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Las bases de la publicidad

ÉfesoCuando se buscan antecedentes históricos de la publicidad, algunos se remontan al antiguo Egipto, en cuyos vestigios se han encontrado pruebas de ofertas comerciales de productos, plasmadas en papiros y en jeroglíficos tallados en los frisos de algunos templos.

Es lógico que desde el momento en que una persona tuvo por primera vez algo que vender, recurriese a la promoción oral, como en el caso de los pregoneros de los pueblos, o escrita, como en el caso de los antiguos egipcios. Yo mismo he tenido la oportunidad de ver un anuncio realizado 500 años antes de Cristo, en la ciudad de Éfeso, cuna del gran filósofo Heráclito, a quien admiro especialmente por haber formulado su célebre pensamiento “Nadie se baña dos veces en el mismo río. Porque cada día que pasa ni el río ni las personas somos los mismos”.

El anuncio en cuestión, que reproduzco en este post, es un cartel esculpido sobre una losa de mármol y situado en una esquina de la calle principal de Éfeso. En él vemos un pié que indica una dirección, de la misma manera que hoy utilizamos el dedo índice de la mano. Y también la cabeza de una mujer que, por sus adornos, parece ser que era una prostituta.

De esta forma, el cartel indicaba que en las proximidades de aquella calle se encontraba un conocido prostíbulo. Un mensaje claro y sencillo con todos los ingredientes de un anuncio de nuestra moderna publicidad. El “qué”, el “cómo”, el “a quién”, y en este caso también el “dónde”.

¿Qué voy a comunicar?: La existencia de un prostíbulo.

¿Cómo lo voy a comunicar?: A través de un cartel de publicidad exterior.

¿A quién se lo voy a comunicar?: A todos los viandantes varones de la ciudad.

¿Dónde lo voy a comunicar?: En la vía más céntrica y con más circulación peatonal de la ciudad.

Toda una moderna estrategia publicitaria clara, sencilla y probablemente muy eficaz. Una lección de pragmatismo para muchos publicitarios actuales que, a juzgar por los anuncios que vemos a diario, todavía no han entendido las claves básicas de la comunicación de hoy y de siempre, independientemente de los medios y de las tecnologías empleados.

Los muertos de Facebook

lapida4Según un estudio de la CIA en el mundo fallecen diariamente alrededor de 154.000 personas, lo que hace un total de 56.210.000 al año. Teniendo en cuenta que uno de cada siete habitantes del globo tiene un perfil en Facebook, podríamos deducir que de los 1.000 millones de usuarios de esta red, alrededor de 8 millones pasan a mejor vida cada año.

Siempre me he preguntado si las personas fallecidas que tenían un perfil en Facebook, lo seguirían teniendo después de muertos. Y si Facebook utilizaría esos perfiles como contactos útiles a la hora de vender audiencia para sus anuncios. O sea, que cuando pones un anuncio en Facebook y defines con precisión tu target group, en el paquete de posibles contactos que te venden podrías estar también comprando los cadáveres de muchos posibles compradores de tu producto.

Está claro que el muerto no se va a encargar de eliminar su perfil en las redes sociales, y tampoco es muy probable que lo hagan sus deudos, o sus amigos más cercanos, entre otras cosas porque eliminar un perfil sin ser el propio interesado no es cosa nada fácil.

No sólo hay miles de perfiles inertes en Facebook y en el resto de redes sociales, sino que además muchos de esos perfiles siguen aparentemente activos después de la muerte del interesado. Acabo de descubrir que en Estados Unidos está de moda usar las páginas de Facebook como una especie de tumbas a las que uno puede acudir para relacionarse con sus parientes o amigos fallecidos.

Parece ser que mucha gente prefiere acudir a un página de Facebook antes que al cementerio. Y la cosa tiene cierta lógica, porque en vez de rezar al difunto, o hablar con él ante una fría lápida, es más cercano hacerlo a través de su página viva de Facebook, en la que están sus fotos, sus comentarios, sus amigos, etc. , y en la que en cierta manera el difunto sigue presente.

Uno puede seguir escribiendo al muerto con la misma ilusión con que lo hacía cuando estaba vivo, y hacerse la ilusión de que lo sigue estando y de que de un momento a otro va a recibir un mensaje directo suyo desde el más allá.

Una tal Wilma Jones en un ejemplo vivo de esta nueva relación con los muertos. Ella falleció hace ya algún tiempo, pero sus parientes y amigos la siguen enviando mensajes y compartiendo con ella todo tipo de noticias, a través de su página de Facebook. Y quién sabe si nosotros, cuando ponemos un anuncio en la red y definimos nuestro target con alguna de las características a las que respondía Wilma cuando estaba viva, no estemos también enviándole a ella un mensaje publicitario que, en este caso, está claro que va a ser dinero tirado a la basura, o mejor dicho, enterrado en una tumba.

 

 

Menos siempre es más.

