que se produce en una taza de water cuando se tira de la cadena. Si noeres el mejor nadador, es imposible resistir la fuerza de la espiral que te arrastra hacia el fondo de la taza. Y, aunque seas el mejor nadador, no puedes dejar de nadar ni un solo instante si no quieres precipi- tarte en el flujo irresistible de la corriente descendente.

Roberto Arce, con su tremendo poder de convicción, estaba dispuesto no sólo a convencerme, sino a seducirme haciendo gala de una tremenda franqueza. Yo era un chaval de 33 años y él era un hombre sabio de 60. Y fue tan fácil como engañar a un niño. Simplemente me habló de su vida como publicitario de éxito, que a los 60 años lo ha conseguido casi todo: fama, dinero, premios, honores de todo tipo… Sólo una cosa le quedaba por hacer: dejar a sus hijos en herencia el fruto de tantos años de trabajo. Y que ese fruto no fuera la carga de una agencia decadente que moriría con él, sino las acciones lustrosas de una potente multinacional que sin duda iba a sobrevivirle muchos años. Sobre todo, teniendo en cuenta que esa multinacional estaba, e iba a seguir estando, dirigida por gente tan brillante como yo, entre otros. Él, después de sesenta años de gloria, sólo quería un puesto honorífico en la nueva agencia. Un cargo de representación que le permitiera seguir activo sólo en el plano institucional, optando a ser presidente de la International Advetising Asociation (IAA) en España y poder pasar el rato dando charlas en las oficinas de FCB en Latinoamérica.

Y me lo creí. La verdad es que me pareció un plan perfecto para la hora de mi retiro. Yo, que empecé a trabajar a los 13 años, llevaba veinte en activo y, si llegaba a los 60 años, llevaría cuarenta y siete tra- bajando en publicidad. Demasiados años para aspirar a otra cosa que a un buen retiro como presidente de la IAA y conferenciante en Latinoamérica. Así que comprendí muy bien a Roberto Arce y, aunque la fusión con Arce & Potti no me parecía lo más interesante para el futuro de FCB, no quise ser el aguafiestas que no sólo estropeaba los planes de aquel hombre, sino también los de todos mis compañeros consejeros de la compañía, y firmé los papeles de la fusión.

No puedo decir que aquella fusión fuese funesta para mí, ya que fue el detonante principal que dio origen a La Banda; pero sí resultó una catástrofe para el futuro de la entonces brillante FCB y para casi todos los que allí trabajábamos. Como ya he mencionado, Roberto Arce consiguió que FCB dejara las oficinas de Serrano, 23 y trasladara a todo el personal a las oficinas de Arce & Potti en la colonia de Mirasierra. También consiguió que la nueva agencia se llamara Arce FCB. Si se unen estos dos factores, es fácil entender que el mercado publicitario hiciera una lectura falsa de la operación. Se pensaba que, en la fusión de las dos compañías, era Arce & Potti quien predominaba y Roberto Arce quien asumía el máximo poder. Aunque en realidad se trataba de una compra pura y dura por parte de FCB del 100% de las acciones de Arce & Potti, y Roberto Arce asumía un cargo honorario como Presidente del Consejo de Administración, sin ningún poder ejecutivo sobre la compañía resultante de la fusión.

No sólo el mercado entendió mal la operación, sino que el propio personal de las dos agencias tenía serias dudas sobre quién detentaba realmente el poder en la empresa. Roberto Arce jugaba a la ceremonia de la confusión, y Antonio Beja tenía sus ojos más puestos en Chicago que en Madrid. Por otra parte, para sustituir a Antonio Beja en la Dirección General se había descartado a Faustino García —que era quizá el más cualificado—, porque no hablaba muy bien inglés, y se había nombrado sucesor a Pedro Llop, con el que la mayoría del personal no estaba de acuerdo, porque hablaba un inglés de Oxford. Sin embargo, el recambio de Director General no se iba a producir hasta enero de 1981, después de la partida de Antonio Beja a Chicago.

