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¿A dónde se fue el talento?

IdeaToda mi vida profesional he sido un creativo publicitario. Y desde que tenía 30 años, cuando accedí a la dirección creativa de la agencia Norman, Craig & Kummel, he estado además evaluando el talento de los demás. También he sido jurado de festivales publicitarios en todo el mundo en 31 ocasiones, 10 de ellas actuando como presidente del jurado.

Creo que esa experiencia como observador del talento publicitario me capacita para opinar que estos momentos son probablemente los más tristes de la historia de la publicidad en nuestro país. El palmarés de los más importantes premios publicitarios lo pone cada día de manifiesto.

También nos basta con ver un bloque de televisión en prime time, o una batería de propuestas promocionales a través de las redes sociales, para darnos cuenta de que el talento brilla por su ausencia. Naturalmente, en medio del panorama más gris siempre hay una chispa que brilla en solitario. pero esa chispa de talento no alcanza a disimular la tremenda mediocridad del conjunto.  Se puede decir que hay mucho más talento espontáneo en YouTube que en todas las plantillas de la industria publicitaria juntas.

La explicación de esta situación tiene que ver seguramente con muchos factores: crisis económica que impide pagar el talento, superpoblación de juniors y trainees en las agencias de publicidad, coyuntura negativa de la industria, desconcierto ante los nuevos medios, etc. etc. etc.

Lo cierto es que la publicidad para que funcione tiene que ser muy brillante. Tiene que ser capaz de enamorar a los receptores, hasta el punto de que deseen verla, compartirla y disfrutarla siempre. Cuando nos gusta la publicidad la perseguimos. Queremos ver los anuncios una y otra vez, sin importarnos que esos anuncios interrumpan nuestro programa favorito. De hecho, en las décadas de los 80 y los 90, los telespectadores afirmaban que les gustaban más los anuncios que los programas de la televisión.

Hoy día, no sólo opinan lo contrario, sino que aborrecen esos bloques interminables de anuncios que interrumpen su ocio a cada rato.

La odiosa publicidad de hoy no sólo nos aburre, sino que nos persigue allá donde vamos. La estructura clásica de los medios convencionales se ha roto en mil pedazos y los anuncios nos persiguen hasta lo más recóndito de nuestra intimidad, a través de los nuevos medios digitales.

Internet sabe todo de nosotros, gracias a la información que nosotros mismos le damos con nuestras búsquedas en Google, o con nuestros perfiles de las redes sociales. Esa información la usa para perseguirnos con saña, saliéndonos al paso cada vez que nos conectamos a la red.

Yo pienso que el tema no es irreversible, y que el talento que hoy día va a otros sectores más lucrativos, volverá a la publicidad. Espero con ilusión que podamos volver a perseguir a la publicidad, en lugar de que sea ella, en forma de pesadilla, la que nos persigue a nosotros.

Latinoamérica

Fotos Costa Rica 9A mediados de los años 90 yo era presidente de un grupo de agencias de publicidad europeas independientes llamado MAPP. Cada seis meses, los dirigentes de cada agencia nos reuníamos en uno de los países miembros. En una ocasión, reunidos en la ciudad de Lyon en Francia, presentamos un proyecto común a un grupo de periodistas franceses. Subimos al escenario junto con nuestros colegas alemanes, suecos, ingleses, italianos y franceses y todos explicamos a la audiencia nuestra visión del mundo de la publicidad y los negocios.

Al terminar las presentaciones, una cadena de televisión francesa me hizo una entrevista para su noticiario. Al acabar la entrevista, el periodista francés me dijo: «He escuchado atentamente todas las intervenciones. Y mi conclusión final es que ustedes los españoles son los únicos que tienen algo interesante que decir. Creo sinceramente que España es el único país vivo en Europa».

En la actualidad yo tengo la misma impresión que el periodista francés con respecto a Latinoamérica. Creo que es el único lugar de habla hispana donde la gente todavía está viva.

En mi calidad de conferenciante viajo muy a menudo al continente americano. Chile, Colombia, Costa Rica o la República Dominicana han sido algunos de mis últimos destinos. Y en todos ellos he tenido la misma sensación. Mientras aquí nos lamentamos de la crisis y de la falta de oportunidades, ellos trabajan con entusiasmo para innovar y desarrollarse.

