La hora en la que dejamos de ser publicitarios

A veces, un hombre se siente profundamente solo en medio de la multitud. No es una soledad física, sino algo mucho más hondo: una sensación de aislamiento absoluto, de incomunicación, de imposibilidad de conectar. Todo se detiene. El tiempo deja de existir, las cosas pierden su forma concreta y aparece una angustia difícil de explicar.

Y, sin embargo, es precisamente en ese instante cuando uno vive con mayor intensidad.

Es una paradoja: en medio de la rutina, de las horas medidas, de la prisa constante que nos deshumaniza, surge un momento de vida absoluta. Un momento en el que el hombre se enfrenta a sí mismo sin filtros. Comprende su angustia, pero también su capacidad de sentir, de sufrir, de amar. Es la hora intemporal de los suicidas, de los locos, de los enamorados. La hora del silencio, del temblor en el pecho, de lo inexplicable.

En ese estado, incluso el más racional se quiebra. El hombre frío y calculador descubre que una emoción —o una persona— puede desordenarlo todo. Que hay fuerzas que no se pueden medir ni controlar. El que vive de certezas encuentra grietas en su sistema. El ególatra se reconoce pequeño. El odio pierde sentido frente al amor. Y hasta la muerte parece ridícula cuando aparece la fe.

Es el momento de las grandes verdades.

También es el momento en el que un publicitario deja de ser un mito y se convierte, simplemente, en un ser humano.

Porque cuando ese profesional de la comunicación se sienta frente a una pantalla y mira el mundo sin el filtro de su oficio, lo que ve cambia. Deja de ver “impactos”, “audiencias” o “targets”. Empieza a ver personas. Niños que sufren. Conflictos que destruyen. Dolor que no se puede convertir en eslogan.

Entonces comprende algo incómodo: que vivimos en un mundo donde la realidad importa menos que la imagen que construimos de ella.

Y ahí está el núcleo del problema.

Las cosas, por sí solas, parecen no tener importancia. Lo que realmente cuenta es cómo las representamos, cómo las contamos, qué imagen proyectamos. Y esas imágenes no surgen solas. Las construimos nosotros. Todos.

Pero especialmente quienes vivimos de comunicar.

No solo los publicitarios, aunque también. No solo los periodistas, aunque sin duda. No solo los políticos. Todos aquellos que, de una forma u otra, participamos en la creación del relato colectivo.

Hemos hecho de la comunicación una profesión. Pero quizá hemos olvidado que, antes que profesionales, somos humanos.

Y tal vez todo empiece ahí: en ese instante de silencio incómodo en el que dejamos de producir mensajes y empezamos, por fin, a escuchar.


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28 Mar 2026
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 Consultor independiente