La situación era caótica. Había un Director General, Antonio Beja, que ya no ejercía como tal. Otro Director General, Pedro Llop, que no podía ejercer hasta varios meses después y que, ante la reacción negativa del personal a su nombramiento y la presencia imponente de un Roberto Arce cada vez más crecido, se iba asustando por momentos. Y, finalmente, un Director Creativo Ejecutivo y Vicepresidente Internacional, yo mismo, presionado para aceptar un puesto en Londres, que cada vez tenía más claro que debía finalizar su ciclo pro- fesional en esa compañía. Creo que todo el personal percibía la marejada y el ambiente en la agencia se hacía cada vez más irrespirable. Yo tenía una oferta de J. Walter Thompson, que en esos momentos era la primera agencia del país, y, aunque aún no había cerrado ningún compromiso, con esa buena perspectiva en el horizonte, decidí presentar mi dimisión en FCB. Lo hice a primeros de noviembre de 1980, a través de dos cartas simultáneas: una dirigida a Antonio Beja y la otra al Presidente Europeo de la compañía, cuyo cuartel general estaba situado en Frankfurt. Lo hice así porque no me fiaba de Antonio Beja. Era evidente que a él no le interesaba nada que yo dimitiera en aque- llos momentos, con una agencia convulsa y a pocos días vista de su traslado a Chicago. Yo quería que mi dimisión fuese irreversible y que Antonio —experto en todo tipo de manipulaciones y dilaciones— no pudiera manipular la situación ni dilatar mi salida.

Naturalmente, a Antonio le molestó mucho que en Frankfurt tuvieran noticia al mismo tiempo que él de mi intención de abandonar la agencia, porque eso podía retrasar su promoción de Chicago. Pero yo llevaba un par de meses advirtiéndole de que no iba a consentir que se marchara a Chicago sin dejar resuelto el tema de su sucesión, y frenando de una vez por todas los impulsos de poder de Roberto Arce que, ante su pasividad, se iban reforzando día a día. Antonio siempre daba buenas palabras, pero no actuaba nunca. Se negaba a re- nunciar a la Dirección General a favor de Pedro Llop, reforzando así la posición de éste y ayudándole a consolidar su liderazgo antes de su marcha. No tenía pues el menor interés en enfrentarse con Roberto Arce que, cada vez más, actuaba como si fuera el Presidente Ejecutivo de la agencia. Así que no tuvo más remedio que afrontar el tema de mi dimisión como un hecho consumado.

El Presidente Europeo y el Director Financiero Internacional se pre- sentaron en Madrid 48 horas después de recibir mi carta de dimisión. Entre ellos y Antonio Beja intentaron por todos los medios hacerme camibar de idea. Para colmo, Javier Suso (Director de Medios) y Faustino García (Director de Servicios a Clientes), y ambos miembros también del Consejo de Administración de la agencia, presentaron su dimisión detrás de mí. Pedro Llop, por su parte, manifestó que no estaba dispuesto a asumir la Dirección General si no podía contar conmigo en la Dirección Creativa. El tema se puso tan grave que llegó a venir a Madrid el Presidente Mundial de la compañía. Con él mantuvimos diversas reuniones, alguna de ellas muy violentas, ya que se llegaron a efectuar careos entre los dimi- sionados y Roberto Arce, en una maniobra de Antonio Beja para hacer parecer a éste el único culpable de la situación.