Sin duda los niveles de vida, a pesar de nuestra coyuntural situación de crisis, no son comparables. Sin embargo, ellos se sienten más vivos que nosotros. Tienen también muchos problemas de corrupción y sufren también la ineficacia de algunos de sus gobernantes, pero no se perciben  a sí mismos como un proyecto agotado.

Acuden a las conferencias con entusiasmo, deseando aprender. Y se esfuerzan por conseguir lo mejor para sus carreras profesionales. Son un auténtico ejemplo de vitalidad y entusiasmo. Un ejemplo a seguir en estos días tan tristes para todos nosotros.

El Método «MOVER»

En mi libro «Bye,bye,marketing» desarrollé un método para implementar en la empresa, de cara a desarrollar una conciencia colectiva de la importancia del cambio y  la innovación en todos los procesos, así como de la necesaria involucración de todo el personal en el cumplimiento de los objetivos empresariales.

A continuación, os muestro una síntesis de lo más esencial del método.

MMentalizar: imbuir en la mente de todos los empleados la importancia del cambio y la innovación, haciéndoles ver que de ellos depende su futuro profesional y el futuro de la empresa.

 

 

 

OObjetivos: es importante que la empresa marque objetivos colectivos de cambio en todas las áreas.

 

 

 

 

VVisión estratégica: realizar planes de investigación continuos para conocer las posibilidades de éxito de los proyectos implantados.

 

 

EEjecución: una vez definidos los proyectos más interesantes, ejecutarlos sin reservas.

 

 

 

 

RResistencias: penalizar la resistencia e incentivar la entrega sin reservas es la mejor garantía de éxito.

 

Esclavos tecnológicos

campesino“El hombre ya no valora las cosas por sí mismas, sino a través de las imágenes que tiene de ellas. Conoce de los hechos las imágenes seleccionadas que le sirve su aparato de televisión y forma juicios con las palabras que escucha a un comentarista. El mundo se ha hecho grande y está lejos. Y los medios de comunicación, aunque aparentemente nos acercan las cosas, lo que hacen en realidad es distanciarnos de ellas. Porque nos hacen creer que todo está ahí, al alcance de nuestra mano, y que todo podemos abarcarlo y asimilarlo. Nos proporcionan la cultura de la chapuza, de las medias tintas, de lo superficial, de lo ambiguo. Nos enseñan el arte de saberlo todo, sin saber de nada.

Un hombre medieval, en un pueblo cualquiera de Castilla, tenía un mundo pequeño, diminuto, pero familiar y conocido. Conocía el olor de su tierra y el peso de cada piedra con que había levantado su casa. Conocía a cada vecino, cada animal doméstico del pueblo, cada casa, cada árbol, cada sendero. Y aunque su mundo era muy pequeño, él estaba más cerca que nosotros del universo. Tenía una opinión de las cosas palpada, vivida, sentida y olfateada, mientras que a nosotros nos atrofian los sentidos las tintas de imprenta y los rayos catódicos de la televisión”

Escribí estas líneas en un artículo para la revista Comunicación en junio de 1975. Hoy, 38 años después, me parece que están más vigentes que nunca, porque al ruido mediático de entonces se ha sumado todo el tsunami informativo de Internet para acabar de complicarlo todo.

Tenemos a nuestro alcance toda la información posible, pero cada vez disponemos de menos tiempo para asimilarla. Así que vamos reduciendo nuestra cultura a los lugares comunes que comparten las masas. Millones de contenidos sobrevuelan nuestras cabezas, arañando nuestro cerebro sin penetrar en él.

Hemos aprendido a manejar unos cuantos instrumentos tecnológicos que nos dan la sensación de poder abarcarlo todo, pero en realidad no somos más que esclavos de esa tecnología. Una especie de varita mágica que nos acerca las cosas, pero que no nos permite tocarlas, sentirlas y asimilarlas, porque su magia es demasiado veloz para nuestra limitada capacidad de manejar el tiempo.

Creatividad aburrida. Agencias obsoletas.

aburrimientoA estas alturas, creo que todo el mundo relacionado con la comunicación y el marketing está al cabo de la calle de los cambios que, en los últimos veinte años, se han venido produciendo en los consumidores, la publicidad, los medios y las marcas.

También supongo a todos enterados de lo obsoletas que se han quedado las viejas agencias de publicidad del siglo XX, los viejos anuncios, las viejas estrategias de marketing, las viejas estructuras de empresa, los viejos sistemas de trabajo, las viejas relaciones cliente-agencia, las viejas y gratificantes remuneraciones…

Sin embargo, y a pesar del conocimiento general de estos temas, en el mundo de las agencias todo sigue igual que siempre, como si nada hubiese ocurrido. Todo el mundo se queja añorando tiempos mejores, pero la resistencia al cambio es más fuerte que las lamentaciones.