David BaileyEste fin de semana venía un reportaje en uno de los suplementos dominicales de los periódicos sobre el gran fotógrafo inglés David Bailey. Hablaba de una exposición que ha organizado la National Portrait Gallery de Londres, con el título de “Bailey`s Stardust”, en la que se recogen 250 de sus fotografías, algunas de ellas inéditas, como el retrato de la modelo Kate Moss, que ilustra el artículo.

Jessica Nieto, la periodista que escribe el artículo, dice que la sinceridad es la palabra que mejor define las fotografías de David Bailey. Y también que si David fuese un color, sería el blanco y negro, pues es el dominante de toda su obra. También recoge una frase del propio fotógrafo que dice de sí mismo: “Siempre busco la simplicidad”.

Todo esto me ha llevado a recordar mi propia experiencia con David Bailey, este gran artista que recibió la Orden del Imperio Británico en 2001, y  a quien tuve el honor de conocer a finales de los años 70 cuando estaba en plenitud su gloriosa carrera, después de haberse divorciado de la segunda de sus cuatro esposas, la famosa actriz Catherine Deneuve, que sin duda contribuyó a dar mayor notoriedad a su trabajo como fotógrafo.

Siendo yo Director Creativo de la agencia Foote, Cone & Belding, contraté a David Bailey para dirigir un spot publicitario del champù Nacido de la Tierra, de la compañía Gillette. David no sólo dirigió el spot, sino que también, como era lógico, fue el responsable de la fotografía.

Rodamos el spot en el invernadero de una magnífica casa de Somosaguas, donde montamos un precioso cuarto de baño, en el que una modelo se lavaba el cabello. Para el plano final del pack shot del producto, David dispuso sobre una superficie de mármol varios utensilios relacionados con el cabello, arropando al producto. Un cepillo de nácar, unas cintas de colores, una cajita de plata y algunas cosas más que no recuerdo.

Rodó un primer plano con todos aquellos elementos alrededor del bote de champú. Y después fue quitando un elemento en cada nuevo plano que rodamos, hasta que en la última toma solo quedaba el producto desnudo sobre la plancha de mármol.

Me explicó que le encantaba la simplicidad, y que le gustaba ver cómo cada elemento que iba quitando hacía más poderosa la presencia del producto. Pero que era importante seguir ese proceso, porque las cosas que iba quitando le daban información sobre el ángulo más favorable de visión, cuando el producto finalmente se quedase solo.

Un tipo muy curioso David Bailey. Y un gran fotógrafo, sin duda. Su exposición de retratos en la National Portrait Gallery, puede verse en Londres desde el 6 de febrero hasta el 1 de junio de 2014.  Si vais por Londres en esas fechas no os la perdáis.

Publicidad en la Rusia de 1900

IMG_2023Yo estaba convencido de que los primeros anuncios publicitarios cuya técnica se asemeja a los actuales, provenían siempre de los Estados Unidos.

El nacimiento de Coca Cola en 1896 era para mí el punto de partida de la publicidad moderna, cuando la profesionalidad de los contenidos y la elegancia del diseño podía considerarse de alto nivel.

IMG_2027Sin embargo, en una reciente visita a San Petersburgo, tuve ocasión de adquirir un ejemplar de un libro de anuncios y carteles rusos, que se remontan a la última década del siglo XIX. Al hojearlo, descubrí con sorpresa que su calidad no sólo era comparable a la de los anuncios americanos de esa época, sino que en muchos casos la elegancia y sofisticación del lay out y de las imágenes era incluso superior.

IMG_2022Anuncios de muy diferentes productos, como bebidas alcohólicas, cigarrillos, alimentación, café, ferrocarriles, tarjetas postales, espectáculos, máquinas de coser, etc. llenaban las primeras páginas del libro. Todos ellos fechados entre 1890 y 1910, con una calidad publicitaria impresionante.

A partir de la revolución de 1917, la publicidad desaparece para dar paso a los carteles magníficos que todos conocemos, cuya temática ensalza las supuestas virtudes de la Unión Soviética. Diseños de gran calidad, como los de casi todos los países del área geográfica del norte de Europa. Nada que nos sorprenda a estas alturas. Lo verdaderamente sorprendente es que existiese una industria publicitaria tan potente antes de la revolución, y que la calidad de su diseño sea tan espectacular.

La última de Woody Allen

javier_aguirresarobeSe trata también de la última película de Javier Aguirresarobe, “Blue Jasmine”, que acaba de estrenarse en España y que es una de las mejores del famoso director.

Que Woody Allen haya elegido a Javier Aguirresarobe, por segunda vez después de “Vicky, Cristina, Barcelona”, para dirigir la fotografía de su película lo dice todo a favor de este gran director de fotografía español, que desde algunos años triunfa también en Hollywood.

A mí no me descubren nada nuevo, porque sé que Javier es un genio desde que trabajé con él en el primer spot publicitario. Javier entonces no era demasiado conocido, aunque había trabajado en su país vasco natal, en películas de Julio Medem, Imanol Uribe o Montxo Armendáriz, y empezaba su carrera en el mundo publicitario, siguiendo los pasos de otros grandes directores de fotografía de la publicidad, como Luis Cuadrado, Teo Escamilla o José Luis Alcaine.