Tengo que decir en honor a Roberto Arce que, aunque la creativi- dad era su parcela favorita del trabajo en la agencia, jamás tuve un roce con él, ni personal ni profesional. Nunca se metió en medio entre mis creativos y yo, ni emitió opiniones negativas sobre nuestro trabajo. Probablemente el creativo fue el único departamento de la agencia en el que no intentó ejercer ningún poder. Esto siempre lo he atribuido a que me gané su respeto en aquella comida de Charlot con mi actitud de ceder en mi oposición a la fusión, después de es- cuchar sus, para mí, muy convincentes argumentos. El caso es que nuestra relación profesional siempre fue de mutuo respeto, y así se lo manifesté al Presidente Mundial de FCB delante de Antonio Beja y dejando claro que sólo Antonio, como responsable ejecutivo de la compañía, era el culpable del deterioro de la situación. Por su parte, Roberto Arce llegó a decir, como muestra de su respeto hacia mi persona, que él había llamado la atención a una pareja de america- nos que hablaban entre ellos mientras yo pronunciaba una conferencia en francés en el Hotel Martínez de Cannes, ante los Directores Generales de FCB en el mundo, con motivo de mi participación como Jurado en el Festival de Cannes de 1980. A mí me sorprendió mucho esta declaración por su parte, que demostraba hasta qué punto se sentía agradecido de mi actitud con respecto a la fusión de su empresa con la nuestra.

Ante la crisis provocada por mi dimisión, se me hicieron todo tipo de ofertas para que permaneciera en la agencia. Y, como persistía en mi idea de marcharme, porque veía la situación irreversible, finalmente llegaron a ofrecerme crear una segunda agencia, al 50% con FCB, que sería dirigida por mí y que llevaría mi nombre. De esta manera, ellos podían vender a los clientes que yo seguía vinculado de alguna manera a la empresa y podía seguir trabajando para alguno de ellos que no quisiera renunciar a mis servicios. Era la primera vez en mi carrera profesional que se me hacía una proposición así, y confieso que la idea me resultaba atractiva, aunque no me fiaba demasiado de la viabilidad del proyecto. Prometí estudiarlo y contestar en el plazo de un par de semanas. Y ellos me pidieron que, en cualquier caso, permaneciera en la agencia durante tres meses, para tratar de matizar la salida y evitar problemas con los clientes.

Yo acepté quedarme ese tiempo con la condición de hacer pública inmediatamente mi salida de la agencia. Y poder utilizar esos tres meses para estudiar posibles ofertas y desarrollar en su caso cualquier proyecto futuro que pudiera presentarse, incluido el de la agencia compartida con FCB. Así que di la noticia a los medios profesionales. La revista Anuncioscuyo primer número acababa de ver la luz el día 24 de noviembre de 1980, publicó una nota en su portada del número 3 con el titular “Agustín Medina dimite en Arce FCB”. Eso provocó que empezara a recibir ofertas de trabajo en auténtica cascada. Las dos más interesantes que recuerdo fueron una de Stanley Bendelac, Presidente de Delvico, para montar una nueva agencia al 50%, y otra de Contrapunto, para dirigir una nueva oficina que deseaban abrir en Barcelona.

Estaba claro que en esos momentos yo era el creativo de moda. Estaba muy reciente el gran éxito que había conseguido mi campaña del hombre de la Tónica para Schweppes, las novedosas películas para Grin`s o los récords de ventas de las colecciones de libros de quiosco para Bruguera. Además, mi paso por NCK y FCB había coincidido con las etapas más brillantes de estas agencias, que las sacó de muchos años de anonimato. Para cerrar el círculo, estaba mi nombramiento como Jurado de Cannes ese mismo año. El caso es que como creativo estaba en mi mejor momento y todo el mundo profesional lo reconocía ofreciéndome trabajar a su lado. Y lo más importante es que había algunos grandes profesionales que pensaban que estaba maduro para liderar el proyecto de una nueva agencia. Así que fue fácil llegar a la conclusión de que eso precisamente es lo que debía hacer: no dejar pasar la oportunidad que el destino estaba poniendo en mis manos.

Decidí crear una nueva agencia. Decidí también que lo haría solo, sin ningún socio (ni FCB, ni Delvico, ni Contrapunto), solo como el Guerrero del Antifaz, como el Hombre Enmascarado, como el Llanero Solitario. En un alarde de ingenuidad y, probablemente, de prepotencia, me lancé a la aventura de mi vida; sin tenerlo previsto; sin dinero ahorrado, porque todo lo acababa de invertir en la compra de un adosado; sin socios capitalistas y, lo que es peor, sin clientes.