Me temo que a los grandes grupos que lo controlan todo, los WPP, Interpublic, Omnicom, Publicís, Havas, etc., les da igual de dónde les vienen los beneficios. Ellos son los dueños de todo lo que se mueve en comunicación. Y si con las agencias no les va bien, lo compensan con creces con los beneficios de las centrales de medios. Por eso se resisten a desmontar sus estructuras para crear unas nuevas.  Demasiado trabajo para un sector que siempre ha sido conservador por naturaleza.

Luego están los gestores de las agencias, secuestrados a manos de los creativos que controlan el poder. Esos que tienen la sartén por el mango y no quieren saber nada de los nuevos tiempos. Andan ya por los cincuenta años, a un paso de la prejubilación, y odian meterse ahora en los líos de Internet y las Redes Sociales, que son cosas de niñatos advenedizos. Ellos siguen prefiriendo el spot convencional de treinta segundos en la televisión, que es lo que se ve de verdad, lo que te da fama y te permite salir a recoger premios en los festivales.

Unos por otros la casa sin barrer. Y los anuncios cada día más aburridos e ineficaces.

El ruido de la comunicación digital

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La comunicación digital se enfrenta a algunos problemas.

Tengo  alrededor de 16.000 seguidores en Twitter  (@agustin13) y sigo a unos 3.500. Escribo varios tweets cada día y tengo comprobado que en horarios normales un tweet no permanece más de un minuto y medio en la pantalla de mi ordenador. En las horas punta, a primera hora de la mañana, este promedio se reduce a unos 30 segundos. Ése es el tiempo del que disponen mis 16.000 seguidores para leer la información que les envío, lo que significa que sólo los que estén conectados y atentos durante esos 30 segundos podrán leer mi mensaje.

A los demás, la única opción que les queda es revisar cada día mi perfil y ver los últimos tweets para ponerse al día. Evidentemente, eso exige un esfuerzo de fidelización que no creo que hagan más del 2 ó el 3% de mis seguidores.

Este ejemplo de Twitter, con alguna flexibilidad en los tiempos, es aplicable también al resto de las redes sociales.

Luego están los contenidos. En YouTube, por ejemplo, cada segundo se sube una hora de vídeo. Y son ya más de 560 millones de páginas web las que tenemos a nuestro alcance en estos momentos.

El ruido digital es ensordecedor.  Y la basura digital que hay en los contenidos que llenan esos millones de páginas es monumental. Tanta, que es cada día más difícil escapar de la mediocridad, la comercialidad, la parcialidad o la falsedad de los mensajes.

En medio de ese mar de ruido y basura se mueven las marcas buscando al consumidor fiel con el que entablar un diálogo fructífero para sus intereses. Buscando también esos famosos océanos azules, tan de moda,  en cuyas aguas mansas se sientan libres de los ataques de la competencia. Misión casi imposible de cumplir.

Las grandes marcas generan contenidos incontrolables por parte de sus seguidores y de sus detractores. Y no hay ningún Comunity Manager en el mundo capaz de manejar esas manifestaciones espontáneas, orientándolas hacia los intereses de las marcas. La ola siempre les pasará por encima. Así que lo único que se puede hacer es dejarse llevar. Sin hacer grandes derroches en comunicación digital, manteniendo simplemente una presencia testimonial de modernidad.

En cuanto a las pequeñas marcas, todavía hay una oportunidad de actuar. Pero hay que hilar muy fino para hacerse notar en medio del ruido y la basura. Una labor de auténticos profesionales de la comunicación. Profesionales de verdad, de los que hay muy pocos.

La nueva comunicación: Trysumers y Tryvertising

Desde que el comercio existe, los productos se han dado a probar muchas veces a sus futuros consumidores. Pequeñas raciones de un alimento nos salen al paso en los supermercados, y cantidad de muestras de productos cosméticos inundan las páginas de las revistas femeninas. También los concesionarios de coches nos dejan a veces probar el producto antes de comprarlo. Se trata de una práctica conocida y habitual, que hasta tenía su nombre en inglés (trial), como toda actividad publicitaria o de marketing que se precie.