El cine español de los últimos treinta años le debe todo, fotográficamente hablando, a estos directores formados en la publicidad y transplantados  después al cine largo. Ellos se forjaron rodando planos que duran segundos, donde todo es crítico y no se pueden cometer errores.

También a nivel internacional se repite este fenómeno de directores de fotografía publicitarios que se pasaron después al cine largo y triunfaron en casi todos los casos.  He tenido también la suerte de trabajar en Londres con alguno de ellos, como Peter Suschitzky, partícipe de películas tan famosas como “El Imperio contraataca”, “Una historia de Violencia”, o “Promesas del Este” entre otras.

La publicidad es una escuela excelente para los directores de fotografía, y también para los realizadores. En España tenemos casos como el de Isabel Coixet, que también fue cocinera antes que fraile, y con la que he trabajado en múltiples spots antes de que hiciese su primera película. Y a nivel internacional son numerosos los directores de éxito que iniciaron su carrera en la publicidad. Baste citar a Ridley Scott y a su hermano Tony Scott,  Adrian Lyne, Richard Lester, Hugh Hudson o Alan Parker, entre otros muchos.

Volviendo a Javier Aguirresarobe, tengo que decir que le tengo un especial afecto porque fue también el director de fotografía con el que rodé mi primer spot como realizador para una campaña de la colección de libros infantiles El Barco de Vapor.

He participado a lo largo de mi vida publicitaria en más de 500 rodajes de spots, pero siempre actuando como autor o coautor de las ideas, supervisando los rodajes bajo esa condición. Sólo en una docena de ocasiones, me atreví a dirigir yo mismo los spots.  Y en la primera ocasión que lo hice tuve la suerte de contar con Javier. Ése es un recuerdo que no se olvida, como ocurre con el primer amor. Por eso me alegro mucho cada vez que Javier sube un escalón en su carrera de éxitos. Y sin duda su última película con Woody Allen es uno de los escalones más importantes de su exitosa carrera cinematográfica.

¿A dónde se fue el talento?

IdeaToda mi vida profesional he sido un creativo publicitario. Y desde que tenía 30 años, cuando accedí a la dirección creativa de la agencia Norman, Craig & Kummel, he estado además evaluando el talento de los demás. También he sido jurado de festivales publicitarios en todo el mundo en 31 ocasiones, 10 de ellas actuando como presidente del jurado.

Creo que esa experiencia como observador del talento publicitario me capacita para opinar que estos momentos son probablemente los más tristes de la historia de la publicidad en nuestro país. El palmarés de los más importantes premios publicitarios lo pone cada día de manifiesto.

También nos basta con ver un bloque de televisión en prime time, o una batería de propuestas promocionales a través de las redes sociales, para darnos cuenta de que el talento brilla por su ausencia. Naturalmente, en medio del panorama más gris siempre hay una chispa que brilla en solitario. pero esa chispa de talento no alcanza a disimular la tremenda mediocridad del conjunto.  Se puede decir que hay mucho más talento espontáneo en YouTube que en todas las plantillas de la industria publicitaria juntas.

La explicación de esta situación tiene que ver seguramente con muchos factores: crisis económica que impide pagar el talento, superpoblación de juniors y trainees en las agencias de publicidad, coyuntura negativa de la industria, desconcierto ante los nuevos medios, etc. etc. etc.

Lo cierto es que la publicidad para que funcione tiene que ser muy brillante. Tiene que ser capaz de enamorar a los receptores, hasta el punto de que deseen verla, compartirla y disfrutarla siempre. Cuando nos gusta la publicidad la perseguimos. Queremos ver los anuncios una y otra vez, sin importarnos que esos anuncios interrumpan nuestro programa favorito. De hecho, en las décadas de los 80 y los 90, los telespectadores afirmaban que les gustaban más los anuncios que los programas de la televisión.

Hoy día, no sólo opinan lo contrario, sino que aborrecen esos bloques interminables de anuncios que interrumpen su ocio a cada rato.

La odiosa publicidad de hoy no sólo nos aburre, sino que nos persigue allá donde vamos. La estructura clásica de los medios convencionales se ha roto en mil pedazos y los anuncios nos persiguen hasta lo más recóndito de nuestra intimidad, a través de los nuevos medios digitales.

Internet sabe todo de nosotros, gracias a la información que nosotros mismos le damos con nuestras búsquedas en Google, o con nuestros perfiles de las redes sociales. Esa información la usa para perseguirnos con saña, saliéndonos al paso cada vez que nos conectamos a la red.

Yo pienso que el tema no es irreversible, y que el talento que hoy día va a otros sectores más lucrativos, volverá a la publicidad. Espero con ilusión que podamos volver a perseguir a la publicidad, en lugar de que sea ella, en forma de pesadilla, la que nos persigue a nosotros.

La publicidad pone la crisis como excusa

Las agencias de publicidad atraviesan por un momento crítico, como ya ocurrió otras veces en la historia. Pero la crisis no puede servir de excusa para ocultar las propias limitaciones.