Descargar el libro completo en  

http://www.bubok.es/libros/9620/Historia-de-mi-Banda

 

La Publicidad en ruinas

En la anterior crisis, la de 2003, cerraron en España más de 700 agencias de publicidad. A partir de 2005, cuando el mercado repuntó, se abrieron 500 agencias nuevas. Algunas de esas nuevas agencias ocupan hoy día los primeros lugares del ranking de creatividad y notoriedad del sector. No es una causalidad. Se trata simplemente del viejo axioma de la evolución de las especies. Cuando hay cambio hay evolución. Y sólo se evoluciona de verdad con los grandes cambios, los que ponen patas arriba todo lo establecido y obligan a construir todo de nuevo.

Creatividad inconsistente y baratita
Parece que ahora asistimos de nuevo a uno de esos momentos críticos en que los cimientos de lo establecido amenazan con ruina. Se mire por donde se mire, esta profesión nuestra está llena de miserias y desconcierto. Los clientes no confían ya en las agencias como lo hacían antes. Ahora no respetan su capacidad estratégica, su conocimiento de los medios, su intuición para abrir caminos, su capacidad como visionarios del marketing. Ya sólo les demandan una creatividad superficial que adorne los objetivos estratégicos que otros han hecho por ellos. Y, por supuesto, no les quieren pagar por lo que no hacen, ni están dispuestos a pagar demasiado por lo que hacen.

Resistencia al cambio
Las agencias, por su parte, se conforman con hacer y cobrar cada día menos. Tampoco acaban de entender muy bien todos los males que en los últimos diez años se les han ido viniendo encima. Esa revolución tecnológica que está dejando fuera de juego a sus mejores jugadores de antaño, sin atreverse a dejar paso a nuevos fichajes, porque tampoco están muy seguros de cuáles serían los cambios que hay que realizar. No quieren perder el partido, pero el caso es que lo van perdiendo por goleada porque no acaban de entender las nuevas reglas de juego. Los especialistas en nuevas tecnologías no siempre entienden de comunicación publicitaria. Y difícilmente lo van a aprender en sus agencias especializadas. Tampoco en las agencias convencionales se aprende hoy día mucho de comunicación publicitaria, porque la estrategia y el marketing han huido de las agencias para refugiarse en los cuarteles de invierno de los anunciantes. Además, las precarias remuneraciones han terminado hace tiempo con los trainings en Estados Unidos y la formación interna de calidad.

Una oportunidad para los valientes
Afortunadamente, en estos momentos tan aciagos, llegó de nuevo la crisis para dar una nueva oportunidad a los más valientes. Mi consejo es que os atreváis a olvidaros del pasado, a romperlo todo, a meter la excavadora en las ruinas y hacer un hueco para establecer los nuevos cimientos. Atreveos a construir una nueva oferta más brillante, más rompedora, más actual. El mercado lo demanda a gritos y los anunciantes acogerán con júbilo todo aquello que les facilite la vida, que les evite dialogar con varios interlocutores para tratar el mismo problema. Acogerán con entusiasmo nuevos conceptos estratégicos y creativos para moverse con soltura en el nuevo panorama de los medios, sin ataduras a los viejos esquemas tan repetidos.

Demostradles que sois diferentes y cobrad muy bien por ello. No volváis a cometer el error de ligar vuestra remuneración a la difusión en medios. Cobrad por las estrategias y por las ideas, y cobrad muy caro porque eso sigue siendo lo más valioso que pueden comprar los anunciantes con su dinero. Y de ello depende la supervivencia de sus marcas, que es lo mismo que decir la supervivencia de sus empresas.Es hora de hacer la revolución, de cambiarlo todo para que se note de verdad que estamos en el siglo veintiuno. Ahora o nunca.