Pero ahora, cuando la comunicación se halla inmersa en una búsqueda desenfrenada de nuevas fórmulas, de nuevos caminos ajenos a los medios convencionales, surge una corriente poderosa de nuevas pruebas de producto. Una corriente arrolladora, que va mucho más allá de los conceptos habituales, y que bautiza con un nombre nuevo, no sólo a la práctica “Tryvertising”, sino también a los propios destinatarios de la misma, los “Trysumers”, una nueva generación de “probadores”, nacida, como casi todo hoy en día, al amparo de Internet.

Parece ser que desde que existe la posibilidad de comprar en subastas de Internet como Ebay, a muy bajo precio, instrumentos musicales de segunda mano, las ventas de guitarras eléctricas, incluso nuevas, se han disparado en todo el mundo. La explicación es sencilla. Muchos jóvenes que se sienten atraídos por la música no se atrevían a comprar una guitarra nueva, por miedo a que después se desilusionaran, abandonaran la afición, y dejasen tirado en un rincón de la casa el instrumento, después de haber pagado por él un montón de dinero.

De esta forma, al tener la oportunidad de experimentar a bajo precio su vocación musical, ya pueden estar seguros de que si compran un instrumento nuevo y de gran valor, no estarán derrochando su dinero.

Empresas como Sony se han lanzado a llevar la prueba de sus productos hasta extremos nunca experimentados, como por ejemplo dejar a todos los visitantes del zoo de Nueva York el último modelo de cámara de video, para que la utilicen durante su visita a las instalaciones, devolviéndola después a la salida, donde reciben el disquete con las imágenes grabadas que se pueden llevar a casa.

Nike deja probar sus zapatillas a los asistentes a diferentes eventos de atletismo, a través de una furgoneta “Nike Trial Vans”, en la que mantienen un stock de 1.000 pares de zapatillas de todas las tallas. También Apple deja probar sus ordenadores en sus 170 tiendas de prueba, montadas a tal efecto.

Todas estas acciones colman las expectativas de un nuevo perfil de consumidor, inmune a otros tipos de publicidad, que prefiere probarlo todo antes de comprar. El efecto es parecido al que experimentamos la mayoría de las personas ante un suculento y variado buffet. Los platos nos entran por los ojos y despiertan nuestro apetito. Y la oportunidad de probarlos todos, nos permite escoger aquellos que, con toda seguridad, van a satisfacernos.

Engagement Marketing

En ese proceso del Marketing Mix, que consiste en investigar las necesidades de los consumidores, para fabricarle después los productos a su medida, dárselos a conocer a través de la publicidad, y hacérselos llegar a través de las diferentes cadenas de distribución, han surgido multitud de nuevos factores que hacen obligada la revisión de todo el proceso.

Desde que Rosser Reeves, CEO de la agencia americana Ted Bates en la década de los 50, desarrollara su famosa filosofía creativa USP (Unique Selling Proposition), en la que proponía la ventaja diferencial del producto como único argumento de venta, han ocurrido algunas cosas importantes en el mundo de la publicidad. En primer lugar hay que señalar la transformación de los productos en marcas, toda una revolución en la oferta a los consumidores, que está afectando de manera trascendental a las relaciones entre la empresa y sus clientes. Un cambio que tiene mucho que ver con el avance de las tecnologías que ha eliminado prácticamente las diferencias entre los distintos productos competitivos, destruyendo por completo las tesis de Rosser Reeves basadas precisamente en las diferencias competitivas de los productos y servicios.

Hoy día cualquier avance tecnológico, cualquier diferencia física, es barrida en muy poco tiempo por la competencia, haciendo que no sea posible basar la comunicación en la ventaja diferencial que convertía a un producto en único y distinto a todos los demás de su categoría.Los productos han dejado de ser atractivos per se y han debido refugiarse en los valores de las marcas que los amparan. Hoy día los consumidores compran marcas en lugar de productos y eso ha revolucionado los contenidos de la comunicación publicitaria. Desde el famoso Marlboro Friday, que tuvo lugar el 2 de abril de 1993, y que llegó a conocerse como el día que murieron las marcas, la verdad es que las marcas empezaron a estar más vivas que nunca.