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Creatividad aburrida. Agencias obsoletas.

aburrimientoA estas alturas, creo que todo el mundo relacionado con la comunicación y el marketing está al cabo de la calle de los cambios que, en los últimos veinte años, se han venido produciendo en los consumidores, la publicidad, los medios y las marcas.

También supongo a todos enterados de lo obsoletas que se han quedado las viejas agencias de publicidad del siglo XX, los viejos anuncios, las viejas estrategias de marketing, las viejas estructuras de empresa, los viejos sistemas de trabajo, las viejas relaciones cliente-agencia, las viejas y gratificantes remuneraciones…

Sin embargo, y a pesar del conocimiento general de estos temas, en el mundo de las agencias todo sigue igual que siempre, como si nada hubiese ocurrido. Todo el mundo se queja añorando tiempos mejores, pero la resistencia al cambio es más fuerte que las lamentaciones.

Me temo que a los grandes grupos que lo controlan todo, los WPP, Interpublic, Omnicom, Publicís, Havas, etc., les da igual de dónde les vienen los beneficios. Ellos son los dueños de todo lo que se mueve en comunicación. Y si con las agencias no les va bien, lo compensan con creces con los beneficios de las centrales de medios. Por eso se resisten a desmontar sus estructuras para crear unas nuevas.  Demasiado trabajo para un sector que siempre ha sido conservador por naturaleza.

Luego están los gestores de las agencias, secuestrados a manos de los creativos que controlan el poder. Esos que tienen la sartén por el mango y no quieren saber nada de los nuevos tiempos. Andan ya por los cincuenta años, a un paso de la prejubilación, y odian meterse ahora en los líos de Internet y las Redes Sociales, que son cosas de niñatos advenedizos. Ellos siguen prefiriendo el spot convencional de treinta segundos en la televisión, que es lo que se ve de verdad, lo que te da fama y te permite salir a recoger premios en los festivales.

Unos por otros la casa sin barrer. Y los anuncios cada día más aburridos e ineficaces.

Historia de mi Banda (Capítulo primero)

Los de La Banda estamos aquí

Un grupo de homosexuales celebraba una fiesta —creo que el cumpleaños de uno de ellos— en un ático de Nueva York. Cada personaje era protagonista de un drama personal relacionado con el modo en que afrontaba su propia homosexualidad. Eran Los chicos de la bandael título de una película basada en una obra teatral de éxito. Creo que se estrenó en España a finales de los setenta, y sin duda en esos momentos era una obra de culto para miles de homosexuales españoles que por esas fechas todavía andaban ocultos en sus armarios.

La verdad es que nunca pensé en Los chicos de la banda cuando decidí llamar La Banda de Agustín Medina a mi agencia. Y mucho menos cuando, en el mes de febrero de 1981, envié el primer mailing a mis posibles clientes con el titular “Los de La Banda estamos aquí”. Pero lo cierto es que toda una cadena de asociación de ideas funcionó como una tormenta creativa en el cerebro de un director de marketing homosexual, impulsándole a contactar sin demora con aquella agencia, cuyos inequívocos guiños le sugerían complicidades y expectativas de lo más interesante.

Cuando nuestro primer cliente llamó a la puerta de la planta 13 del número 4 de la calle Orense de Madrid, le abrió Antonio Vilar; un joven redactor de metro ochenta y cinco, moreno y atlético, con una camisa blanca cuyos tres primeros botones desabrochados mostraban un torso de película; no en vano Antonio era hijo del famoso actor portugués del mismo nombre, que hacía de Cristóbal Colón en Alba de Américade Juan de Orduña, allá por los años cincuenta. Todo un galán que dejó huella imborrable en los corazones de millones de españolas de la posguerra. Cuando aquel director de marketing vio a Antonio Vilar, no tuvo la menor duda de que sus expectativas eran totalmente fundadas y de que La Banda estaba predestinada a ser su nueva agencia.

Ya teníamos el primer cliente. El mailing “Los de La Banda estamos aquí” había cumplido su objetivo. Debajo del titular yo había hecho toda una declaración de principios: “Venimos a romper la monotonía de un mercado que tiende peligrosamente al conservadurismo. Venimos a crear y consolidar un estilo español de hacer las cosas con internacionalidad. Venimos a contribuir a que la década de los ochenta sea la década más creativa de la publicidad española”. Esa declaración de principios fue toda una premonición, porque los ochenta serían los años más brillantes de la historia de la publicidad española, y La Banda, una de las pocas agencias independientes del mercado y la única dirigida por personas con experiencia multinacional, sería una de las principales protagonistas.