Muchas compañías decidieron entonces invertir en promoción en vez de hacerlo en imagen, buscando los beneficios a corto plazo mejor que una imagen de marca potente y duradera. En ese momento, la inversión mundial en comunicación era de un 70% en publicidad convencional y un 30% en promoción pura y dura. Diez años después, esa corriente cortoplazista llegó a invertir la situación, destinando el 70% a promoción y sólo un 30% a la imagen de marca. Sin embargo, otras marcas como Starbucks, Nike, Apple, The Body Shop o Calvin Klein, decidieron apostar fuerte manteniendo sus precios y sus inversiones en imagen. Ellos creían en la marca, y con el tiempo demostraron al mundo que el éxito y el futuro eran suyos. Hoy día, casi nadie discute que una marca es mil veces más importante que los productos que representa. Y que si tienes una buena marca, puedes vender con ella cualquier tipo de productos.

La segunda revolución tuvo que ver con los contenidos. Los productos y sus diferencias requerían de una publicidad informativa que desarrollara ante el consumidor todas las ventajas diferenciales del producto. El producto era el héroe de la comunicación que, generalmente, se basaba en el típico esquema “problema-producto-solución”. Pero en los años 70 y 80, con el auge imparable de la televisión, la demanda de espectáculo publicitario para competir con los contenidos del medio obligó a la publicidad a seducir a sus destinatarios. La información pura y dura dio paso a la seducción, y ésta tuvo tanto éxito que los telespectadores llegaron a decir que los anuncios eran lo más atractivo de la programación televisiva.

Más tarde, en la década de los 90, cuando el consumidor dejó de asombrarse ante el espectáculo de los anuncios, hubo que profundizar en los sentimientos, elaborando una publicidad que conectara emocionalmente con los consumidores, consiguiendo establecer una corriente de empatía entre éstos y las marcas. Ya no importaba hablar de las ventajas del producto. Ahora era la marca la que tenía que establecer una relación poderosa con sus clientes. Y si lo lograba, éstos estaban dispuestos a comprar cualquier cosa que la marca les ofreciera. El compromiso llega a ser tan fuerte que los usuarios de las marcas no tienen ningún problema en exhibirlas sobre su propio cuerpo. Chanel, Dolce & Gabana o Armani estampan sus logotipos sobre las prendas que lucen con orgullo sus clientes. Y algunos de ellos, como en el caso de Nike, llegan al extremo de tatuarse su famoso símbolo en la piel. Según refiere Naomi Klein en su libro “No logo” la mayoría de los empleados de Nike en Estados Unidos lo hacen, y en las tiendas de tatuajes americanas el logo de Nike es más demandado que los delfines o las rosas negras.

El tercer elemento que ha revolucionado las comunicaciones publicitarias tiene que ver mucho más con la evolución de las tecnologías de la imagen. Sin duda el elemento visual es el que predomina en las relaciones entre los clientes y las marcas. Así ha sido desde finales del siglo XIX, cuando las primeras marcas de la publicidad moderna, como Coca Cola o Vin Mariani, irrumpen en los medios impresos adornando el texto de los anuncios con atractivas y sugerentes ilustraciones. Años más tarde, serían el cine y la televisión los soportes protagonistas de las más brillantes estrategias publicitarias. Y en la actualidad, el ordenador, el teléfono móvil y las consolas de videojuegos se han sumado a este festival de pantallas que, junto con las pantallas de plasma que inundan ya ciudades como Tokio y que muy pronto lo harán en el resto del mundo, están ofreciendo tanto al emisor como al receptor de la comunicación un universo nuevo de posibilidades infinitas.

A todo esto hay que sumar las posibilidades de comunicación interactiva que ofrece Internet en su versión 2.0 y las que traerá consigo la versión 3.0, cuya explosión algunos vaticinan para el año 2015. Una red que dejará de ser “virtual” para acercarse a una “realidad” compartida a través de microprocesadores, sensores y aplicaciones que permitirán interactuar con lo concreto y material. En todo eso consiste el “Engagement Marketing”, un nuevo modelo que significa un compromiso con el consumidor. Un adiós a los viejos tiempos en que la publicidad “interrumpía” el ocio del consumidor para imponer su mensaje. Ahora es el consumidor quien elige cómo, cuándo y dónde, en un ejercicio de libertad como no se había conocido nunca en nuestra historia.

El dia que murieron las marcas

Anuncio del Caw Boy de  Marlboro

Por Agustín Medina

Algunos pioneros del low cost, herederos directos de las marcas blancas, invadieron en los primeros años de la década de los noventa el sector del tabaco en los Estados Unidos. Nuevas marcas de cigarrillos baratos inundaban los puntos de venta y amenazaban el market share de las marcas tradicionales. Philips Morris, productora de Marlboro, la marca líder del sector, se estaba poniendo muy nerviosa. Su buque insignia estaba siendo torpedeado sin piedad en plena línea de flotación. Sus ventas se veían afectadas negativamente por aquellos intrusos sin imagen, que esgrimían como única bandera su bajo precio. Todavía no era dramática la situación, apenas unas décimas de punto de participación perdidas, pero los ejecutivos de la compañía temblaban ante la perspectiva de que aquello sólo fuese el primer síntoma de una catástrofe. Nunca antes había ocurrido nada parecido y nadie sabía hasta dónde podían llegar aquellos advenedizos.

Ellos no tenían costes de publicidad, no estaban interesados en crear una marca ni una imagen a largo plazo, y eso les permitía rebajar el precio sin deteriorar su imagen y manteniendo sus márgenes de beneficio. Además, en un producto como el tabaco, donde el consumidor no puede percibir claras las diferencias entre los competidores, esa rebaja de precio podía resultar mortífera.Cuando las décimas de punto llegaron a ser un punto completo de descenso en el porcentaje de participación de Marlboro en el mercado, los hombres de Philips Morris ya no pudieron resistir más. Había que competir con las mismas armas que sus oponentes. Si el juego era bajar los precios, ellos también lo harían, arriesgando una parte de su margen para mantener intacto su volumen de ventas. Y bajaron el precio de Marlboro nada menos que un 20%. Una oferta irresistible para los consumidores y un órdago para las marcas recién llegadas.

Lo que no previeron los ejecutivos era el efecto que aquella bajada de precios iba a tener en las cotizaciones de la empresa Philips Morris en la bolsa de Nueva York. Una bolsa que, como todas las demás, se mueve a golpes de intuición, de rumores y de sensibilidades extremas ante cualquier cambio empresarial. En este caso, los brokers de Nueva York, interpretaron que una marca tan fuerte como Marlboro, que desde hacía 40 años llevaba invirtiendo cientos de millones de dólares en sus campañas publicitarias del famoso cow boy, construyendo una teórica imagen sólida a prueba de cualquier eventualidad, si una marca como esa tenía que bajar los precios para poder competir con el primer recién llegado sin una marca reconocida, es que las marcas no servían para nada. O sea, que las marcas estaban muertas, y que por lo tanto las empresas que las poseían no tenían ni de lejos el valor que hasta entonces les venían atribuyendo.

El viernes 2 de abril de 1993 pasaría a la historia de los viernes negros de la bolsa neoyorkina con el nombre de Marlboro Friday, el día que murieron las marcas. Ese día no sólo se derrumbaron las cotizaciones de Philips Morris, sino que detrás de ellas cayeron también las acciones de algunas compañías destacadas por sus marcas, como Coca Cola, Pepsi Cola, Procter & Gamble, Nabisco o Heinz entre otras. Muchos directores de marketing interpretaron la caída de la bolsa como una señal para retirar sus campañas publicitarias de imagen y reforzar todas aquellas acciones de promoción, encaminadas a conseguir beneficios a corto plazo.

Y también a partir de aquel momento, muchas escuelas de negocios empezaron a formar a las nuevas generaciones de empresarios en la filosofía de los recortes de gastos en comunicación de imagen y de la rentabilidad a corto plazo. No es casualidad que la proporción de la inversión total entre el above y el below the line, que en 1993 era del 70% y el 30% respectivamente, pasara en sólo 10 años a invertir por completo los porcentajes.

Sin embargo, algunas empresas que iniciaban su desarrollo en esos años no quisieron entrar en esa dinámica catastrofista y continuaron apostando fuertemente por la marca a pesar de todo. Marcas como Apple, Nike, The Body Shop, Starbucks o Calvin Klein decidieron hacer caso omiso a los agoreros y poco a poco fueron demostrando que llevaban razón y que el éxito y el futuro eran suyos. La propia Philips Morris, pasados los primeros momentos de desconcierto, dio atrás sobre sus propios pasos y volvió a subir los precios de Marlboro.

En 1995, dos años después del fatídico Marlboro Friday, la marca no sólo había recuperado su participación, sino que había aumentado un 9% su cuota, pasando del 22% al 31%, y demostrando de esta manera que su marca, construida con la inversión publicitaria de muchos años, era capaz de resistir por sí sola los más duros embates de la competencia de precios.