Pero estamos abriendo la puerta de la agencia a nuestro primer cliente y detrás de Antonio Vilar, en el interior de la empresa, sólo estamos Nines, la recepcionista-secretaria-chica para todo y yo. Ésa es toda la banda. Y aún estaba sobredimensionada la plantilla, porque mi intención había sido empezar yo solo con Nines —mi secretaria en Foote, Cone & Belding (FCB)— como único apoyo logístico. Sin embargo, a última hora no tuve más remedio que con- tratar a Antonio. Él era un redactor deshauciado cuando yo entré en FCB como Director Creativo. Formaba equipo con un viejo Director de Arte, al borde de la jubilación, que le menospreciaba por joven e inexperto, y le puteaba constantemente ninguneando sus ideas. Nadie en la agencia daba un duro por él, pero yo tuve la “genial” idea de romper el esquema de equipos creativos tradicionales en la agencia. Mi experiencia en los últimos años me decía que para hacer spots de televisión, que era el 90% de nuestro trabajo en 1978, sólo necesitaba buenos redactores. Pensaba que, prescindiendo de la nómina de los directores de arte de la agencia, podía comprar free lance la mejor dirección de arte del mercado para el 10% del trabajo restante y aún me sobraba dinero. El experimento duró casi un par de años y funcionó bastante bien, pero sobre todo fue una bendición para Antonio Vilar, que se liberó de su desagradable compañero y dejó explotar su creatividad sorprendiendo a todos.

Antonio era un buen redactor, con muy buenas ideas y mucha falta de oficio. Tenía, eso sí, algunos defectos que en una gran agencia pasaban más desapercibidos, pero que se pondrían de manifiesto en La Banda en todo su esplendor. Pero, de momento, era un buen redactor y un gran creador de diálogos. Y me adoraba. Realmente me tenía en un altar. Yo era su libertador, su descubridor y su maestro. Cuando dimití en FCB, él presentó su dimisión inmediatamente después; aunque traté de persuadirle, porque yo no sabía cuál iba a ser mi próximo destino y mucho menos si podría contar con él en mi nuevo puesto, no hubo manera de convencerle. Así que, cuando finalmente decidí montar La Banda, no tuve más remedio que premiar su fidelidad llevándole conmigo.

El nacimiento de La Banda fue consecuencia de un cúmulo de casualidades, porque, hasta un par de meses antes de abrir las puertas, yo nunca había pensado en montar una agencia. Mi situación en 1980 era inmejorable y cumplía con creces todas mis expectativas. Tenía 33 años, era Director Creativo Ejecutivo de una gran multinacional, Foote, Cone & Belding, que en aquel momento era la quinta agencia en los Estados Unidos y la novena en el mundo. En junio de ese año, fui por primera vez jurado, representando a España, en el Festival de Cannes. Y en septiembre me acababan de nombrar Vicepresidente Internacional de la Compañía. En Europa, sólo había dos Vicepresidentes Internacionales, uno en Londres y otro, que era yo, en Madrid: el más joven de los quince vicepresidentes que había en el mundo. O sea, que era el niño mimado de FCB, señalado por todos para ser una pieza importante en el escalafón de poder de la Compañía. De momento, ya estaban pensando en mí para sustituir a Len Sugarman, como Director Creativo en Londres; con responsabilidades sobre la creatividad de todas las oficinas en Europa. Len era el otro Vicepresidente europeo y acababa de ser trasladado a Nueva York.

Las perspectivas más cercanas pasaban por hacerme cargo de la Dirección Creativa Europea, con sede en Londres, que era la oficina más importante de FCB en Europa. Todavía recuerdo con estupor una visita a FCB Londres, en la que me presentaron a algunos de los 52 equipos creativos que trabajaban allí a las órdenes de Len Sugarman. Más de 100 personas, entre Redactores y Directores de Arte, que sometían cada día su trabajo al criterio de un solo hombre. Aquello sí que era poder. Y además en Londres, la meca de la creatividad mundial. No puedo negar que el trabajo era de lo más atractivo, pero yo era un tipo con las ideas muy claras. A mí me gusta vivir en España y, si es posible, mejor en Madrid que en ninguna otra parte. Además, después de 20 años trabajando en multinacionales —desde los 13 años— no tenía ningún interés en hacer la carrera internacional. O sea, tres años en cada ciudad, para terminar en la gran central de Nueva York o, en el caso de FCB, en Chicago, que es la ciudad madre de esta Compañía.

Los americanos sueñan con hacer este circuito: Ejecutivo senior en Nueva York; Director de Servicios al Cliente en algún país de Sudamérica; Subdirector General en Londres, Frankfurt o Milán; Director General en España y, finalmente, Vicepresidente en Estados Unidos. Con un poco de suerte puedes llegar a Presidente mundial y esperar a que el Consejo de Administración se canse de ti y te jubilen con una pensión de oro antes de los 60.

Pero mi plan no era ese. Yo había hecho constar en mi contrato que sólo prestaría mis servicios en las oficinas de Madrid y que cualquier cambio debería contar con mi consentimiento expreso. Esa cláusula de mi contrato no les gustaba mucho a los americanos, que no acababan de entender que alguien rechazara de antemano cualquier posible promoción y, sobre todo, despreciara la oportunidad de culminar su carrera con un puesto importante en los Estados Unidos de América.

Así eran las cosas; por lo que, cuando me propusieron el traslado a Londres, yo tuve muy claro que, si lo rechazaba, estaba tocando el techo de mi posición en España y tirando por la borda mi futuro en la compañía. Por otra parte, Antonio Beja, que era el Presidente de FCB en España, iba a ser trasladado a Chicago como Vicepresidente Ejecutivo, con responsabilidad directa sobre Latinoamérica, Oriente Medio y Australia. Él, que era un fanático de la multinacionalidad, estaba encantado con su promoción y loco por abandonar la empresa española, pues, tras la fusión con Arce & Potti, estaba sumida en un pequeño caos político, alimentado por una lucha de poder entre Roberto Arce y su gente, la antigua Arce & Potti, y el personal procedente de FCB.

A principios de 1980 se había llevado a cabo una fusión entre FCB y Arce & Potti, como consecuencia de la compra por parte de FCB del 100% de las acciones de Arce & Potti. Pero Roberto Arce, Presidente de Arce & Potti, había jugado muy bien sus bazas, consiguiendo, entre otras cosas, que el nombre de la nueva compañía fuera Arce FCB y que el personal de ambas agencias se instalara en las magníficas oficinas que Arce & Potti tenía en la calle Costa Brava número 13, de la Urbanización Mirasierra. Todo el aspecto exterior de la operación daba a entender que era Arce quien absorbía a FCB, cuando lo que había ocurrido en realidad era exactamente lo contrario. Y eso agravaba aún más las circunstancias, ya de por sí complicadas, que acompañan a cualquier fusión de dos com- pañías en el mundo publicitario.

Yo había sido el único Consejero de FCB que se había opuesto a la fusión, por considerar que la imagen de Arce & Potti no aportaba nada a la brillante posición en el mercado de FCB. Más bien su imagen de agencia antigua perjudicaba nuestra imagen. Además, la personalidad dominante de Roberto Arce podía ser una fuente inagotable de problemas para todos nosotros. Pero todos los demás consejeros estaban a favor de la fusión. Antonio Beja, Javier Suso y Faustino García estaban convencidos de que las dos agencias juntas iban a ocupar uno de los primeros lugares del ranking español, y eso significaba beneficios económicos y nuevas posibilidades de negocio. Yo, sin embargo, estaba convencido de que dos culturas de em- presa tan dispares iban a ser como agua y aceite, imposibles de unirse en un solo proyecto común, con el agravante de una lucha por el poder que acabaría destrozando cualquier posibilidad de proyecto conjunto. Y el tiempo demostró que no estaba equivocado. No obstante, acepté la fusión y puse mi firma en el documento que la haría factible.

Cuando todavía éramos dos agencias separadas, Roberto Arce me invitó a comer en el antiguo restaurante Charlot, que estaba en la calle de Serrano. Él sabía que yo era el único Consejero de FCB que se oponía a la fusión y estaba decidido a hacerme cambiar de opinión en aquel almuerzo. Roberto era un gran comunicador. El autor de campañas brillantes que forman parte de la memoria colectiva de todos los españoles mayores de cuarenta años. “Papá, ven en tren” para RENFE, o “Con Iberia ya habría llegado” son algunos de sus eslóganes más famosos. Un gran comunicador y un hombre muy inteligente y carismático. No tuve ocasión de compartir con él demasiado tiempo, pero me han quedado grabados de por vida algunos de sus pensamientos. Por ejemplo, le oí decir que la profesión de publicitario era muy dura y que había que estar nadando siempre contra corriente. Peor aún, se trataba de mantenerse a flote en el remolino que se produce en una taza de water cuando se tira de la cadena. Si noeres el mejor nadador, es imposible resistir la fuerza de la espiral que te arrastra hacia el fondo de la taza. Y, aunque seas el mejor nadador, no puedes dejar de nadar ni un solo instante si no quieres precipi- tarte en el flujo irresistible de la corriente descendente.

Roberto Arce, con su tremendo poder de convicción, estaba dispuesto no sólo a convencerme, sino a seducirme haciendo gala de una tremenda franqueza. Yo era un chaval de 33 años y él era un hombre sabio de 60. Y fue tan fácil como engañar a un niño. Simplemente me habló de su vida como publicitario de éxito, que a los 60 años lo ha conseguido casi todo: fama, dinero, premios, honores de todo tipo… Sólo una cosa le quedaba por hacer: dejar a sus hijos en herencia el fruto de tantos años de trabajo. Y que ese fruto no fuera la carga de una agencia decadente que moriría con él, sino las acciones lustrosas de una potente multinacional que sin duda iba a sobrevivirle muchos años. Sobre todo, teniendo en cuenta que esa multinacional estaba, e iba a seguir estando, dirigida por gente tan brillante como yo, entre otros. Él, después de sesenta años de gloria, sólo quería un puesto honorífico en la nueva agencia. Un cargo de representación que le permitiera seguir activo sólo en el plano institucional, optando a ser presidente de la International Advetising Asociation (IAA) en España y poder pasar el rato dando charlas en las oficinas de FCB en Latinoamérica.

Y me lo creí. La verdad es que me pareció un plan perfecto para la hora de mi retiro. Yo, que empecé a trabajar a los 13 años, llevaba veinte en activo y, si llegaba a los 60 años, llevaría cuarenta y siete tra- bajando en publicidad. Demasiados años para aspirar a otra cosa que a un buen retiro como presidente de la IAA y conferenciante en Latinoamérica. Así que comprendí muy bien a Roberto Arce y, aunque la fusión con Arce & Potti no me parecía lo más interesante para el futuro de FCB, no quise ser el aguafiestas que no sólo estropeaba los planes de aquel hombre, sino también los de todos mis compañeros consejeros de la compañía, y firmé los papeles de la fusión.

No puedo decir que aquella fusión fuese funesta para mí, ya que fue el detonante principal que dio origen a La Banda; pero sí resultó una catástrofe para el futuro de la entonces brillante FCB y para casi todos los que allí trabajábamos. Como ya he mencionado, Roberto Arce consiguió que FCB dejara las oficinas de Serrano, 23 y trasladara a todo el personal a las oficinas de Arce & Potti en la colonia de Mirasierra. También consiguió que la nueva agencia se llamara Arce FCB. Si se unen estos dos factores, es fácil entender que el mercado publicitario hiciera una lectura falsa de la operación. Se pensaba que, en la fusión de las dos compañías, era Arce & Potti quien predominaba y Roberto Arce quien asumía el máximo poder. Aunque en realidad se trataba de una compra pura y dura por parte de FCB del 100% de las acciones de Arce & Potti, y Roberto Arce asumía un cargo honorario como Presidente del Consejo de Administración, sin ningún poder ejecutivo sobre la compañía resultante de la fusión.

No sólo el mercado entendió mal la operación, sino que el propio personal de las dos agencias tenía serias dudas sobre quién detentaba realmente el poder en la empresa. Roberto Arce jugaba a la ceremonia de la confusión, y Antonio Beja tenía sus ojos más puestos en Chicago que en Madrid. Por otra parte, para sustituir a Antonio Beja en la Dirección General se había descartado a Faustino García —que era quizá el más cualificado—, porque no hablaba muy bien inglés, y se había nombrado sucesor a Pedro Llop, con el que la mayoría del personal no estaba de acuerdo, porque hablaba un inglés de Oxford. Sin embargo, el recambio de Director General no se iba a producir hasta enero de 1981, después de la partida de Antonio Beja a Chicago.

La situación era caótica. Había un Director General, Antonio Beja, que ya no ejercía como tal. Otro Director General, Pedro Llop, que no podía ejercer hasta varios meses después y que, ante la reacción negativa del personal a su nombramiento y la presencia imponente de un Roberto Arce cada vez más crecido, se iba asustando por momentos. Y, finalmente, un Director Creativo Ejecutivo y Vicepresidente Internacional, yo mismo, presionado para aceptar un puesto en Londres, que cada vez tenía más claro que debía finalizar su ciclo pro- fesional en esa compañía. Creo que todo el personal percibía la marejada y el ambiente en la agencia se hacía cada vez más irrespirable. Yo tenía una oferta de J. Walter Thompson, que en esos momentos era la primera agencia del país, y, aunque aún no había cerrado ningún compromiso, con esa buena perspectiva en el horizonte, decidí presentar mi dimisión en FCB. Lo hice a primeros de noviembre de 1980, a través de dos cartas simultáneas: una dirigida a Antonio Beja y la otra al Presidente Europeo de la compañía, cuyo cuartel general estaba situado en Frankfurt. Lo hice así porque no me fiaba de Antonio Beja. Era evidente que a él no le interesaba nada que yo dimitiera en aque- llos momentos, con una agencia convulsa y a pocos días vista de su traslado a Chicago. Yo quería que mi dimisión fuese irreversible y que Antonio —experto en todo tipo de manipulaciones y dilaciones— no pudiera manipular la situación ni dilatar mi salida.

Naturalmente, a Antonio le molestó mucho que en Frankfurt tuvieran noticia al mismo tiempo que él de mi intención de abandonar la agencia, porque eso podía retrasar su promoción de Chicago. Pero yo llevaba un par de meses advirtiéndole de que no iba a consentir que se marchara a Chicago sin dejar resuelto el tema de su sucesión, y frenando de una vez por todas los impulsos de poder de Roberto Arce que, ante su pasividad, se iban reforzando día a día. Antonio siempre daba buenas palabras, pero no actuaba nunca. Se negaba a re- nunciar a la Dirección General a favor de Pedro Llop, reforzando así la posición de éste y ayudándole a consolidar su liderazgo antes de su marcha. No tenía pues el menor interés en enfrentarse con Roberto Arce que, cada vez más, actuaba como si fuera el Presidente Ejecutivo de la agencia. Así que no tuvo más remedio que afrontar el tema de mi dimisión como un hecho consumado.

El Presidente Europeo y el Director Financiero Internacional se pre- sentaron en Madrid 48 horas después de recibir mi carta de dimisión. Entre ellos y Antonio Beja intentaron por todos los medios hacerme camibar de idea. Para colmo, Javier Suso (Director de Medios) y Faustino García (Director de Servicios a Clientes), y ambos miembros también del Consejo de Administración de la agencia, presentaron su dimisión detrás de mí. Pedro Llop, por su parte, manifestó que no estaba dispuesto a asumir la Dirección General si no podía contar conmigo en la Dirección Creativa. El tema se puso tan grave que llegó a venir a Madrid el Presidente Mundial de la compañía. Con él mantuvimos diversas reuniones, alguna de ellas muy violentas, ya que se llegaron a efectuar careos entre los dimi- sionados y Roberto Arce, en una maniobra de Antonio Beja para hacer parecer a éste el único culpable de la situación.

Tengo que decir en honor a Roberto Arce que, aunque la creativi- dad era su parcela favorita del trabajo en la agencia, jamás tuve un roce con él, ni personal ni profesional. Nunca se metió en medio entre mis creativos y yo, ni emitió opiniones negativas sobre nuestro trabajo. Probablemente el creativo fue el único departamento de la agencia en el que no intentó ejercer ningún poder. Esto siempre lo he atribuido a que me gané su respeto en aquella comida de Charlot con mi actitud de ceder en mi oposición a la fusión, después de es- cuchar sus, para mí, muy convincentes argumentos. El caso es que nuestra relación profesional siempre fue de mutuo respeto, y así se lo manifesté al Presidente Mundial de FCB delante de Antonio Beja y dejando claro que sólo Antonio, como responsable ejecutivo de la compañía, era el culpable del deterioro de la situación. Por su parte, Roberto Arce llegó a decir, como muestra de su respeto hacia mi persona, que él había llamado la atención a una pareja de america- nos que hablaban entre ellos mientras yo pronunciaba una conferencia en francés en el Hotel Martínez de Cannes, ante los Directores Generales de FCB en el mundo, con motivo de mi participación como Jurado en el Festival de Cannes de 1980. A mí me sorprendió mucho esta declaración por su parte, que demostraba hasta qué punto se sentía agradecido de mi actitud con respecto a la fusión de su empresa con la nuestra.

Ante la crisis provocada por mi dimisión, se me hicieron todo tipo de ofertas para que permaneciera en la agencia. Y, como persistía en mi idea de marcharme, porque veía la situación irreversible, finalmente llegaron a ofrecerme crear una segunda agencia, al 50% con FCB, que sería dirigida por mí y que llevaría mi nombre. De esta manera, ellos podían vender a los clientes que yo seguía vinculado de alguna manera a la empresa y podía seguir trabajando para alguno de ellos que no quisiera renunciar a mis servicios. Era la primera vez en mi carrera profesional que se me hacía una proposición así, y confieso que la idea me resultaba atractiva, aunque no me fiaba demasiado de la viabilidad del proyecto. Prometí estudiarlo y contestar en el plazo de un par de semanas. Y ellos me pidieron que, en cualquier caso, permaneciera en la agencia durante tres meses, para tratar de matizar la salida y evitar problemas con los clientes.

Yo acepté quedarme ese tiempo con la condición de hacer pública inmediatamente mi salida de la agencia. Y poder utilizar esos tres meses para estudiar posibles ofertas y desarrollar en su caso cualquier proyecto futuro que pudiera presentarse, incluido el de la agencia compartida con FCB. Así que di la noticia a los medios profesionales. La revista Anuncioscuyo primer número acababa de ver la luz el día 24 de noviembre de 1980, publicó una nota en su portada del número 3 con el titular “Agustín Medina dimite en Arce FCB”. Eso provocó que empezara a recibir ofertas de trabajo en auténtica cascada. Las dos más interesantes que recuerdo fueron una de Stanley Bendelac, Presidente de Delvico, para montar una nueva agencia al 50%, y otra de Contrapunto, para dirigir una nueva oficina que deseaban abrir en Barcelona.

Estaba claro que en esos momentos yo era el creativo de moda. Estaba muy reciente el gran éxito que había conseguido mi campaña del hombre de la Tónica para Schweppes, las novedosas películas para Grin`s o los récords de ventas de las colecciones de libros de quiosco para Bruguera. Además, mi paso por NCK y FCB había coincidido con las etapas más brillantes de estas agencias, que las sacó de muchos años de anonimato. Para cerrar el círculo, estaba mi nombramiento como Jurado de Cannes ese mismo año. El caso es que como creativo estaba en mi mejor momento y todo el mundo profesional lo reconocía ofreciéndome trabajar a su lado. Y lo más importante es que había algunos grandes profesionales que pensaban que estaba maduro para liderar el proyecto de una nueva agencia. Así que fue fácil llegar a la conclusión de que eso precisamente es lo que debía hacer: no dejar pasar la oportunidad que el destino estaba poniendo en mis manos.

Decidí crear una nueva agencia. Decidí también que lo haría solo, sin ningún socio (ni FCB, ni Delvico, ni Contrapunto), solo como el Guerrero del Antifaz, como el Hombre Enmascarado, como el Llanero Solitario. En un alarde de ingenuidad y, probablemente, de prepotencia, me lancé a la aventura de mi vida; sin tenerlo previsto; sin dinero ahorrado, porque todo lo acababa de invertir en la compra de un adosado; sin socios capitalistas y, lo que es peor, sin clientes.

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